Pionero y místico del surf

| Ariel González no solo fue uno de los primeros surfistas uruguayos, también fue el primer campeón nacional. Hoy se dedica a escribir libros sobre esta disciplina.

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L.G.

En un principio, todo servía para cabalgar las olas, aunque éstas fueran minúsculas, aunque fuera en la playa Pocitos. Desde puertas de armario hasta colchones inflables, todo lo que flotara. Llegaban al país las primeras revistas especializadas, desde Estados Unidos: Surfer y Surfing Magazine. El salvavidas de la casilla de Gabriel Pereira, Omar "Vispo" Rossi, sorprendía con deslizadores de lona y madera. Un ingeniero mormón hawaiano, Morthon Rothberg, llegaba al país y traía en su equipaje una tabla de surf. Los argentinos comenzaban a difundir este deporte en Punta del Este. Son los primeros años `60. El surfing había llegado a Uruguay.

Todo esto lo vivió Ariel González (65), uno de los pioneros del surf en el país y primer campeón nacional en 1970 y 1971, en torneos que se disputaban en Manantiales. Este jubilado como profesor de Educación Física integró las primeras barras de surfistas que hubo en el país. Se congregaban en Pocitos y en Las Toscas, algo que no deja de ser sorprendente. No se puede hablar de un oleaje atemorizante.

"El nacimiento del surfing en Uruguay fue atípico, en casi todos los países del mundo surgen en las costas oceánicas. Por eso, los argentinos tuvieron ventaja, además eran de otro sector socioeconómico. Nosotros éramos todos de clase obrera y las tablas eran todas artesanales". González recuerda y se emociona al evocar esos tiempos. Eran épocas en que eran vistos como bichos raros. "En cualquier primera etapa vos estás rompiendo paradigmas y convencionalismos. Amigos míos me decían: `Vos estás loco, ¿qué andás haciendo con la tablita?`". No se queda solo en eso: ha escrito tres libros sobre el tema. El último de ellos, El espíritu de las olas, que incluye una investigación histórica, recuerdos personales, y una especie de ensayo sobre la arista espiritual de este deporte, fue publicado en diciembre pasado.

Mística. González habla de surfing pero también de He`e Nalu. Esta es una expresión hawaiana que puede traducirse como "ondas de agua que se mueven". Y era un juego. Este pionero uruguayo se declara como un firme seguidor de la parte lúdica y mística del surf, la que compartió con otros locos como él, entre los que nombra a Roberto Damiani, su cuñado Jaime, Alex Castillo y al "Corcho" Garabelli.

"El verdadero surfista se levanta a las cuatro de la mañana a preparar sus cosas. A las cinco y media está yendo a la playa a buscar olas. Hoy con Internet vos podés saber si va a haber viento, pero entonces uno tenía que estar olfateando, registrando los atardeceres anteriores, anticipar las tormentas, hacer toda una lectura de la naturaleza. Para el surfista hay un momento que es místico: llegar a la playa a las seis de la mañana, cuando no hay nadie, no hay ruido, solo el cielo, las gaviotas, la playa, la arena, las olas. Es como un sentimiento religioso, pero sin una liturgia oficial. Hay una unión muy fuerte con lo natural".

Místico sí, pero González supo competir y ganar. Aún así, se dice alejado de las connotaciones más glamorosas del surfing, aquellas que vienen de la mano de la moda, los sponsors y la difusión mediática. "Eso es otra cosa, es la parte trivial, la competitiva, la fashion, la de Punta del Este, la de las `gatitas` en la orilla... A mí lo que me interesó, en todo caso, fue la competencia atlética. Además, en el surfing vos no te medís con otro tipo sino con la ola. No te olvides que es un medio inestable, no es lo mismo el mar a las ocho de la mañana que a las once".

Ariel mide 1,87 y tiene un estado físico envidiable. Vive en Shangrilá y hace poco estuvo cabalgando olas en Punta Rubia, Rocha. Tiene cinco hijos y seis nietos. Y un poco pensando en ellos comenzó a desarrollar su faceta de escritor.

"El propósito de mis libros es crear una conciencia, sobre todo en los jóvenes. Sensibilizarlos. Que se olviden de las modas, de los condicionamientos impuestos, que sean más auténticos, simples, genuinos. Yo creo que el surfing, y sobre todo el He`e Nalu, pueden dar muchísimo. Es cierto que hay una faceta más comercial, y es... lamentable. No te quiero mentir, antes íbamos al mar, en invierno, solo con un short y probábamos con camperas de cuero, buzos de lana, forrarnos con nylon, ¡no existía la lycra, los trajes de goma ni la parafina! Era el mar, y el mar era lo genuino. En Las Toscas hacíamos hogueras en la playa para calentarnos. Ojo que no quiero generalizar, todavía hay adeptos a lo que llaman el soul (alma) surfing".

RECUERDOS. González recuerda aquellas primeras tablas artesanales, hechas con panes de espumaplast, tomando como modelo las fotos de las revistas. Conoció Hawai y Perú, que con sus "caballitos de totora", unas balsas destinadas a la pesca, le disputa a la Polinesia y al Pacífico norte estadounidense el origen del surf. Compitió con armatostes de madera forrada y 18 kilos de peso. Hoy tiene una tabla de casi 4 kilos, de espuma de poliuretano y fibra de vidrio.

"Yo anduve en olas de cuatro o cinco metros en Perú y Hawai. Para alguien que fue criado ahí toda la vida, sería un juego de niños. Pero para mí era un acto de superación personal, ¡yo venía de Pocitos!".

Pero los mejores momentos en el surf los vivió en Uruguay, con aquella barra de locos pioneros, seis, siete u ocho, más los acompañantes. Entre estos últimos, recuerda a Eduardo Mateo y a Berugo Carámbula. "Mateo se ponía un short blanco y se embadurnaba con aceite de coco. Le enseñaba guitarra a uno del grupo, el Turco Martínez, quien lo vinculó. Y hacíamos campamentos... vos imaginate lo que sería esa impregnación de la naturaleza y la espiritualidad. Hacíamos excursiones a Santa Teresa, íbamos al agua, volvíamos al camping, prendíamos fuego, y Berugo comenzaba a tocar Bach y Beethoven en la viola. Era como si bajara algo divino". El pionero no puede evitar que la emoción le gane.

Elogios a la ola uruguaya

Playas. "Técnicamente, las mejores olas del mundo están en Indonesia. La calidad se mide no por el tamaño (parafraseando a un antiguo surfista, las olas no se miden en metros sino en `los incrementos del miedo`), sino por la forma y la periodicidad, el recorrido, la transparencia del agua, el entorno. También hay excelentes en Hawai y Australia. Pero te puedo decir que la ola uruguaya, dentro del contexto que a mí me gusta, el He`e Nalu, es la mejor ola del mundo. Toda la costa oceánica nuestra es muy buena".

El libro. El espíritu de las olas, de edición propia y con 368 páginas, se puede encontrar en los locales surfshop de SunValley (Benito Blanco entre Guayaquí y Gabriel Pereira), y La Olla y La Barra en Punta del Este a $ 400. También en El Sitio del Lector del Geánt y Punta del Este a $ 440.

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