¿Qué hay de real y de mito en el viaje en tren más largo del mundo?

No es un único tren, sino una compleja combinación de servicios que conectan 13 países. Cómo nació esta ruta, cuánto cuesta recorrerla y qué la convirtió en una leyenda.

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Viaje en tren

Salir del extremo sur de Portugal y llegar hasta Singapur sin tomar un solo avión parece una fantasía reservada para los grandes exploradores del siglo XIX. Sin embargo, durante los últimos años esa posibilidad comenzó a circular por redes sociales y medios de todo el mundo bajo un título irresistible: el viaje en tren más largo del planeta.

La promesa es seductora. Cerca de 18.800 kilómetros de vías férreas, 13 países, más de tres semanas de viaje y algunos de los paisajes más diversos del mundo: desde las playas del Atlántico hasta las selvas tropicales del sudeste asiático, pasando por ciudades históricas europeas, la inmensidad de Siberia y las montañas del sur de China.

Pero hay un detalle que suele quedar fuera de los titulares: ese viaje nunca fue un único tren y hoy no puede realizarse de principio a fin.

Recorrido teórico.

La historia comenzó en diciembre de 2021, cuando se inauguró el ferrocarril que une Kunming, en China, con Vientián, la capital de Laos. Esa obra cerró uno de los últimos “vacíos” ferroviarios entre Europa y el sudeste asiático y permitió imaginar, por primera vez, una conexión continua por tierra desde Portugal hasta Singapur.

El recorrido teórico suma unos 18.755 kilómetros y demandaría alrededor de 21 días de viaje efectivo. No existe un boleto único ni un servicio especial: el itinerario está formado por cerca de 20 trenes regulares operados por diferentes compañías ferroviarias.

La aventura comenzaría en Lagos, sobre la costa del Algarve portugués, para continuar hacia Lisboa y cruzar España rumbo a Francia. Antes de dejar Portugal, el viajero puede recorrer las callejuelas empedradas de Alfama, subir a los históricos tranvías amarillos de Lisboa o detenerse frente a la desembocadura del río Tajo, desde donde partieron muchas de las expediciones de la Era de los Descubrimientos.

Después llegarían París y Europa Central antes de ingresar a Polonia, Bielorrusia y Rusia. La capital francesa invita a hacer una pausa antes de continuar viaje. Caminar sin rumbo por sus barrios, sentarse en un café o recorrer sus estaciones ferroviarias forma parte de esa filosofía de viajar sin apuro que propone el tren.

A medida que el convoy avanza hacia el este, el paisaje cambia lentamente. Los viñedos franceses dejan paso a los bosques centroeuropeos y, más adelante, a las interminables llanuras rusas. Durante varios días la ventanilla se convierte en un documental en movimiento: pueblos aislados, ríos caudalosos, kilómetros de bosques de abedules y, como uno de los grandes hitos del recorrido, el lago Baikal, considerado el lago de agua dulce más profundo del planeta y Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Desde allí el viaje seguiría hacia Mongolia o el norte de China para llegar a Pekín y luego continuar hacia Kunming. Si la ruta atraviesa Mongolia, aparecen las inmensas estepas antes de cruzar el desierto del Gobi, uno de los paisajes más impactantes de Asia.

El nuevo ferrocarril chino-laosiano permitiría entrar en Laos, desde donde la ruta continúa hacia Bangkok, atraviesa Malasia y termina finalmente en Singapur. El sur de China sorprende con las montañas y terrazas de arroz de Yunnan, mientras que el tramo entre China y Laos atraviesa decenas de túneles y puentes construidos para salvar una geografía montañosa. Más adelante llegan los templos budistas y los mercados de Bangkok, las selvas tropicales de Malasia y, como broche final, el perfil futurista de Singapur.

La gracia del recorrido no reside únicamente en la distancia. También propone una forma completamente distinta de viajar: cambiar los aeropuertos por estaciones de tren y observar cómo los paisajes se transforman lentamente. También implica dormir en coches cama, compartir compartimentos con pasajeros de distintas nacionalidades, desayunar mirando el paisaje o pasar horas leyendo mientras el tren atraviesa territorios remotos son parte del atractivo. El viaje convierte al trayecto en el destino y recupera un ritmo que la aviación comercial hace tiempo dejó atrás.

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Viaje en tren

La realidad.

Cada tramo debe reservarse por separado, muchas veces en páginas web diferentes y con calendarios distintos. A eso se suman las visas necesarias, los horarios de conexión, los seguros de viaje y las posibles noches de hotel entre un tren y otro. Diversos especialistas estiman que solamente los pasajes ferroviarios podrían costar entre 1.000 y 1.500 euros, aunque el presupuesto total aumenta considerablemente al sumar alojamiento, comidas, trámites migratorios y otros gastos.

Paradójicamente, el recorrido alcanzó fama mundial justo cuando dejó de ser viable. El principal obstáculo es la suspensión de las conexiones ferroviarias internacionales entre Europa occidental y Rusia, así como de los históricos trenes Moscú-Pekín, interrumpidos primero por la pandemia y luego por la guerra entre Rusia y Ucrania.

El experto británico en viajes ferroviarios Mark Smith, creador del reconocido sitio The Man in Seat 61, recomienda no obsesionarse con el concepto del “viaje más largo del mundo”, sino diseñar un itinerario adaptado a cada viajero. Quizás esa sea la verdadera enseñanza detrás de esta historia.

El supuesto viaje ferroviario más largo del planeta nunca fue solamente una cuestión de kilómetros. Representa una forma distinta de entender el turismo: viajar despacio, cruzar fronteras sin despegar del suelo y convertir el trayecto en parte esencial de la experiencia.

(Con información de El Comercio)

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