Opinión | Siempre va de relatos la cosa

"Vivimos dentro de relatos, dentro de existencias que son verdaderas, pero interpretadas. Los relatos pueden ser ficcionales, pero la realidad no".

Washington Abdala

Esto del inicio de la nota de hoy lo saqué de las redes sociales. Me dicen que la versión es verosímil. Va: “Evacuaron una iglesia en plena misa por un episodio tan insólito como inolvidable. En plena misa dominical, los fieles de una iglesia local vivieron un momento de total desconcierto cuando un sonido potente e inesperado interrumpió la ceremonia. El estruendo, que se escuchó en medio del templo, provocó miradas cruzadas, risas nerviosas y confusión entre los asistentes, algunos de los cuales creyeron que se trataba de una falla estructural o un incidente mayor. Ante la incertidumbre, varias personas comenzaron a salir del lugar por precaución, lo que derivó en una evacuación momentánea. Minutos después se confirmó que todo había sido causado por una flatulencia particularmente sonora de uno de los presentes. Sin heridos ni daños, la misa se retomó entre bromas y comentarios, dejando una anécdota que ya circula con humor entre los vecinos.” ¿No me digan que el episodio no es hilarante? Puede que tenga algo escatológico, pero es risueñamente divertido.

Es que lo absurdo acontece en los momentos menos pensados en la vida. Me pasó de vivir un momento intenso con mis mejores amigos: en un casamiento, un tío de la futura esposa, en la previa al ingreso de la novia, se sintió mal y se murió allí mismo, en medio de la nave principal de la iglesia. Seco. Quedó fusilado. No dio ni para la esperanza. Pin, pun, y al otro mundo en medio de la iglesia en viaje supersónico. Me entró pánico de que la ceremonia se comprometiera por ese evento. No me relajen, pero pensé en mi amigo. Había que sacar al difunto rápido. Todo el mundo actuó con celeridad y sin decirnos nada cargamos al muerto. Todos entendían que eso era lo que había que hacer. No se le dijo nada a la novia y al novio. Mientras ellos saludaban alborozados, el cuerpo del pobre cristiano estaba en la sacristía. Juro que esto es cierto y mi amigo Fernando lo puede comprobar. Cosas que pasan.

Otra vez viajé con una viejita a USA a mi lado en el avión y ella iba con las cenizas de su esposo en un bolsito. Quedé tieso cuando me lo dijo. La tuve que ayudar a salir y a ingresar a Miami con eso. Por cierto, me contó la historia del difunto esposo toda la noche y yo lloré con ella, sinceramente.

La vida está llena de cuentos locos, de situaciones que superan lo delirante y que son maravillosas. En alguno de los años en que hacíamos stand up con Gerardo Sotelo, Sergio Gorzy, Nano Folle y hasta Alberto Sonsol, en unas de las tres temporadas, yo contaba anécdotas de vida en el escenario con la magia de Fernando Schmidt arreglando los textos. Eran historias reales, desde padecimientos con el urólogo por el maldito exámen de próstata (si tenés más de 50, andá al médico, este es un servicio gratis que estoy brindando a todos los veteranos; andá que te podés salvar de cosas feas) o hasta situaciones en la que la necesidad de acceder a un baño se tornaba demoníaca. Esas historias depende de cómo las cuentes. Lo sucedido es siempre lo mismo pero cómo lo narres es todo.

Y acá paso un mensaje serio: vivimos dentro de relatos, dentro de existencias que son verdaderas, pero interpretadas. Los relatos pueden ser ficcionales, pero la realidad no. Por eso la política que captura percepciones, emociones, sentires y enojos, a pesar de todo eso, es racional al final. No se eligen locos por casualidad. No se votan seres que no son lo que en un momento no representan lo que somos. Por algo llegan los que llegan. Claro, debe ser honesto por parte del declamante, eso también es el otro 50%. ¿Y cómo saber si estamos ante un demagogo, un idiota o un cínico? Eso querido lector, la dejamos para otro domingo.

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