Cuántas historias caben en 6,8 km2? Después de conocer Gibraltar, entendí que la relación entre extensión geográfica y acontecimientos históricos no es directamente proporcional. En ese pequeño retazo de tierra, ubicado en el extremo sur de la península ibérica, conviven en paz sinagogas, iglesias católicas, una catedral anglicana, una mezquita imponente y un templo hindú, dos idiomas y la única colonia de monos salvajes de Europa.
En la superficie de su territorio, el trazado urbano compacto contiene carreteras que serpentean entre acantilados y casas coloniales; bajo la piel de caliza se esconden más de 55 kilómetros de túneles excavados que fueron refugio, hospital y fuerte durante la Segunda Guerra Mundial.
La historia de “El Peñón”, también conocido como “The Rock”, comenzó hace unos cinco millones de años, durante la llamada Crisis de Salinidad del Mesiniense. En ese período, el Mediterráneo quedó casi aislado del Atlántico y el mar comenzó a secarse. Parecía un desierto y lo que hoy es el Estrecho, una cordillera que unía Europa con África. Más tarde, una inundación masiva desde el océano volvió a llenarlo a través de la zona donde hoy se encuentra el Estrecho de Gibraltar. Para la geología fue un proceso natural; para las culturas clásicas, obra de Hércules, quien separó las montañas y abrió el paso entre ambos continentes. Para los antiguos, aquí se marcaba el límite del mundo conocido. Más allá se abría el océano, sin mapas ni certezas. Con el tiempo, esa idea se condensó en una advertencia latina: Non plus ultra (“Nada más allá”).
Este peñón fue ocupado por visigodos, árabes y españoles hasta que, en 1704, las fuerzas británicas plantaron bandera. Años después, España cedió formalmente su soberanía al Reino Unido en el Tratado de Utrecht de 1713. Hoy, no es un país independiente ni parte de España: es un Territorio Británico de Ultramar, con Parlamento, primer ministro, moneda y sistema de salud propios. Londres se ocupa de la Defensa y las Relaciones Exteriores; el resto se gestiona aquí, en un delicado equilibrio cotidiano con España y la Unión Europea, que asumen los controles en el puerto y el aeropuerto.
Aunque el idioma oficial es el inglés, la mayoría de los habitantes habla español y, en la vida cotidiana, usan el “llanito”, una forma de spanglish con influencias genovesas, maltesas y judías. También tiene su propio motor económico. Gracias a su régimen fiscal, con impuestos indirectos más bajos que en España, se convirtió en un centro financiero relevante y se posicionó como la capital mundial del juego en línea. Además del turismo, su otro gran fuerte es el puerto: la Roca funciona como una gran estación de servicio del Estrecho, donde buques transatlánticos cargan combustible barato.
En esta sede civil, el Registry Office fue testigo de las bodas de Sean Connery (en dos ocasiones) y, en 1969, de John Lennon y Yoko Ono. En 1981, el yate Real Britannia zarpó desde el puerto con la pareja real británica en su luna de miel. Ese día, el rey Juan Carlos I de España, invitado a la boda de Charles y Diana en Londres, decidió no asistir porque el tour incluía un tramo de “suelo reclamado”.
Parece una isla, pero Gibraltar es un peñón unido a España por un delgado istmo que contiene la pista de su aeropuerto internacional. Hasta 2023, con la inauguración del túnel Kingsway, entrar a la ciudad implicaba esperar a que el semáforo se pusiera en rojo para dejar que aterrizara un avión.
También es uno de los pocos puntos de la costa mediterránea donde la geografía genera un microclima distintivo: a veces, mientras en España hay un sol radiante, Gibraltar presenta una “boina” de nubes grises en la cima, un efecto asociado a los vientos húmedos del este que se condensan al chocar con el Peñón.
Upside Down
Si Gibraltar fuese una serie, sería Stranger Things. Debajo de los pubs, las casas de té y las tiendas con precios más bajos que al otro lado de la frontera, gracias a su régimen fiscal más liviano, existe un “mundo del revés” que se despliega en una oscura red de túneles de piedra.
Durante el Gran Asedio (1779-1783) -el intento más feroz de España por recuperar el Peñón- nació el núcleo de este entramado subterráneo, cuando los británicos se dieron cuenta de que había un punto del frente norte del Peñón que no podían defender desde arriba ni desde las murallas exteriores. Entonces, el sargento Henry Ince tuvo una idea tan simple como audaz: a pólvora, martillo y cincel, excavaron túneles en el interior de la roca con el tamaño justo para asomar los cañones sin quedar expuestos. Así, el Peñón dejó de ser solo un refugio defensivo y se transformó en un acorazado de piedra capaz de disparar desde sus entrañas.
Con Europa bajo la sombra del avance nazi, el primer ministro británico Winston Churchill sabía que quien controlara ese pequeño paso de 14 kilómetros decidiría el destino de los suministros globales. Se propuso llevar la idea de Ince a un nivel de ciencia ficción: con perforadoras neumáticas se amplió la red hasta crear una ciudad subterránea capaz de refugiar a cerca de 16.000 personas. Tenía un hospital con quirófanos blindados, una central eléctrica, destilerías para potabilizar el agua y depósitos de comida. Hoy, los túneles son una de las principales razones para visitar el Peñón, siempre que no se sufra de claustrofobia.
Dos horas a pie para una vuelta completa
Se puede dar la vuelta al Peñón a pie. Hacerlo toma unas dos horas, en las que podés pasar de sentirte en la Londres de posguerra a caminar en un escenario flotante con aire a Mónaco. Quizá la mejor manera de recorrerla sea “desandar” la historia siguiendo la Main Street, que cruza de norte a sur. El punto de partida es The Convent, la residencia del gobernador: un antiguo convento de franciscanos de 1531 donde se realiza el cambio de guardia. Después, hay que desviarse hacia el Trinity House, en el sur: el único faro fuera de las Islas Británicas. Y si hace falta un chapuzón, la parada ideal es Catalan Bay. El mejor final es regresar al punto de partida y tomar el teleférico hasta la cima para desembarcar en la Reserva Natural del Peñón. Allí se puede caminar entre la única colonia de monos salvajes en libertad de Europa.
Por Connie Llompart / La Nación