Opinión | Ya no lo extrañan

“Los reunió a todos y les interpretó “Muerte en Venecia”.

Washington Abdala

Se trataba de ver si lograba persuadirlos y para eso poseía un arma secreta. Lo oían como si fuera a revelar el sentido de la existencia, en realidad era su forma de comunicar.

Y, es verdad, cuando tocaba aquel piano -aprovechándose inclusive de los silencios- mientras lo hacía se producían situaciones extrañas. Era un ser que “ordenaba” a los demás aquello que se le antojaba con su mente a través del sonido de un piano. Hablaba con monosílabos, solo tocaba el piano y luego miraba fijamente a sus subordinados y ellos -por alguna conexión indescifrable- sabían los menesteres a los que se debían abocar. Luis Buñuel no podría haber imaginado una escena así, sin embargo, todo aquello sucedía en un clima armonioso y de cóctel con sus fieles seguidores que no era más que un grupo de criminales de temer.

Esa noche era especial, él ya tenía el dictamen médico definitivo que lo sentenciaba a partir de la existencia por esa enfermedad sin nombre. Ya sabía que nunca más podría alcanzar su plenitud física, en consecuencia, tenía claro que ya no poseería toda su precisión, pero todo lo suplió con sabiduría y percepción en los teclados. Así, los engañó mientras nadie advertía que iba rumbo al ocaso; es más, su gente creyó que estaba en su apogeo. Su piano pareció sonar perfecto, pero él tuvo conciencia absoluta que hubo momentos donde ingresó en la dimensión de la nada. Se iba de la vida.

Los reunió a todos y les tocó en el piano “Muerte en Venecia”. La música empujaba el mensaje que quería. Sus acólitos, en los hechos esos brutales asesinos, al terminar la interpretación se le acercaron y lo miraron fijamente. Parecía El retorno de los brujos de Narciso Ibañez Menta. Rodolfo, su mano derecha, un serbio de dos metros, enjuto y sombrío le dijo: “Lo haremos en las próximas 24 horas”. Él ni siquiera lo miró, nunca le habló, cerró su piano lentamente, su indiferencia operaba como asentimiento. Todo estaba sobreentendido. La orden estaba impartida, la sentencia dictada.

Aquella noche el asunto se resolvió. El rey del azufre nunca entendió como ingresaron a su domicilio, como lo sacaron a patadas de allí, como lo degollaron en dos segundos en su inmenso jardín y nunca nadie más supo nada de él. Todo ocurrió sin estridencias porque el rey era un ser maldito, un déspota criminal que había corrido todos los límites de lo humano violentando derechos humanos, vejando y ufanándose de todo para hacerse rico. Nunca más se supo nada de él, ni cómo fue que lo eliminaron, nada, todo se lo tragó la historia. No pocos se sintieron liberados con su muerte.

El piano sonó al otro día en melodías de Bach en estilo Glenn Gould, armoniosas, sin intensidad ahora y casi en clave de divertimento. No había mensaje. En esa oportunidad, los que lo oyeron supieron que ya conocía la noticia del fin del rey del azufre, su última obra maestra.

Él sabía que ya no podría conducir más a “su equipo”. No tenía familia, por eso sus desmesuras nunca tuvieron rehenes. Nunca temió por él mismo, había hecho su tarea, la organización ya no tenía sentido, pero no lo podía comunicar. El martes desapareció. Se lo tragó la tierra.

Dicen que está en algún lugar del norte, cerca de osos con los que convive. Lo dijo un loco que creyó verlo en Alberta en Canadá. A decir verdad, ya no lo extrañan, muchos aún le temen, siempre le temen, saben que de volver podría volver a tocar el piano y esa sería sus guillotinas. Ellos saben que ante él morirían. Lo tienen claro. Por eso, su nombre aún les causa pánico. Nunca lo pronuncian. Jamás de los jamases.

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