Soy un viejo. Además, soy un viejo pasional. Todo lo que la posmodernidad condena. “Murió sexagenario en la esquina de 18 de Julio y Ejido”, se oía en la radio hasta hace no poco tiempo. ¡Sexagenario! ¡Mi Dios!
La emoción y la razón son primas hermanas. Mucha gente cree que los pasionales somos seres descartables. En los hechos, si se aprecian y recorren la vida juntas, se amasan a la vista de todos. Como dice un buen amigo: “Emoción razonada y pasión medida” es la mezcla perfecta del “saber y hacer como”. Una espada que defiende fronteras éticas, justas y que ante los atropellos los ubica en su lugar.
Las vidas sin pasión son pasantías con oxígeno. Se debería reprochar a esos que se impostan como seres moderados y templados: al amor, a la amistad, a la lealtad, a los valores de defensa de vida sin atropellos y la lucha por las ideas en las que creemos se pone pasión, toda la pasión, mucha pasión. Ser prescindente de canuto no es buena cosa. Cansan los dobles discursos: moderados por afuera y odio furibundo por dentro. Odiar es malo, enquista el alma y genera dimensiones ominosas y pérfidas. No hace bien. (Y se nota al odiador en su rostro.)
No pocas veces me pasó en la vida de tener la garganta anudada por el decir de mis mayores. Esa garganta que quita el aire cuando uno oye y observa lo que quiere oír y otro lo verbalizaba. Gol. En mi país me pasaba con Enrique Tarigo; su forma de comunicar me pegaba en el medio del alma. En Argentina, con Don Ricardo Alfonsín, con quien también lloré bastante cuando hablaba. Son ejemplos de seres que te desacomodaban cuando empezaban a rodar. Magias de algunos humanos. A otros les pasará con otra gente. Que sé yo. Hay ejemplos del presente, pero los evito para que no se me objete; respeto las normas. Son personas que logran pegar en el corazón, nos comunican desde lo emocional, desde la empatía y el reconocimiento que conectan. No sé cómo lo hacen, pero lo hacen, y qué lindo es eso cuando se nos pianta un lagrimón por algo que nos sacude. Más aún los resilientes como yo, que estamos con la guardia alta, por eso la piña de abajo nos noquea y nos hace bien. Es bueno que nos duela el dolor, no el selectivo, el dolor puro. Si seleccionamos no nos duele el dolor, nos duele una emoción egocéntrica.
En el mundo supe también llorar con Winston Churchill en su famoso discurso de resistencia. A veces lo oigo para tomar valor ante las nimiedades que tengo que sortear en mi pequeña vida. Y por cierto, alucino con Martin Luther King y su aventura onírica. Todo esto viene a cuento porque los seres pasionales estamos devaluados, parecemos de otra época. Sorry, no nos pueden desterrar.
Me resisto a entregarme. Voy a seguir pataleando hasta que me pongan en el ataúd, y capaz que vuelo de una patada la tapa del cajón —cuando me introduzcan muerto— y gritaré como la abuela de una querida amiga, que estaba agonizando y vociferaba en medio del hospital: ¡Viva la libertad!
Estoy seguro de que mis amigos se reirán de estas líneas, pero, créanme no es la intención: la verdadera intención es saber que uno tiene que ser lo que es, siempre, y decir lo que siente, siempre hay que optar, no existe el neutral. Ese es un traidor. Le guste al que le guste. Hay un solo pasaje por esta tierra y si una anda evitando liberar amarras se puede quedar con la duda de no haber sino uno mismo. Tampoco se trata de tomarse un bondi y enojarse con el conductor; hablo de los temas serios y de los que importan. Y si a alguno no le gusta: dos platos de lentejas. Son riquísimas.