Hay tierras que parecen quedar lejos de todo. San Jorge es una de ellas. Hoy tiene poco más de 400 habitantes, una escuela con apenas unas decenas de alumnos y un ritmo de vida que parece ir a contramano del país urbano.
Pero bajo esa calma hay una historia densa. No solo fue escenario de la Batalla de Carpintería —donde se usaron por primera vez las divisas blanca y colorada, origen de los partidos políticos más antiguos del mundo—, sino también el lugar donde se instaló una de las experiencias más singulares del Uruguay rural: una colonia de origen británico que convirtió una estancia aislada en un laboratorio de innovación agropecuaria.
Allí no solo se introdujeron nuevas prácticas productivas; también llegaron otras costumbres y credos: desde algunos de los primeros partidos de polo del país, con ponis criados en la propia estancia, hasta los primeros presbiterianos.
En pleno siglo XXI, ese mismo lugar intenta reescribirse. Con un proyecto que busca recuperar su patrimonio histórico y arquitectónico, San Jorge apuesta a que ese pasado —hecho de guerras, ciencia y migraciones— vuelva a ponerlo en el mapa, esta vez como destino cultural y turístico.
La invención de un territorio.
Lejos de ser un punto aislado, San Jorge fue, durante buena parte del siglo XIX, un lugar estratégico. Por allí pasaba el antiguo Camino Real —hoy en parte trazado por la ruta 100—, una vía clave de circulación que conectaba el sur con el norte “salvaje” del territorio.
“De Florida para abajo se podía vivir. Para este lado había contrabandistas, bandidos e indios”, recuerda José Manuel Brit, productor rural cuya familia está instalada en la zona desde 1902.
Eso no amedrentó a Tomás Fair, quien dejó su Escocia natal y cruzó primero el océano Atlántico y luego la extensa pradera local con un plan: comprar tierras fértiles y aptas para la ganadería, que en poco tiempo se convirtieron en uno de los mayores latifundios del país. En su momento de mayor expansión, su propiedad llegó a abarcar cerca de 90.000 hectáreas —casi un cuarto del actual departamento de Durazno—, extendiéndose desde el arroyo Carpintería hasta el río Negro.
La elección del lugar no fue casual. Según explica la arquitecta Cecilia Fajián, nacida en San Jorge y hoy a cargo de un proyecto de revalorización del sitio de la Batalla de Carpintería, el valor de esas tierras era, en ese momento, relativamente bajo: la presencia de insurgentes, las continuas revoluciones y la distancia respecto a Montevideo las volvían poco atractivas para otros emprendimientos. Y esa era, justamente, la oportunidad. En plena Revolución Industrial, Europa demandaba materias primas —especialmente lana— y América ofrecía territorio y condiciones para producirla. Fue en ese cruce donde Fair apostó por San Jorge.
La estancia, bautizada en alusión al santo patrono inglés, creció hasta transformarse en un polo de innovación en medio de la campaña y, con la llegada de familias como los Lockwood, Asfield, Muter, MacLellan, McInroy y Hall —entre otros apellidos de origen británico—, se convirtió en el núcleo a partir del cual se desarrolló el pueblo.
Allí se introdujeron razas ovinas y vacunas, se impulsaron prácticas que luego se expandirían en el agro uruguayo y se desarrollaron estudios sistemáticos —desde registros meteorológicos diarios durante años hasta ensayos forestales o de ornitología— que incluso llegaron a circular en ámbitos científicos europeos.
Salvo por un modesto monumento de piedra, nada indica que ahí, en ese paisaje abierto, se enfrentaron miles de hombres en una batalla que marcaría para siempre la política uruguaya. A casi 190 años de la Batalla de Carpintería, nuevos hallazgos arqueológicos y una relectura del terreno vuelven a poner en discusión cómo, dónde y hasta qué punto ocurrió el episodio en el que tomaron nombre los partidos tradicionales: blanco y colorado.
Botones, fragmentos de armas, monedas, restos mínimos, casi invisibles: los nuevos hallazgos en un terreno a 15 kilómetros de la localidad de San Jorge están permitiendo reconstruir, pieza a pieza, un enfrentamiento clave del siglo XIX y revisar lo que se creía saber sobre él.
Carpintería, explican los investigadores a Domingo, no es un punto en el mapa. No es el lugar exacto donde “ocurrió” la batalla, como si se tratara de una escena fija. Es un polígono amplio: un espacio de movimientos, avances, retiradas y choques de caballería que pueden haber cubierto kilómetros. “No es solo el lugar del jaque mate”, dice Marcelo Díaz, especialista en arqueología de batalla.
A partir de estos nuevos hallazgos, la Intendencia de Durazno impulsa un proyecto ambicioso: la creación del Parque de las Divisas, con un centro de interpretación en el sitio que buscará no solo señalar dónde ocurrió la batalla, sino ayudar a entenderla. La idea, según explica su arquitecta, Cecilia Fajián, es que el visitante no solo mire, sino que pueda situarse: saber desde dónde avanzaban las tropas, dónde se produjo el primer choque y cómo influyeron las alturas y los cursos de agua en el desarrollo del combate. El objetivo es inaugurarlo el próximo 19 de setiembre, cuando se cumplan 190 años del enfrentamiento.
El trabajo para llegar a esa instancia empezó mucho antes de pisar el campo. Documentos, partes de batalla y relatos dispersos se cruzan en una investigación previa que permite afinar la búsqueda en un terreno que abarca cientos de hectáreas. Aquí, además, el desafío fue mayor. A diferencia de otros combates de la época, no existe un plano detallado. Eso obliga a reconstruirlo a partir de indicios: la geografía, los movimientos posibles de las tropas y, sobre todo, los materiales que todavía quedan en el lugar.
Pero no todo está disponible para ser interpretado. El sitio fue “saqueado” por detectoristas amateurs que extrajeron materiales sin registro ni conservación. “Es información que se pierde para siempre”, advierte Diego Lascano, integrante del equipo de investigación. Sin coordenadas ni contexto, esos objetos dejan de ser evidencia y pasan a ser apenas piezas sueltas.
La lectura del terreno, inédita hasta ahora, también permitió revelar algo inesperado: Carpintería no fue escenario de un solo enfrentamiento. “Encontramos datos de cuatro acciones militares en el sitio: 1819, 1836, 1871 y 1897”, explica Díaz.
"Lo que agrega es la presencia de tropas artiguistas a cargo del Teniente Santander combatiendo en el lugar contra los portugueses (1819) y acciones durante la Revolución de las Lanzas (Timoteo Aparicio contra las fuerzas del Presidente Lorenzo Batlle). Eso resalta aún más la importancia estratégica del sitio", agrega. No es casual: era un paso obligado del antiguo Camino Real, hoy en parte trazado por la ruta 100.
Esa reconstrucción también permite entender cómo se dio el enfrentamiento. Lejos de una batalla planificada al detalle, Carpintería fue, en gran medida, un combate de encuentro. Las fuerzas de Fructuoso Rivera avanzaban desde el norte en columnas paralelas, en una marcha que no era de ataque sino de desplazamiento. “Si venís en columnas paralelas, no venís en actitud de ataque”, explica Díaz. “Venís marchando”. No esperaban encontrarse con el enemigo.
Del otro lado, las tropas del gobierno —al mando de Ignacio Oribe— ya estaban posicionadas en la zona del paso del arroyo Carpintería. El choque, entonces, fue sorpresivo. Las vanguardias se encontraron primero y, a partir de ahí, el combate se desplegó en un terreno amplio, condicionado por las alturas, los cursos de agua y los pocos pasos disponibles. Ante la sorpresa, las fuerzas de Rivera intentaron replegarse hacia el norte, pero el propio relieve jugó en contra. Las elevaciones a ambos lados del camino permitieron maniobras de flanqueo. “Le cierran la retirada y ahí es donde se producen muchos muertos y prisioneros”, describe Díaz.
Esa dinámica también explica otro dato clave: en Carpintería no hubo un uso significativo de artillería. Aunque durante años se asoció al sitio una bala de cañón —hoy exhibida sin una confirmación concluyente en el Museo de Rivera en Durazno—, la evidencia dice que se trató fundamentalmente de un enfrentamiento entre caballerías.
Ese impulso también dejó huellas materiales que todavía persisten: un molino de viento, el casco de la estancia, y un pequeño cementerio con lápidas traídas desde Reino Unido que dan cuenta de la presencia de una comunidad británica establecida en la zona.
Según explica Fajián, la construcción original del casco de la estancia era de piedra, pero hacia 1878, cuando Carlos Hall —segundo dueño— adquirió parte de los campos, se impulsó una reconstrucción que dio forma a la estructura que se conoce hoy. En ese proceso, la estancia fue levantada en mampostería, con ladrillos elaborados en el propio predio y asentados en barro, probablemente sobre los mismos cimientos del edificio anterior. Hoy se conserva una construcción modesta, de varias habitaciones, que, a pesar de su deterioro, funciona como un viaje en el tiempo.
A pocos metros de la vivienda se encuentra el cementerio de la estancia, un pequeño recinto que condensa la historia de las familias que habitaron el lugar. Allí reposan los primeros colonos británicos. Entre las lápidas más antiguas —en concreto, la que pertenece a un hijo de Fair, fallecido en 1853— se conservan incluso piezas traídas desde Inglaterra, como sepulcros de hierro fundido, consideradas hoy verdaderas reliquias del patrimonio funerario.
El lugar, sin embargo, hoy aparece descuidado, con abundante vegetación que cubre parte de las tumbas y con signos del paso del tiempo. A lo largo de los años, además, se han perdido diversos elementos decorativos, presuntamente a causa de robos, lo que ha afectado la integridad de este conjunto histórico.
Ese mismo espacio permite leer otra capa de la historia: la de las familias que se fueron asentando en la zona. El investigador Daniel Serafini Otaiza, que trabaja en un libro sobre San Jorge y desciende de esos primeros colonos, reconstruye ese proceso a partir de su propia genealogía. Allí aparecen las lápidas de sus tatarabuelos, Margarita Maclean y William MacLellan, integrantes de las primeras familias de origen irlandés que llegaron a la zona en la década de 1850 tras haber sufrido la “hambruna de la patata”.
“Estimo que fueron contratados como trabajadores en Escocia —primero se habían asentado cerca de Glasgow—, porque buscaban gente especializada en el manejo del ganado y que hablara el idioma, características que no tenía el gaucho”, dice a Domingo. En San Jorge pasaron a tener trabajo y acceso a un terreno de unas 900 hectáreas, una superficie algo menor a la de la actual estancia San Jorge, que conserva unas 700 hectáreas de la extensión original. “Fue una vida rural muy dura. Uno de mis bisabuelos, por ejemplo, murió ahogado al cruzar el arroyo Carpintería”, cuenta.
Otro de los vestigios más representativos es el antiguo molino, una estructura que habla de la escala productiva de la estancia. Fue el primer gran elemento en ser recuperado. La obra, en la que trabajó Fajián, no solo permitió conservar una estructura emblemática, sino que también funcionó como motor para pensar el conjunto de San Jorge desde una nueva perspectiva. A partir de esa intervención, la comunidad comenzó a impulsar la idea de transformar el pueblo en un atractivo turístico, revalorizando su pasado y recuperando el sentido histórico del paisaje.
En ese sentido, otra parada en la localidad es en la capilla de San Jorge. Su piedra fundamental fue colocada en 1919 y su inauguración tuvo lugar el 10 de diciembre de 1921, en tierras que la familia Wilkins donó para ese fin. La iniciativa estuvo impulsada por Braulia Duarte, esposa de Rosendo Wilkins —tercer propietario de la estancia—, quien mandó construirla en su honor, reforzando así la impronta cultural del pueblo.
El edificio tiene una particularidad que la distingue: la imagen de su santo patrono, San Jorge, aparece de pie, una representación poco habitual —tradicionalmente se lo muestra a caballo venciendo al dragón— que, según cuenta Fajián, atrae visitantes de distintos puntos. “Es el único San Jorge a pie que hay”, señala.
Aún hoy, el vínculo con esas familias persiste: los Wilkins mantienen el panteón contiguo y han colaborado en la conservación del edificio, incluida una reciente restauración financiada de forma privada, que aún tiene pendiente el remozamiento de la fachada.
La original estancia San Jorge se extendía desde el arroyo Carpintería hasta el río Negro. Cerca de ese límite, a unos 30 kilómetros del casco, se ubica el centro geográfico del país.
Entre la memoria y el cambio.
Para algunos, San Jorge no es solo un objeto de estudio ni un proyecto a futuro: es una historia personal. Daniel Serafini Otaiza llegó hasta allí empujado por un recuerdo familiar. Su madre le hablaba seguido de la “quinta sección de Durazno”, el lugar donde había nacido y crecido hasta que se mudó a Montevideo. Durante años, la idea quedó flotando, hasta que después de la pandemia decidió concretarla. “Quería conocer ese lugar al menos una vez en la vida con ella”, cuenta.
El recorrido los llevó hasta el casco de la antigua estancia San Jorge y, casi sin buscarlo, terminó en el cementerio. “Ahí encontré la tumba de mi tatarabuelo. Fue una cosa increíble, muy emocionante, tanto para ella como para mí”.
Ese hallazgo, que empezó como un gesto íntimo, terminó abriendo otra puerta. A través de contactos en la zona llegó hasta Cecilia Fajián y, desde entonces, ambos comenzaron a trabajar en conjunto, cruzando archivos familiares, documentos dispersos y relatos orales que todavía circulan entre los habitantes del lugar.
“No es reescribir la historia, pero sí reinterpretar cosas que durante mucho tiempo se dieron por hechas”, dice. Entre ellas, por ejemplo, la autoría del molino —atribuida durante décadas a Tomás Fair— o los vínculos entre algunas de las familias fundadoras. A medida que avanzan, aparecen nuevas pistas: cartas, fotografías, registros parroquiales. Fragmentos que, juntos, devuelven densidad a un sitio que hoy parece detenido en el tiempo.
Esa historia también puede leerse en clave productiva. José Manuel Brit lo resume a partir de los cambios en la forma de trabajar la tierra. “En los años 60 había 12 aviones en la zona. La gente viajaba a Montevideo desde acá”, recuerda.
Con el tiempo, San Jorge pasó de ser una zona ganadera —con fuerte presencia de ovinos y ferias tradicionales— a otra más asociada a la forestación, que ofrece ingresos más estables pero requiere menos mano de obra. A eso se suma la concentración de la tierra: estancias que cambiaron de dueño y quedaron en manos de empresas o propietarios ausentes. “Hoy conocemos a los administradores, pero no a los dueños”, dice.
Las escuelas, que alguna vez fueron centros de comunidad, hoy sobreviven con muy pocos alumnos. El contraste aparece con claridad en los recuerdos de quienes vivieron otra época. “La escuela tenía 110 alumnos”, recuerda Brit. Hoy, en cambio, los números son otros: grupos reducidos, aulas que se vacían y una matrícula que cae año a año. Ese corrimiento, lento pero sostenido, es parte de una transformación más amplia del territorio.
Claudia Caraballo, maestra directora de la Escuela N° 34 Juan Jorge Lladó Wilkins, lo ve en lo cotidiano: menos niños, más distancias, más esfuerzo para sostener lo básico. Aun así, la escuela sigue siendo un espacio clave, con unos 30 alumnos en Primaria y 12 en Ciclo Básico Rural. “Algunos chiquilines vienen desde 40 kilómetros a clase”, señala.
Para ella, esa realidad convive con otra: la de un pueblo que, pese a las dificultades, se organiza y avanza. “San Jorge tiene una historia riquísima y poco conocida. Y, por suerte, gracias a la educación, los medios y las redes, se está conociendo mucho más”, dice. En los últimos años, además, destaca mejoras en infraestructura y servicios, así como una forma de trabajo más articulada entre instituciones: “Aprendimos a trabajar en equipo y hoy ves un pueblo organizado, amigable y prolijo”.
Sin embargo, la distancia sigue pesando. “Si bien estamos cerca en kilómetros (a 100 kilómetros de la ciudad de Durazno), estamos lejos”, resume.
Esa lejanía se hace más evidente cuando los jóvenes terminan el ciclo básico. A eso se suman las dificultades económicas y de acceso a vivienda, en un contexto donde las oportunidades laborales son limitadas. Aun así, Caraballo insiste en el potencial del lugar. “San Jorge es único, hermoso, con gente que sigue apostando y construyendo día a día. Pero falta ese empujoncito para despegar más, sobre todo en el acceso a más cultura, más educación y más trabajo”.
Esa mirada dialoga con la de Jorge Hernández, mecánico, que llegó a la zona hace cuatro décadas y decidió quedarse. “Vine con 20 años, a trabajar en un establecimiento que precisaba alguien para las máquinas. Era otro San Jorge, había necesidad de gente joven, estaba todo por hacer”, recuerda. Con el tiempo, ese vínculo inicial se volvió definitivo: formó su familia allí, tuvo dos hijos y construyó una vida entera en el lugar. “Me encariñé con San Jorge”, expresa. Y va más allá: “No nos falta nada. No existe el paraíso, pero hay lugares como este que se arriman bastante”.
Para él, lo que define a San Jorge es la cercanía, los servicios básicos cubiertos y el entorno natural. “¿Qué tiene una ciudad que nosotros no tengamos? Hay médicos, limpieza, seguridad, conectividad. De hambre acá no se muere nadie”. En su mirada, más que carencias, aparece una elección: la de quedarse.
En ese cruce entre memoria y presente, entre lo que se pierde y lo que se transforma, San Jorge vuelve a mirarse a sí mismo. Tal vez no como fue, pero sí como lo que todavía está a tiempo de ser.
La reciente visita del embajador británico en Uruguay, Mal Green, volvió a poner a San Jorge en el radar. Durante su paso por Durazno, se analizaron proyectos para recuperar el patrimonio de la antigua colonia británica y potenciar su desarrollo turístico.
Ese vínculo sigue vivo también en el Encuentro Británico Oriental, una celebración anual que cada noviembre revive el espíritu de los pioneros en los campos de la Sociedad Rural de San Jorge, donde la destreza criolla se funde con el legado británico —introductor del polo en Uruguay— y el jinete y el caballo vuelven a ser protagonistas.
A los primeros colonos —Fair, Hall, MacLellan, entre otros— se sumaron nombres de familias y profesionales como Shanklie, Penthshire, Walker, Flower, Parsons y Reynolds, que moldearon la vida productiva y social de la zona. Durante décadas, a esos inmigrantes les decían “tilingos”: no por refinados, sino porque muchos los veían como excéntricos o “locos” por sus formas de trabajo y costumbres. Hoy, ese legado vuelve a cobrar impulso con iniciativas de rescate patrimonial y una identidad que busca proyectarse hacia el futuro.