MAGDALENA HERRERA
¿Quién es Nando Parrado? ¿Un héroe o un sobreviviente, o ninguno de los dos? "No sé si fue coraje. Desde afuera puede ser visto así. Fue horror, desesperación, frío, soledad, silencio y un miedo físico que se instala en el estómago y no se va. Es sentir que uno está condenado a la muerte", dice el propio involucrado. ¿Cómo se hace para no enloquecer en una situación límite como esa tragedia? "Me dan por muerto pero respiro, pensaba, y ves todo el guión de la película: cómo te vas a morir", agrega. ¿Qué le sucedió cuando subió con Roberto Canessa a la montaña pensando encontrar verde del otro lado y no había más que glaciares? "Si miro para atrás fue la decisión más difícil que tomé en mi vida: ver cómo iba a morir. Fue un infierno de 72 días", confiesa.
¿Quién es Nando Parrado? ¿El héroe que los uruguayos romantizaron después, o el muchacho de 20 años que casi murió primero estrellándose contra la cordillera de Los Andes, que perdió a su madre Eugenia y que vio morir en sus brazos a su hermana Susy? ¿El joven que sintió la muerte sin rabia, con resignación, cuando quedó bajo un alud que parecía cemento? "Me dije, bueno, estoy liquidado, no sentí túneles de luz ni nada. Pensé que se había acabado, con una extraña tranquilidad. ¿Por qué? Porque ya teníamos tanta desesperación y la confirmación que nos íbamos a morir porque habían abandonado la búsqueda. Vivíamos el terror y el horror, para cualquier ser humano. Al final la avalancha era como una solución. Se romantizó lo de los Andes, pero si me dieran a elegir no quisiera pasar un segundo más ahí".
Hoy Fernando Parrado (54 años) es un padre de familia, importante empresario, conferencista internacional, y reciente autor del libro Milagro de los Andes - Mis 72 días en la montaña y mi largo regreso a casa, publicado por la más importante editora del mundo, la estadounidense Random House (con un tiraje de 250 mil ejemplares y excelentes críticas cosechadas en el país norteamericano).
¿Por qué contar la historia 34 años después? Es cierto, en pocas semanas se convirtió en el uruguayo que más libros vendió en la historia del país, con cifras similares sólo a las publicaciones de Eduardo Galeano. Editorial Planeta publicó el libro en habla hispana. "Quería contar de dónde venía y hacia dónde iba, y por eso también escribo referencias a mis padres y abuelos. Me gustaría que mis nietos o bisnietos puedan leer este libro y por lo menos digan, `mirá qué tipo interesante`. ¿Viste ese miedo que uno tiene a que nos olviden? Yo no sé quién fue mi bisabuelo, ¿tu lo sabés? Pero también sirve para que tampoco se olviden de Arturo Nogueira, Numa Turcatti, Coco Nicolich, el Vasco Echavarren y tantos otros que fueron realmente héroes que dieron su vida y murieron por algo absolutamente tremendo. Uruguay es un país complicado con los uruguayos, a no ser que sean futbolistas. Se tributa permanentemente al Maracanazo (y yo también) que fue una gesta deportiva fantástica, pero era un juego con una pelota. Si perdían salían segundos, e igual era una victoria. En Los Andes, los que perdieron sufrieron mucho. Nuestro país hoy se conoce en el mundo por esa tragedia, que fue estudiada en las universidades más importantes del mundo porque era imposible que un ser humano sobreviviera. No es un debe, es lo que pasó, y fueron uruguayos a los que de alguna manera se los ha olvidado. Yo no quería olvidarme de ellos. El libro tiene cero ingrediente de ficción. Está descrito de una forma simple y honesta. Es la verdad de los hechos, que fue tan fuerte que igual sería imposible novelarla".
-El libro se llama "El Milagro de los Andes". ¿Cree que fue un milagro?
-Para mi fue suerte, destino, lucha, esfuerzos. Sólo los que estuvimos ahí nos damos cuenta lo que costó, y como digo en el libro, aprendimos a tener la capacidad de dudar sin culpas. Yo no sentí las manos de Dios empujándome cada vez que subía un metro más. Sentía el aliento de Roberto Canessa detrás mío, empujándome. Creo que es el triunfo de la vida, de no aflojar. No sé si los milagros existen, es un buen título para un libro pero no te puedo decir que a mi me sacó Dios de ahí, no. Tengo que aclarar que es un nombre de marketing elegido en Estados Unidos. Milagro y Andes son dos palabras fuertes elegidas para un producto por la casa editora más grande del mundo.
-¿Cree en Dios?
-Sí, creo en Dios, pero en un Dios muy diferente al que me enseñaron en la Iglesia. No sé si debo creer en todo lo que está escrito en la Biblia por seres humanos, y que hoy nos hace regir por dogmas escritos hace más de dos mil años. Me parece muy primitivo ese pensamiento, y entiendo que la Iglesia debe progresar. El Dios en el que creo es el que se ve en esa foto, donde estoy con mi familia. Es el Dios que ha creado cosas como el ser humano, como la genética y la física del universo: ¿Por qué los planetas son redondos? ¿Por qué el agua no se cae? Tiene que haber alguien más allá. Pero no es el que dice: `pecás y mentís, hiciste algo malo, y ahora vas al infierno`. ¡Por favor! En lo que más creo es en el amor. A mí lo que me llevó a través de las montañas fue el amor hacia mi familia, y todos esos glaciares que me sacaban la posibilidad de una vida. Cuando estaba ahí pensaba que en algún lugar del mundo había una chica, que no sabía que yo existía, que nunca me iba a conocer, porque yo me iba a morir. Pero si yo no hubiera subido a ese avión, me la hubiera encontrado. Estas montañas me estaban sacando la posibilidad de sentir el amor. Y cada vez que nosotros rezábamos, cada minuto que estábamos ahí, lo único que queríamos era volver a nuestras familias. Sería muy estúpido si no hubiera aprendido eso. Si ahora vas al médico y te dice: `lo siento pero te queda una semana de vida`, no sos la misma persona que entró en ese consultorio. No vas al diario a planear entrevistas ni al banco a ver cuántos son tus intereses. La radio nos dijo que nos daban por muertos. ¿Cómo te cambia eso? La mente va en otra dirección: a lo máximo nos quedaba una semana de vida porque no teníamos comida, agua, abrigo, no sabíamos dónde estábamos y además nos habían abandonado.
-¿Cómo se hace para no enloquecer?
-El miedo y la depresión fueron impresionantes; era el horror. Pero formábamos un equipo de muchos años, y lográbamos apoyarnos.
-¿Qué fue lo que sintió cuando escuchó que habían abandonado la búsqueda?
-Yo tenía mucho miedo, y en ese momento pensé: `estoy muerto, no puedo creer`. Estoy respirando pero estoy muerto. ¿Cómo salgo de acá? Lo único que hice fue intentar cancelar todo pensamiento más que salir de ahí: `estoy respirando, tengo que buscar una solución`. Y es increíble como en un espacio de tiempo tan pequeño ves todo el guión de la película: nos vamos a morir acá, congelados, defenestrados de hambre, ¿cómo será morirse así? Tenía claro que no quería morirme sentado mirando los ojos de mis amigos, sin sentido. Prefería hacerlo corriendo por las montañas. Y desde que abandonaron la búsqueda, yo quería irme, más allá que sentía un miedo atroz.
-Se le había muerto su madre, su hermana, sus amigos. ¿Por qué salió? ¿De dónde sacó fuerza? ¿Instinto de supervivencia?
-Si tuviera respuestas a todo sería un sabio, pero no lo sé. El instinto es brutal. Yo veía a mi padre que nos había llevado al aeropuerto y dicho: `diviértanse, los vengo a buscar el lunes`. Es como un miedo físico que se instala en el estómago que no se va, no se va. Lo comparo al sentimiento que puede tener una persona a la que le dicen que le queda una semana. Cambia todo. Yo pensaba: algo tenemos que hacer. Me parecía que no debía morirme, pero todos pensaban lo mismo, y sin embargo algunos fueron muriendo de a poco: en la avalancha, de frío, la gangrena y todo eso. Fue una cosa mucho peor de lo que la gente piensa. Se romantizó mucho el tema de los Andes. Yo no quisiera pasar ni un segundo más ahí. Si el infierno existe, es eso, el infierno de la soledad, del frío, el estar condenado a muerte. En Uruguay no hay montañas por lo que es muy difícil ponerse en la situación. En Europa y Estados Unidos la gente se da cuenta. Nos dicen: es inhumano lo que han hecho, no es posible. Se puede sobrevivir con más chances en el desierto, en el océano, en la selva. Pero ahí imposible. Sinceramente no sé de dónde salió la fuerza, por suerte lo pudimos hacer.
-¿Le encontró algún sentido a la muerte de su madre y hermana?
-No, ningún sentido. Porque ojalá estuvieran conmigo. Murieron porque el avión se estrelló en la montaña. Los otros murieron por una avalancha, nosotros no morimos de casualidad.
-¿Al escribir el libro qué le significó en su interior revivir la tragedia, sus muertos? ¿Dolor, angustia?
-No, dolor no. No puedo hablar por otras personas pero en mi caso existe memoria, recuerdo, cariño, pero no dolor. El tiempo es un buen cicatrizante, si no el ser humano viviría de tragedia en tragedia y no resistiría nada. Todos anhelamos que nuestras vidas sean perfectas, sin problemas. Pero las tragedias existen, quizás uno se pregunta ¿por qué a mí? Y bueno, ¿por qué le tienen que pasar a los demás? La vida es como un rompecabezas, tiene piecitas, buenas y malas: tener hijos, casarse, enamorarse, enfermedades, choques, divorcios, tu novio que te deja por otra. Es la vida, y algunos pedazos son más importantes o grandes que otros. La vida tiene cosas buenas y malas y no podemos hacer nada. En cuanto a lo que sentí cuando escribí el libro, fue como una experiencia. Yo no quiero nuevos desafíos en mi vida, pero sí experiencias, me encantan de todo tipo. Milagro en Los Andes se fue gestando casi sin que me diera cuenta, escribiendo cosas en el avión. Luego una amiga me dijo: envía algo a Estados Unidos. Y me llamaron para decirme que me lo querían comprar. ¿Cuántas personas hubieran querido estar en mi lugar con ejecutivos de las grandes editoras del mundo? Entonces, ¿por qué me iba a negar a esa experiencia? Seguí lo que me decía mi corazón.
-¿Su vida hubiera sido diferente sin Andes?
-Sí, hubiera sido otra. Pero ¿sabés una cosa? No existió. Es esta. Muchas veces con la oreja en la almohada me pregunto ¿qué hubiera pasado? Pero no me complico, porque no fue. Sé que antes no tenía un pensamiento clásico para la época. No quería ser abogado, escribano, médico, sino capitán de barco, piloto, algo diferente, y no sé si tiene que ver con el rol que luego me tocó en Los Andes.
-¿Cómo se convive con el horror y llegar a llevarlo con cierta naturalidad?
-No hay que olvidarse que pasamos 72 días y 72 noches. La gente habla de días, pero las noches eran lo peor: apretados dentro de ese fuselaje, con una vivencia muy íntima, que sólo fue posible gracias al equipo que éramos. Te vas uniendo más a unos que otros, como sucede en todo en la vida, y conversás sobre temas comunes, te preguntás e interrogás, charlás. Fue un infierno y llegamos a conclusiones.
-¿Desaparecen los egos, egoísmo, la mentira, sentimientos negativos?
-Sí, en esas situaciones quedan los rasgos de personalidad, los que son más tranquilos o no, los graciosos y bromistas, los hiperactivos. Pero todos logramos el mismo plano y respeto.
-¿Le salvó la vida a 14 jóvenes? ¿Alguno de ellos lo salvaron a usted?
-Yo estaba enterrado en la avalancha, metido como dentro de un bloque de cemento. Sentí que moría. Y alguien, no sé si fue Roy, Carlitos o Gustavo, todos los que estaban salvando a los demás en ese caos, me destapó la cara. Me salvaron la vida. En ese momento no entré en pánico, sentí que moría. Y mirá lo que me vino a la cabeza: `nunca pensé que me iba a morir en una avalancha`. Me acuerdo de eso.
-Debieron alimentarse con carne humana, y sólo le dedica una página y media del libro a ese tema. ¿Por qué? ¿Es tabú? ¿Por respeto a los familiares?
-No, pienso que es un tema interesante desde afuera, pero para nosotros fue algo más. Por eso resulta tan difícil en nuestro lugar, y darse cuenta la importancia que tenía una u otra cosa. La lucha contra el frío, la sed y el hambre fue realmente pavorosa durante esos 72 días. Una vez que encontrás una solución, el problema deja de existir. Y creo que fuimos una sociedad muy avanzada para ese momento. Nosotros, con 18, 19 y 20 años, llegamos a una conclusión que sólo hicieron sociedades de dos y tres décadas después. Hoy se firman documentos donde uno dona sus órganos para que otros vivan. Nosotros hicimos lo mismo, y realizamos un pacto los 29 que estábamos vivos, que si moríamos nos utilizaran para que al menos uno viviera. Porque tampoco hacerlo significaba que vivieras: de los 29 quedamos 16. ¿Qué hubiera pasado si Roberto y yo no llegábamos? ¿O si no nos hubiéramos animado a salir? Yo tenía un miedo pavoroso, absolutamente indescriptible. ¿Cómo iba a dejar ese lugar para irme a la montaña? Pero no tenía otra opción: `vámonos porque la comida se va a acabar y nos vamos a morir de una u otra forma`.
-¿Usted propuso lo de la comida?
-Yo lo verbalicé, pero muchos estábamos pensando en lo mismo.
-¿Fue duro verbalizarlo?
-No, sería duro verbalizarlo acá, tenemos que ubicarnos allí, abandonados en un glaciar, muriéndonos congelados. Es muy difícil pensarlo sentados en un sillón con la posibilidad de comer un sándwich. Pero después de 10 días, congelados y con una radio que confirma que nos daban por muertos, tu mente es otra. La mente hace un click. Por eso a mi me resulta muy difícil juzgar a otras personas: uno nunca sabe lo que está pasando o sufriendo.
-En el libro, en varios momentos, piensa que se acabó, que ya está, sin embargo siguió. ¿Por qué?
-Sí, hay momentos pero creo que el peor, el que realmente sentí que no podía más, fue cuando llegué a la cima de la montaña, asomo la cabeza y veo lo que hay al otro lado. Es como que te pegaran con un bate de béisbol en la cabeza. Pensaba ver verde y sin embargo estaba en el medio de la cordillera. `Otra vez no`, pensé. Lo más sensato hubiera sido tirarme a llorar y morir.
-¿Por qué no lo hizo? ¿Coraje?
-No es coraje. De afuera puede ser visto así. Era miedo, desesperación, pero entre morirnos congelados a 6.022 metros de altura optamos por bajar antes que anochezca, hacia delante. Y si miro para atrás, ese fue el momento de decisión más difícil de mi vida. Todas las otras decisiones que tomé, comparada con esa fueron fáciles. Esa implicaba la forma en cómo iba a morir. La gente no decide eso, sólo espera que sea lo más lejano posible. Hoy, cuando tengo que tomar una decisión, desafortunadamente vuelvo a ese momento porque puedo comparar lo que es una situación difícil o de vida.
-¿Pero cuando toma la decisión de seguir con Canessa, no había una cuota de esperanza?
-No, por lo que se veía era imposible. Lo único que sabía era que cuando mi cara pegara contra el hielo de vuelta no se iba a levantar más.
-Narra el encuentro con el arriero, y lo posterior. Los demás tenían para festejar, pero usted se da cuenta que no puede. ¿Su situación era diferente?
-Primero fue la vorágine del rescate, la alegría, el encuentro con amigos, mi padre, mi hermana. Pero claro, todos festejaban con sus familias, yo también tenía una euforia contagiosa, pero a mi me faltaba la mitad de mi familia, y venía la Navidad. Hablé con mi padre, y nos dimos cuenta de que no teníamos nada que festejar. El que se llevó la peor parte del grupo de sobrevivientes fui yo: me comí los 72 días, me abrí la cabeza en cuatro, perdí a mi familia y amigos, me crucé los Andes con Roberto, volví en helicóptero a buscar a los demás. Entonces decidimos irnos tranquilos con mi padre y hermana a Viña del Mar, a finalmente aterrizar.
"No sentí pánico porque vivíamos tal horror que al final el alud era como una solución"
"Hay vida luego de tragedias"
"Me parece que Uruguay tiene que despertar: se politiza todo tan absolutamente, pero hay que pensar en el futuro. Como nosotros, mucha gente sufrió mucho con desaparecidos de ambos lados, realmente tragedias, y siguen viviendo 30 años en el pasado. Cuando pasen dos generaciones nadie se acordará. Miremos hacia adelante, no para atrás. Soy uruguayo, quiero a Uruguay y siento que es el mejor país del mundo. Dejemos de poner palos en las ruedas a todo. Recordar, con cariño, pero mirar para adelante por el bien de toda la sociedad. Como se ha hecho en Irlanda, en Francia, en tantos otros lados", aconseja Nando Parrado.
El libro editado por Planeta, que ya se encuentra a la venta, narra la vida de Nando Parrado y en especial de su tragedia. Desde antes, viene dictando conferencias en universidades y frente a ejecutivos sobre liderazgo y supervivencia, para asesorar empresas a enfrentar situaciones de crisis, toma de decisiones, entre otras. "Nos convocan como uno de los casos donde logramos la excelencia en aspectos que solo se aprenden, luego de tener la teoría. Nosotros, sin ella, pudimos aplicarla con éxito".
Parrado podría haber escrito este libro hace 10, 20 o 30 años, como cualquiera de los otros sobrevivientes. "Pero no habría sido capaz de hacerlo. Recién ahora puedo narrar esa experiencia de vida como la pienso yo". ¿Teme las críticas de volver al pasado? "Son muy pocas las cosas que temo en la vida y cada uno puede opinar lo que quiera. Lo que más me fascina del ser humano es la libertad, y la respeto al máximo".
"Resucité para papá"
Para Seler Parrado, su hijo Nando estaba muerto desde hacía dos meses y medio, como realmente sucedió con su esposa Eugenia y su hija Sussy. "Nos unimos después de eso. Resucité para él".
-¿Se sintió culpable de ser usted el sobreviviente y no su madre o hermana?
-No, para nada. Los americanos lo llaman el survival guilt, pero yo no lo sentí. Estoy feliz de ser un sobreviviente. Pero claro, cuando vuelvo a Uruguay todo es diferente: mi madre no estaba en la cocina o planchando la ropa, ni mi hermana, ni Panchito o Guido, que eran mis íntimos amigos de toda la vida. El mundo cambia y hay que salir para adelante, como me dijo mi padre. Todos somos criaturas de nuestras experiencias, desde que nacemos. Pero claro, uno empieza como a darse cuenta de a poco de las cosas, como cuando empecé a ir a lugares que frecuentaba con Panchito. Recién ahí caí en que no estaba más. A esa edad, la amistad es lo mismo que tenés. El vacío era grande, pero bueno, tuve otros amigos que lo llenaron: Gustavo, el Músculo, la familia Surraco, los Vivo. Se dieron cuenta que yo estaba solo. Claro que no olvido a mis amigos. A veces imagino que hubiera sido de la vida de Panchito, un animal de una nobleza excepcional, o de Guido, quien se iba a casar a fin de año. A lo mejor murieron los mejores, y quedamos los peores. Se ve en la vida, o quizás se idealizan.
-El libro de alguna manera cambia lo que mostró el film de algunos sobrevivientes como Harley, entre otros. ¿Otro rescate de su parte?
-No es rescate, es poner las cosas en su sitio como las pienso. La película está bien hecha, pero en una hora y 40 minutos no se pueden definir las personalidades de todos. Pienso que Roy fue un héroe, fue un tipo que en lo más profundo de la desazón, del terror de la montaña, él se levanta y sigue. Todos tenemos diferentes resistencias físicas y síquicas, no todo el mundo es igual. Para mi fue un gran héroe y lo demostró con mucho coraje.