En 2013, Ignacio Esquivel tenía 30 años y una vida que, en apariencia, marchaba por el camino correcto. Era juez, había pasado por San Gregorio de Polanco, Young y Atlántida, y tenía por delante una carrera estable y previsible. Pero no era feliz. “Un día me pregunté si quería hacer 40 años más lo mismo que hacía entonces”, recuerda. Su intuición le indicaba que aquella no era la dirección.
Desde adolescente, Esquivel se sentía atraído por lo inexplicable. Investigaba en tiempos sin Internet, cuando acceder a información sobre fenómenos paranormales implicaba recorrer bibliotecas. Su otra pasión era la posibilidad de narrar el mundo a través de la imagen. Unir ambas inquietudes parecía una fantasía, hasta que decidió hacerlo realidad. Renunció a la magistratura y apostó por un camino incierto.
“Preferí darme contra el muro a quedarme con la duda”, cuenta a Domingo. Algunos amigos lo miraron como a un loco: ¿cómo alguien deja una carrera judicial por buscar historias donde lo invisible es lo central? Pero él ya había tomado la decisión. Con un pequeño grupo que compartía la curiosidad, comenzó a registrar historias en lugares donde, según rumores, sucedían cosas extrañas.
El proyecto se llamó Rastros TV, y su punto de partida fue grabado en el Castillo Pittamiglio, en 2015, y presentado a Canal U, que aceptó emitirlo. No había presupuesto, solo entusiasmo. “Era rarísimo hablar de esto en televisión uruguaya. Nadie tenía estos equipos y en Aduanas me paraban porque pensaban que eran aparatos para hacer bombas”, cuenta y se ríe. Pero el programa se estrenó, y al poco tiempo fue convocado por Canal 4, donde encontró un gerente que apostó a la idea: “Esto no sé a quién se lo vendo, pero si la gente lo mira, lo dejamos”, le dijeron. La gente no solo lo miró, sino que se formó una comunidad que lo consolidó como el primer programa del Río de la Plata dedicado no solo a hablar de fenómenos paranormales, sino a investigarlos.
En cada episodio, Esquivel y su equipo —técnicos, historiadores, arqueólogos y médiums— visitan un lugar y lo someten a distintos registros. Usan grabadoras digitales capaces de captar parafonías (voces fuera del rango audible humano), detectores de campo electromagnético y cámaras de visión nocturna. El objetivo no es probar la existencia de fantasmas, sino interrogar los límites de lo real. “Yo soy escéptico, no negador”, aclara Esquivel. “Dudo de lo que documento, pero no niego que suceda. Si no creyéramos que algo pasa, no avanzaríamos en el conocimiento”, sostiene y cita a Allan Kardec: “Lo paranormal no existe; lo que existe es el desconocimiento del ser humano sobre cómo funciona el universo”.
Esa postura le ha valido tanto admiración como burlas. “Hay gente que dice que todo es mentira, que manipulamos las imágenes. Yo los entiendo, llega un punto en que no hay forma de demostrarle a alguien que lo que estás haciendo es real. Por eso llevo gente externa a las grabaciones, para que sean testigos. Pero algunos creen que les pagamos. Ya aprendí que se trata de confiar o no confiar”.
A lo largo de 10 años y cinco temporadas televisivas —en Canal U, Canal 4 y VTV—, Rastros fue afinando su tono. Pasó de la fascinación tecnológica a un enfoque más intuitivo. “Antes llevaba todos los aparatos posibles; ahora me basta una grabadora y un detector. He comprobado que importa más cómo voy mentalmente al lugar que la cantidad de equipos”.
El programa también se convirtió en una puerta de entrada para nuevas generaciones. “Después de algunos episodios, como el del MAPI, mucha gente nos escribió preguntando sobre el museo. Así que, además de investigar, generamos interés por la historia y el patrimonio”, dice Esquivel con orgullo.
El misterio del MAPI
La investigación más reciente de Rastros TV fue en el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI), un edificio construido entre 1883 y 1888 por Emilio Reus. Se trata de un local cargado de historias; el personal que allí trabaja comentaba, por ejemplo, que el ascensor del local se movía solo.
Junto a la economista y estudiante de historia publica Victoria Landaberry, y otros expertos, realizaron entrevistas, grabaron planos del museo y comenzaron la investigación nocturna. Lo que hallaron superó sus expectativas. “Grabamos una cantidad inédita de parafonías, casi como una conversación”, cuenta Esquivel. Los audios fueron enviados a la Facultad de Ingeniería para su análisis y, a partir de ellos, surgió incluso una pista arqueológica sobre el edificio.
Por otro lado, en una de las grabaciones apareció la palabra “Saulo”. “Nadie sabía ese nombre. Era el nombre masónico con el que Emilio Reus inició en España. No está en ningún registro público. Que haya aparecido en la grabadora fue una casualidad demasiado grande”, afirma el investigador.
El museo, además, conserva objetos de distintas culturas indígenas, piezas que —según Esquivel— retienen cierta energía. “Los objetos tienen energía, eso es física pura. Las cosas que se vivieron alrededor de ellos, de alguna manera los bañan o los cargan y creo que eso afecta. Si sumás eso a un edificio donde se tejieron decisiones políticas, como el golpe de Estado del 73, el resultado es un lugar cargado”, afirma sobre el predio concebido originalmente para convertirse en establecimiento médico hidro-termo terápico. Sin llegar a inaugurarse como tal, alojó años después al Ministerio de Fomento y hasta 1985 al Ministerio de Defensa.
Una intuición que se volvió camino
Durante la avant-première del episodio grabado en el MAPI, el 30 de octubre, Esquivel sintió que el círculo se cerraba. “Fue muy emotivo. Entendí que Rastros me había dado muchísimo más de lo que imaginaba”.
Hoy Rastros TV vive principalmente en YouTube, donde concentra miles de seguidores de Argentina, Chile y España, más que de Uruguay. “Acá todavía hay prejuicio. Somos muy egocéntricos al pensar que, si no lo vemos, no existe. Igual, seguimos, y si hago pensar a una persona sobre qué hay más allá de lo visible, y aporto al conocimiento, ya valió la pena”.
En estos 10 años, el proyecto lo llevó por medio mundo: investigó en el desierto de Atacama, en salitreras abandonadas, en Paraguay, en el Cerro Uritorco, en el Hotel Edén de La Falda —donde, asegura, presenció la materialización de una piedra frente a cámara— y en sitios cargados de historia y misterio. “De cada lugar aprendí algo. Sigo reaccionando como el primer día que escuché una parafonía: con asombro”, dice.
Rastros también cambió su vida profesional. Estudió Realización Audiovisual en la ORT, fue becado en España, trabajó en proyectos internacionales como La Hermandad de Chilevisión —la mayor producción sobre fenómenos paranormales de Sudamérica—, se formó como director de fotografía y hoy dirige su propia productora, Manada Producciones. “Vivo de lo que amo. Rastros fue el combustible que me permitió llegar hasta acá”, subraya.
Ahora mira los primeros programas, grabados hace una década, y sonríe. “Tienen mala calidad, pero la gente me pide que no los borre del canal porque cuentan nuestra historia”. Una historia que, como sus investigaciones, seguirá en movimiento.
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