No es una cuestión menor. Movilizar una masa de 1.500 kilos a más de 60 kilómetros por hora entre dos veredas superpobladas de gente y al ras de otros bólidos igual de veloces y pesados no es ninguna pavada. Los principios de la física que rigen esa actividad, particularmente la ley de conservación de la masa y la energía, son inapelables. Quien nunca ha vivido un accidente de tránsito puede encontrar di- fícil concebir las extraordinarias fuerzas involucradas en eso que parece tan cotidiano, tan doméstico: manejar hasta el trabajo, llevar los chicos al colegio, irse de vacaciones en el auto. Pero, aunque normalmente los conductores mantienen el control del vehículo, ese dominio es tan transitorio como frágil.
Conducir requiere, por esto, una atención extrema. Una velocidad de 60 kilómetros por hora implica un traslado de 10 a 20 veces la velocidad a la que caminamos. Parece poco, pero es como si de pronto el auto se lanzara a la velocidad de un jet de combate, o como si el conductor se viera obligado a hacer todas las tareas del día, incluido el descanso nocturno, en dos horas y media. O en la mitad de ese tiempo a mayor velocidad.
Por eso es tan peligroso dedicarse alegremente a hablar por teléfono mientras se maneja. Para empeorar un escenario temible en Buenos Aires y otra ciudades, ahora vienen a sumarse los mensajes de texto (SMS, por sus siglas en inglés).
Con el teléfono sobre el volante, algunos van redactando sus mensajes mientras echan vistazos al camino.
Para la práctica de hablar por celular, un estudio británico reveló a principios de año que manejar y hablar por celular multiplica por cuatro la posibilidad de un accidente, incluso si el conductor está utilizando el sistema "manos libres". A la vez, determinó que al minuto y medio de conversación, la atención del conductor se desvía tanto del tránsito que no percibe 40% de las señales, 25% de las prioridades no se respetan, su velocidad media baja 12%, el ritmo cardíaco se acelera bruscamente y se tarda más en reaccionar.
Otro estudio reveló que los conductores jóvenes que usan el celular enlentecen sus reacciones como si tuvieran 70 años.
Sin embargo, los mitos abundan. Por ejemplo, que es menos peligroso hablar usando un manos libres. Se argumenta que conversar de esta manera es igual que hacerlo con el acompañante. Pero no, la analogía es totalmente errónea.
El acompañante es tan consciente del tránsito como el conductor y sabrá callarse si se presenta una situación de riesgo. Es capaz, incluso, de advertir a tiempo. En cambio, el que está al otro lado de la línea no ve lo que ocurre en el habitáculo, y es, por lo tanto, incapaz de adaptar la charla a la muy dinámica situación del tránsito.
El mayor peligro del celular en el auto es que se trata de un diálogo telefónico, que requiere representarse y decodificar una cantidad mucho mayor de datos que en la charla cara a cara. El costo es alto: se presta poca atención al tránsito y, si ocurriera un imprevisto, quien conduce sería incapaz de reaccionar a tiempo.
Así que los manos libres deben dejarse para hablar más cómodamente en casa, en la oficina e incluso en el coche, si está detenido. Son accesorios excelentes pero, en rigor, el que sean tan confortables puede hacer hablar con más frecuencia mientras se maneja.
MENSAJES MORTALES. Los mensajes de texto son más baratos que las llamadas y sirven para zanjar millones de cuestiones por día con la misma comodidad del e-mail, pero sin cargar con una computadora.
El problema de los SMS es que deben leerse en una pequeña pantalla que obliga a enfocar los ojos a pocos centímetros de la cara. Al conducir, se mira a varias decenas de metros adelante. A los segundos que se pierden por estar desconcentrado, hay que sumarles los que tarda el cerebro en adaptar la vista a dos distancias tan incompatibles. Por algo nunca prosperaron los televisores para auto.
Pero escribir el mensaje impone una dificultad adicional. Como el alfabeto no entra en el exiguo teclado numérico, se emplean dos métodos para escribir texto. Ambos son bien conocidos: o se presiona cada tecla varias veces hasta obtener la letra buscada o bien se utiliza el texto predictivo. Los dos demandan un grado de atención que vuelve difícil hasta el simple caminar por la vía pública.
De hecho y según el director del uruguayo Instituto de Educación Vial, Arturo Borges, múltiples accidentes son generados por peatones que cruzan la calle con el celular en la mano, enviando un SMS.
Uruguay, con más de dos millones de celulares en funcionamiento, es uno de los países con mayor penetración de esta tecnología. Y de hecho, según un estudio de la Intendencia de Montevideo del año pasado, se usa más que en Europa a la hora de manejar, de acuerdo a los promedios. (Fuente: La Nación).
Manejo imprudente
En Uruguay, el uso del celular mientras se conduce no está tipificado explícitamente como infracción. Todos los cuerpos inspectivos (intendencias y policías) recurren a una figura genérica llamada "manejo imprudente" y que se castiga con una multa de 1,5 UR, el equivalente a unos 550 pesos en Montevideo.
"La conducción imprudente refiere no sólo al celular, sino a otras conductas que no están con nombre y apellido pero que distraen la atención del conductor", explica el jefe de Relaciones Públicas de Policía Caminera, el comisario Sergio Olivera.
El jerarca añadió que se está proyectando, en el marco de la Unasev (Unidad Nacional de Seguridad Vial) que la sanción sea explícita por considerarla una "falta grave". "Se analiza en un proyecto que hará de algunas infracciones causa de responsabilidad penal, como conducir alcoholizado o un exceso abusivo de la velocidad", adelanta Olivera.
Por "manejo imprudente", el año pasado fueron multados unos 10.000 conductores, una cifra en ascenso justamente por el uso del celular, según los registros de la comuna capitalina. Tomar mate, fumar o hablar con otros conductores entran también dentro de la categoría de sanción de "manejo imprudente".
"El cerebro humano tiene la capacidad de dividir la atención, pero el manejo necesita del 100% de la concentración", asegura el director del Instituto de Seguridad Vial, Arturo Borges. Los conductores uruguayos, en cambio, no tienen incorporado esta máxima, según Borges. "Hay que formar y difundir porque hay un desconocimiento a veces muy profundo de los conductores".