No sé cuándo empecé a llevar a mis hijos a los cementerios. Me parecía atinado que conocieran esos lugares, el verde, los pájaros, los mármoles y la vida que no está pero que merodea en sus recuerdos.
Un día, lo tengo bien presente, fue un viernes, los llevé a los dos, a Sofía y a Iván siendo pequeños a visitar el cementerio inglés. Les dije que íbamos a hacer un paseo y que luego les compraría una hamburguesa. La hamburguesa funcionó como seducción. No entendían qué era cabalmente eso del “cementerio”, tendrían 11 y 7 años, no más.
Llegamos, eran las cuatro de la tarde de una jornada soleada de invierno. El sol de esa estación siempre es digno, nunca potente, quiere y no puede, y tiene algo de decencia sin alcanzarla a pleno. Me senté en algún lugar mientras ellos empezaron a corretear. De manera sutil, les conté algo de quienes allí moraban. No les dije todo de su estado. Pensé que no era necesario. Fue una linda tarde, luego la hamburguesa suavizó el momento. Y salimos de aquella dimensión.
Al llegar a mi casa, busqué la oportunidad para contárselo a mi esposa, lo del paseíto. Obtuve la reacción lógica, aunque logré explicar mi idea. Creo.
El tema quedó por allí.
Pasaron algunos meses y repetí la escena, pero en el cementerio del Buceo. Ingresé, ahora con más prudencia porque el lugar así lo impone. El día era límpido, aún mejor que aquel viernes de invierno porque la primavera estaba a pleno con su vibrante temperamento, pero esa tarde había poco viento y la luminosidad era potente. Mis hijos empezaron caminando con cuidado por allí. Tengo familiares en esas tumbas, nunca le dije nada a los pequeños, qué necesidad de intimidarlos, pero los vi andar entre las palmeras de manera sigilosa y correr hacia el mar. Es algo familiar eso de buscar el mar. Al verlos a ellos comprendí que no solo yo tenía esa necesidad. Curioso hallazgo en insólito lugar.
Una vez finalizado ese raro instante producido, supe que me tenía que retirar de manera elegante. Y no hubo hamburguesa en esa oportunidad. No se quejaron. Ya algo entendían.
Me he pasado la vida visitando cementerios. Me cuentan cosas, me explican algo de la identidad de las personas, de sus vidas, porque lo que vivieron es lo más importante, lo de existir digo, lo de luego, no lo comprendo y pienso -con respeto lo afirmo- que quienes dicen entenderlo solo poseen una idea al respecto. Linda, pero idea. Pero vaya a saber quién tiene razón.
Hoy, mis hijos son mayores los dos, no adultos, solo jóvenes mayores de edad, y me recordaron el tema de los “paseítos” varios. Y de otros cementerios que ya ni recordaba que los había llevado. Me hablaron sin demasiada estridencia. De alguna forma, quizás, incorporaron lo que quise que entendieran. O lo quiero creer así. Ahora, ya no voy más a cementerios sin afectación y sin dolor. Es que cambiaron mis parámetros y al sentirme en retaguardia la cosa es distinta.
Los cementerios que conocí ya están en mi mente. Los tengo ubicados como lugares sacros, como pueblos de personas que de noche conversan, que se cuentan sus historias de antes y que se hacen nuevos amigos ahora. Esa es mi película de lo que pasa allí por las noches. Por eso, cuando voy debajo de la luna por la calle Rivera y tengo que atravesar por el frente de ambos cementerios ya no miro para la izquierda.
Y no es miedo, es solo que un asunto es ir de día a un cementerio, y otra muy distinta molestar a las almas que están celebrando su eternidad.