Opinión | Nunca más en su perra vida

Un reencuentro, décadas después, de un hombre y una mujer que en su juventud mantuvieron una atracción nunca confesada ni concretada, marcada por miradas furtivas y convenciones sociales.

Washington Abdala
Foto: Archivo

Sintió que no se lo podía decir por respeto y educación. Pero él no lo vivía así. Cada maldito domingo, cada mirada que se cruzaba era el infierno. Solo eran flasheos, un voraz cruzamiento de ojos que se espadeaban, micronésimas de segundos en el único lugar donde era un pecado semejante acción, pero no podía frenar el impulso. Y es curioso, ese era el único sentido que tenían los domingos en aquel tiempo. Sí, era un momento ultrajante para quien se decía creer tanto. ¿Por qué ella lo miraba de esa forma criminal? ¿Cómo era que lograba dinamitarle el cerebro?

Cuando pudieron hablar, en una calle del barrio, con el pasar de algunos años, -y siempre mirándose cada domingo como un ritual-, apenas nació un saludo, dubitativo, bobo, casi humillante por la mesura que ambos se dispensaron. Una nada cargada de miedos y más nadas. Los dos, quizás, comprendían lo que estaba pasando, pero nadie movía una pieza para no descarrilar. La inercia burguesa, el temor al “qué dirán”, el pánico a ser parias entre los suyos los detenía mientras el fuego interno lo incendiaba todo. Claro, ambos con sus parejas, en medio de aquella aldea que todo lo sabía, ambos en una cárcel.

El tema es que aquellas miradas asesinas de varias décadas atrás, ahora con las vidas estructuradas, armadas, vencidas, plenas, asumidas o como las quieran llamar, se encontraron hace un mes y por razones del azar pudieron conversar. Él la tuvo que recoger en algún lugar de Roma. Pura casualidad, pero fue así. Todo sonaba absurdo, pero juro que es verdad. Ella, ya una mujer hecha y derecha, trabaja en una organización internacional y él representa una firma de América del Sur que vende corned beef. Las vidas habían jugados sus cartas y producían un encuentro inverosímil fuera de las hojas de ruta.

En la Plaza del Popolo cada uno pidió un ristretto. Era un juego de frivolidades y de inercias por el que estuvieron quemando minutos y recordando el pasado de forma jacarandosa, llena de “graciosos” recuerdos de amigos en años juveniles. Iban pasando las horas y los dos jugaban a que nunca había acontecido nada. ¿El pasado habría sido una confusión? ¿Un sueño entonces? ¿Qué miércoles había sucedido? Por un momento pensó que era solo él quien había vivido aquella película delirante en su mente, pero mientras hablaba nimiedades, la miraba y pensaba que no, que no podía haber sido así, que tan idiota no podía ser. En medio de las irrelevancias que se decían, se detuvo, respiró hondo y le espetó, sin vergüenza, jugado, como sacándose una espina maldita de toda la vida: “¿Porqué nunca me dijiste nada? Vos sabías que me gustabas. Te miré hasta el cansancio infinito.” Ella apenas parpadeó. Sonrió de forma sutil.

Era la misma de siempre; levitaba sobre la vida y parecía transportar su cuerpo sacándole su peso. El tiempo se detuvo unos segundos. Él pensó que debió haber sido su mente psicótica: “Enloquecí y ahora va a creer, además, que soy un perfecto imbécil a esta altura de mi vida”. Y, allí, ella le dijo: “No insististe demasiado, nunca te animaste a dar el salto, por chiquito que fuera. Vos tenías la jugada en la mano y nunca hiciste nada de nada. Era tu época; mandaban ustedes”. Sonrió de vuelta y lo miró como si nada y rápidamente observó a un carabiniere que corría a un chiquilín. La conversación giró sobre el trabajo de ella. Roma siempre tuvo un tránsito insoportable. Ese día no se le olvidará nunca más en su perra vida.

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