Por: Flavia Tomaello / Especial para Domingo
La historia de Gero Fasano no empieza en un lobby, sino en una mesa: un tavolo italiano plantado en San Pablo a comienzos del siglo XX, cuando Vittorio Fasano llegó desde Milán con la obstinación de los inmigrantes y fundó una brasserie que sería la semilla de algo mucho mayor.
A lo largo de las décadas, el apellido atravesó esplendores y derrumbes, noches de celebridades y años de cuentas al límite. Cuando, a comienzos de los años 80, el proyecto familiar parecía condenado a diluirse, Gero volvió de Londres -donde soñaba con una carrera en el cine- para hacerse cargo de una herencia frágil.
“Nunca pensé en salvar un imperio; pensé en rescatar lo que amaba”, relata con la perspectiva del tiempo.
Esa vuelta no tuvo épica empresarial ni golpes de efecto. Hubo trabajo cotidiano, un restaurante que fracasó, decisiones tomadas con el cuerpo cansado y una intuición entrenada en la observación. “Cuando las cosas se hacen a medias, el tiempo las arruina; cuando se hacen con rigor, el tiempo juega a favor”, afirmó.
Fasano no reconstruyó desde la ostentación, sino desde una moral silenciosa que privilegia la calidad, la paciencia y la coherencia. Reinvirtió, corrigió, esperó. “Nuestro primer proyecto tardó quince años en despegar”, recuerda sin dramatismo.
Lejos del cliché del magnate carismático, su perfil siempre fue bajo. Vive cerca de sus hoteles, recorre sus espacios y mira lámparas torcidas y mesas mal puestas con la misma atención que otros reservan para los balances. “Quien solo piensa en enriquecerse tiene pobreza de alma”, sentencia.
Esa filosofía, más cercana a la de un editor cultural que a la de un CEO, terminó definiendo una manera singular de entender el lujo: simple, atemporal y profundamente humano.
La hotelería llegó después, casi como una consecuencia natural. Desde la gastronomía, Gero entendió que la experiencia debía ampliarse, que el huésped buscaba algo más que un buen diseño. “Un buen hotel no busca parecerse a tu casa, busca ofrecer algo distinto”, argumenta, en contraste con las tendencias dominantes.
En esa frase se condensa su mirada: la hospitalidad como interpretación sensible del deseo ajeno. Una lectura fina del clima, del ritmo y de la intimidad. Antes de convertirse en marca global, esa intuición estaba lista para ponerse a prueba. El primer escenario elegido miraba hacia el sur.
Punta del Este, un laboratorio
Brasil fue el territorio natural de expansión, pero Uruguay fue otra cosa. Punta del Este apareció antes que cualquier capital global, antes que Nueva York o Londres, más como una intuición que como una estrategia. “No pensé en Uruguay como mercado, sino como prueba”, reconoce Gero.
El balneario ofrecía una combinación rara y precisa: escala humana, visibilidad internacional, un público entrenado y una tradición de glamour que no necesitaba subrayarse. Allí, el lujo todavía podía ser silencioso.
El desembarco no fue estridente. Nada en Fasano lo es. Entre el campo ondulado y el arroyo Maldonado, Las Piedras Fasano fue concebido como una experiencia de distancia deliberada del ruido estival. Un hotel que no compite con la playa, sino con el tiempo. “Punta del Este te obliga a ser honesto -sentencia-. El huésped llega sabiendo mirar, comparando con Saint-Tropez, con los Hamptons, con la Toscana. El margen de error es mínimo”. Esa exigencia fue, justamente, el atractivo.
Las temporadas confirmaron lo que la intuición había anticipado: veranos completos, ocupación sostenida y una fidelidad que volvió previsible lo imprevisible. No se trató de un éxito ruidoso, sino de un fortalecimiento constante.
“Cuando el lugar está bien hecho, la gente vuelve sin que la llames”, resume. En un balneario acostumbrado a modas fugaces, Fasano se consolidó como un punto estable.
Los veranos se transformaron en ritual: mesas conocidas, caras que regresan, conversaciones que continúan de una temporada a otra. Por sus senderos circularon empresarios, artistas, figuras internacionales y familias tradicionales del Río de la Plata, que entienden el lujo como refugio, no como vitrina.
“El cliente que más me interesa es el que no quiere ser visto”, confiesa Fasano. Esa máxima encontró en Punta del Este su traducción más clara.
El vínculo con lo local fue parte del mismo gesto: mano de obra uruguaya, respeto por el paisaje, una arquitectura que dialoga sin imponerse. “Nunca quise hacer algo que no pudiera estar ahí”, explica. Cada decisión respondió a una lectura sensible del entorno y a la convicción de que la hospitalidad empieza mucho antes del check-in.
Ese paso por el sur funcionó como trampolín simbólico: Punta del Este le permitió afinar una sensibilidad que luego llevaría al circuito global. “Si funciona acá, puede funcionar en cualquier lugar”, reflexiona. No se trataba de copiar un modelo; apostó a confirmar una idea: el lujo contemporáneo es intimidad, narrativa y tiempo. Y, sobre todo, coherencia.
Del sur al mundo
Del sur al mundo. Cuando la marca Fasano cruzó fronteras, lo hizo sin cambiar de tono. Nueva York, Miami y Londres no aparecieron como trofeos, sino como extensiones naturales de una misma idea. “Elegir locaciones es como completar un tablero de Risk”, compara Gero Fasano. La frase, dicha sin grandilocuencia, encierra una lógica precisa: ocupar territorios que sumen sentido, no volumen.
El crecimiento nunca fue compulsivo. Cada apertura respondió a una lectura cultural y a la convicción de que allí existía un público capaz de entender su lenguaje.
En Manhattan, sobre la Quinta Avenida y frente a Central Park, Fasano optó por la escala mínima y la discreción absoluta: pocos cuartos, ningún exceso, una entrada que no anuncia nada. “El verdadero lujo no necesita explicaciones”, desgaja.
Esa misma premisa guía su mirada sobre la industria. “En un mundo saturado de hoteles correctos y experiencias replicadas, la diferencia ya no está en el diseño espectacular ni en la categoría, sino en la capacidad de construir atmósferas con identidad”, completa.
Fasano observa la hotelería con ojo crítico. Detecta una ansiedad por gustar, adaptarse y seguir tendencias que envejecen rápido. Su respuesta va en dirección contraria. “Si pensás demasiado en caer bien, te equivocás”, indica. La hospitalidad, para él, es una forma de edición: elegir qué queda afuera, cuidar el ritmo, respetar el silencio. El huésped contemporáneo busca intimidad, relato, autenticidad y tiempo. Todo lo demás es ruido.
Esa mirada, forjada entre restaurantes, veranos uruguayos y ciudades que repite como ritual, explica su vigencia. Fasano no persigue la novedad; es aliado de la permanencia. “Me gustan los lugares a los que vuelvo”, confiesa. Esa fidelidad, aplicada al negocio, se transforma en coherencia. No hay personaje ni espectáculo: hay trabajo, paciencia y una sensibilidad entrenada para leer cómo quiere sentirse el mundo.
Desde Punta del Este al circuito global, Gero Fasano construyó algo más difícil que una marca influyente: creó un tono. Uno que entiende que hacer tendencia hoy no consiste en imponer una forma, sino en interpretar un deseo colectivo antes de que se vuelva obvio. En tiempos de exceso, su mayor gesto sigue siendo el mismo: “Decir poco, hacer bien y dejar que la experiencia hable sola”.