THE NEW YORK TIMES I DAVID CARR
La batalla previa a la ceremonia de los Premios Oscar es por lo general cruel, repleta de sutiles complots, y hasta apuñaladas estratégicas por la espalda, hablando metafóricamente. Pero la inminente edición tendrá un tinte violento que proviene, ya no del lobby que realiza la industria cinematográfica ni de las preferencias del jurado, sino de los propios films.
Dado lo espeluznante que resultan algunas escenas de las películas en carrera, en esta ocasión los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas con estómago delicado podrían estar perdonados por desear haber realizado una cirugía más fina en la selección de lo que miran o no, para luego evaluar cuáles serán candidatas.
Mientras podría parecer que no existe violencia explícita en el musical dramático Dreamgirls, una de las claras favoritas en comedia-musical, -y en The Queen, otra fuerte candidata: la muerte de la princesa Diana ocurre con un arma a distancia- muchos otros, además de los mencionados, incluyen temáticas muy fuertes más allá que algunos parezcan lucir una estética candorosa.
Para empezar, las probables contendientes a la estatuilla tuvieron un estreno de 2006 por cierto criminal con Los infiltrados, de Scorsese, con Nicholson y Pitt, película en la cual varios personajes se convierten en polvo mientras el fluido de sus cuerpos se esparce por todos lados.
Los cuerpos y los órganos continuaron amontonándose a medida que terminó el año. El film bélico de Clint Eastwood, La conquista del honor, muestra terroríficas escenas de guerra con más soldados despedazados que los que ya se habían visto en Rescatando al Soldado Ryan, incluyendo una cabeza que se observa a metros de distancia de su cuerpo. En Cartas de Iwo Jima, favorita a mejor película en lengua extranjera, el señor Eastwood utiliza la misma batalla para filmar una película en japonés, con la visión del país oriental sobre esa guerra.
No sólo los films de guerra y crimen atacan como machetes para herir cualquier sensibilidad. La película Diamante de Sangre hace referencia a las amputaciones de niños, pero como si fuera poco muestra todo el proceso. Y The Last King of Scotland, en el que Forest Whitaker interpreta al dictador ugandés Idi Amín, llega a representar al cuerpo humano como un corte de churrasco. La pantalla se convierte en un río de sangre con Apocalypto, la épica maya de Mel Gibson, en la que se observa entre otras atrocidades personas vivas a las que les extraen el corazón, unas cuantas cabezas más rodando, y suficientes empalamientos como para estremecer a cualquiera.
¿Por qué? No quiere decir que la violencia sea gratuita. "Puede ser el corolario de la importancia y seriedad del tema en la realidad", señala Robert Rosen, director de la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de la Universidad de California. "Se observa una creciente coreografía de violencia en los films, realizada de una manera que la hace más aceptable y difícil de reconocer. Esa violencia gráfica se ha convertido en una forma de expresión que no es ajena al mundo real; se encuentra todos los días fuera del escenario".
Por otra parte, los adelantos tecnológicos y de efectos especiales brindan mayor verosimilitud a las descripciones de horror. Y al igual que la cultura del juego, la cinematografía también utiliza la crueldad como una motivación duradera. Al mismo tiempo, un nuevo nivel de aceptación sangrienta tiene acceso a los hogares, con series como Deadwood, Dexter y Los Soprano, todos empujando hacia lo que se puede mostrar en la televisión. Además, lo narrado no supera lo real que se observa por Internet, o en las noticias, repletas de tortura, guerras con soldados y civiles muertos, y conflictos sangrientos por todos lados.
La barrera pudo haberse corrido en el momento que todo el mundo observó a las Torres repletas de civiles colapsar el 11 de septiembre de 2001. Los films reflejan ese cambio de valores después que se han introducido en la cultura. "Estos son tiempos sangrientos", señala David Thompson, historiador y autor de The Whole Equation. "Existen crueldades atroces ahí afuera. Eso se introdujo en nuestro entretenimiento y el público parece responder a lo que considera verdad".
Quizás muchos de los ganadores de los Oscar serán reconocidos por interpretar personajes cubiertos de sangre. Eso significaría una escala diferente de candidatos que en la edición pasada. En 2005, la carrera tenía pequeños films que apuntaron al terrorismo (Munich), periodismo (Capote y Buenas Noches, Buena Suerte), homofobia (Secreto en la montaña), y racismo (Crash, que ganó). Pero, aparte de los asesinatos de Munich, no inferían violencia.
Una mirada reciente sobre los Oscar indica que la violencia no es impedimento para que una película se convierta en candidata, e incluso en ganadora, siempre que los directores otorguen una historia junto a la sangre. Gladiador, filme en el que Crowe revolea la espada tanto como un chef de sushi, fue galardonado en 2001; Corazón valiente, otra épica de Gibson, obtuvo la estatuilla en 1996. Es cierto que Shakespeare enamorado superó a Rescatando al Soldado Ryan en 1999, pero al elegir entre un asesino serial y la Bella y la Bestia en 1992, ganó El silencio de los inocentes.
Es así que los seis mil miembros de la Academia -que parecen carecer de humor ya que las comedias raramente ganan- tienen un real gusto por lo macabro. No le hacen asco a un film, aún cuando la cosa se pone fea. "La violencia no es problema", señala Cynthia Swartz, socia de 42West, firma de relaciones públicas que representa a varios de los contendientes. "La Academia tiene historia en abrazar esos films, desde Corazón Valiente hasta Tiempos violentos, y puede ser porque está compuesta mayormente por hombres ".
efectiva. Terry George, quien dirigió Hotel Rwanda, que recibió tres candidaturas en 2005, peleó duro y en forma exitosa para que su filme fuera apto para 13 años, aún cuando lidiaba con eventos horripilantes. "El genocidio debe contarse, pero de una forma en que los teenagers puedan verlo también", dijo. "La Academia responde a la historia, y sobre si la violencia sirve o no a la misma".
John Davis, quien ha producido Depredador y Fachada, señala que la Academia y el público pueden tolerar cosas terribles siempre que el contexto sea el apropiado. "Es importante que la violencia no me arrastre fuera del film", señaló. "Si está allí en forma efectiva, entonces tiene sentido".