Más que una biografía, quien recorre sus páginas seguramente sienta que está leyendo un diario de viajes. Es que en definitiva, esa fue la materia prima de esta autobiografía que Carlos Páez Vilaró publica a sus 88 años y que, metafóricamente o no, titula Posdata. En ella aparecen como protagonistas Tahití, Buenos Aires, Santiago de Chile, París, Montevideo, China, Colombia, Tailandia, Estados Unidos, Panamá, Brasil y la lista sigue. También están Marlon Brando, Pablo Picasso, el Che Guevara, Oscar Niemeyer, sus padres, su exesposa, su actual mujer y sus seis hijos. Y a lo largo de esas y otras geografías y vidas Páez logra ir trazando su propio recorrido, el descubrimiento de su vocación como artista, los trabajos que logró y a los que luego renunció, su notoria ausencia en su casa y las decisiones que significaron un antes y un después en su carrera.
El libro (Aguilar, $ 480) no sigue un orden cronológico, ni siquiera temático. Los capítulos están marcados, como la propia obra de Páez, por los astros -Amanecer, Tras mi propio sol, Tras la luna, y Un nuevo amanecer- para terminar con algunas "fotografías de una vida", como las define el autor.
Con los viajes como hilo conductor, este artista que supo pintar comparsas, lavanderas, navidades y bailes a la luz de la luna, que levantó Casapueblo de la nada y que varias veces abandonó el confort de la vida en la ciudad para instalarse en alguna aldea africana, recuerda con la humildad propia de un novato su primera exposición en Buenos Aires. Fue a mitad de la década de los cincuenta, cuando vivía y pintaba en el conventillo Mediomundo y llegó a verlo "un señor recién llegado de África" que "vestía impecablemente de blanco, hablaba español y se presentó como Arturo Larrondo".
La muestra tuvo lugar "en una de las galerías más importante de Argentina en esa época", la mayoría de los cuadros se vendieron el mismo día de la inauguración, algunos incluso por teléfono. Hubo uno, recuerda Páez, que fue reservado de palabra por un representante de Juan Perón, pero que por coincidir "con su sorpresivo exilio al Paraguay" nunca llegó a destino.
Siempre con un tono optimista y apelando a un lenguaje visual que sin lugar a dudas domina, Páez también consigna esos momentos en que las cosas no le salieron tan bien. Uno de ellos fue cuando cayó enfermo de aftosa, producto del mal estado de la leche "que consumía para evitar el envenenamiento de las tintas" durante su trabajo en una imprenta en Buenos Aires. Otro sucedió un tanto más lejos, en Egipto, cuando por no tener la vacuna contra el cólera tuvo que pasar varias semanas "en un vetusto caserón destinado a prisión de cuarentenas". Uno de los últimos sustos lo vivió en 1999, al ser "advertido por una señal inexplicable que de golpe debilitó" su andar y le valió una operación de corazón en Buenos Aires. Ese imprevisto que le cambió la vida, según sus propias palabras, se repitió cuatro años después y un marcapasos lo transformó en robot.
Dentro de esa categoría, y en el marco del capítulo titulado "Tras la luna", Páez dedica tan solo una carilla a la tragedia de los Andes que involucró a su hijo Carlitos. Una vez más, un traspié con final feliz. "La luna resumía mis esperanzas, porque al mirarla sabía que mi hijo también la estaba mirando desde algún lugar. La luna es siempre un resumen colgado con alfileres en la oscuridad", escribe.
A lo largo de las casi 400 páginas en que se extiende el libro, Páez Vilaró demuestra varias cosas. Pero quizás una de las más llamativas sea su habilidad para que al lector le siga resultando difícil armar una línea cronológica de su vida. Así como siempre enfatiza que Casapueblo es su "escultura habitable", su vida parece ser una creación que aún no está acabada. Posdata no tiene un cierre explícito ni un final absoluto. Simplemente, el último capítulo está dedicado a Casapueblo, "el eje" de todos sus trabajos y todos sus viajes.
Vida y arte. A sus 88 años, Carlos Páez Vilaró sigue creando en su "usina" de Punta Ballena, la emblemática Casapueblo.
LAS FRASES
PALABRAS, MUJERES Y MANOS
"La posdata es el suspiro final de una confesión que nos habilita a recuperar de nuestra memoria algo que quisimos decir y se nos pasó de largo. Es la chance que se nos abre al terminar una carta para sumarle todo aquello que se escapó de nuestra concentración".
"Ella (la mujer) ha significado el mayor estímulo en todas las batallas que he debido librar o en las empresas que he llevado adelante. Siempre pienso que sin mujer no hay creación".
"Miro mis manos y pienso en lo que significaron en mi vida. Me refiero a mis manos cansadas de hacer cosas, las que ahora me ayudan a rescatar fragmentos del pasado".