Por Washington Abdala
En Razones, Roberto Musso (Cuarteto de Nos) hizo nacer esa frase. Va lo que me surge de esa idea de aquella canción.
Los guerreros son gente que no sabe de batallas perdidas, saben de batallas, saben que tienen que estar en la trinchera y saben que nunca nada es fácil.
El combate, para los “guerreros-pacifistas” representa pensamientos, emociones y sentires. Es amor también, no todo intercambio es para encontrar el mejor razonamiento: son combates por afectos y luchas por la vida.
Los guerreros nunca tienen la conducción de la operación, son apenas algún brazo de esta, pero sin ellos nada sería posible. Son la carne de cañón que se le ofrece al enemigo para que la degluta y luego, de manera elegante, irrumpa algún solemne acuerdo de paz sobre sus cadáveres.
Es así el juego de la vida. Todos somos guerreros, todos tenemos algún amor cancerbero o alguna causa que nos compromete.
Los guerreros son, también, románticos porque un guerrero del amor, un guerrero por la libertad o un guerrero salvador de vidas lo único que hará será enamorar, oxigenar en libertad o abatir a alguna enfermedad. ¿Hay alguien que no se apunte en estas batallas?
No hay otra opción: o se forma parte de ese club o se forma parte de los que no se comprometen, de los que hacen la plancha y los que se esconden robando aire.
Los buenos guerreros preparan generales, esos sí, son poquísimos, pero irrumpen de la sangre de los guerreros. Nunca un general emerge si no estuvo en batallas. Las batallas, el caos, la bruma, el recorrer las mismas, el dolor y hasta lo infernal hacen nacer al buen general. ¿Le suena esto a las “madres” que se han bancado todo? ¿Hay alguna madre luchadora que no haya sido una guerrera contra todo?
Y hasta para salir de las batallas hay que saber cómo hacerlo, eso lo hace un buen guerrero.
Estudiando la vida de George Washington -que se cansó de ser lo que quiso ser en los Estados Unidos y que tuvo que implorar que no lo eligieran más- uno de sus méritos fue no librar batallas que no tenían sentido.
No es menor saber calcular los riesgos, a veces, esta mirada no se tiene en cuenta. Las peleas que vale la pena librar son las que sirven a los defendidos: para derrotas ya tienen bastante con lo que padecen. ¿Se entiende? No se trata de la gloria de los generales, nunca. Los generales vanidosos siempre funden a sus ejércitos.
El “todavía respiro” dice tantas cosas. Es una manera de expresar que está aún vivo y que nunca lo asuman por muerto.
Lo genial del “todavía respiro” es que a todos los humanos nos cabe esa consigna siempre, pero no lo aceptamos, todos respiramos el tiempo que sea y no advertimos nunca la finitud como un dato de la realidad.
Tenemos un mágico dispositivo mental, supongo, que en el inconsciente dispara un distractor -todos los días- para evitar asumir que somos finitos. Y así vivir las vidas, creyendo -paradójicamente- que esto no es así. De esa forma, parece que todo fuera normal. Por eso el “exceso” que abunda a nuestro alrededor porque no terminamos de concebir el final: nos asusta la realidad.
Como “vida” somos el milagro de arranque, cada existencia que está en la tierra llegó a brazo partido, es única. Y la vida es esta -no se enoje nadie, por favor- luego veremos qué sigue, pero lo concreto es lo que está acá y convendría hacerlo lo más agradable y buena posible.
No somos todos iguales, no pensamos igual, no tenemos los mismos sueños, ni las mismas religiones, ni los mismos dioses, ni las mismas ideologías, pero nos tenemos a nosotros como humanos.
Se supone estamos aquí para ser mejores, para dejarle un tiempo venturoso a los que vienen y una sociedad que ambiente mejores cosas a los que llegarán. Por eso, con “todavía respiro” cobra sentido seguir batallando por la vida de los demás. Y, de alguna forma, los que respiramos estamos dejando lo mejor de nosotros para los otros con ese encare. Siempre el presente es de los guerreros, siempre.