Opinión | Mediocriland, la tierra de Dudorsio

"Mediocriland era, por tradición, un país donde nadie debía destacarse. Las virtudes excesivas despertaban sospecha, las pasiones intensas se consideraban terrajas, y las ideas demasiado claras eran vistas como una forma de arrogancia".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Las crónicas del reino de Mediocriland registran que su decadencia comenzó de manera imperceptible con un fenómeno que en su momento nadie consideró peligroso: la duda sistemática del monarca. El rey -cuyo nombre era Dudorsio Primero- poseía una inclinación natural a la vacilación. No se trataba de prudencia, ni de reflexión filosófica, ni de la cautela propia de un gobernante responsable; era una duda militante, pegajosa y persistente, una especie de neblina mental que lo llevaba a reconsiderar cada pensamiento hasta que se deshacía en la nada más absoluta.

Al principio esto no causó mayor alarma. Mediocriland era, por tradición, un país donde nadie debía destacarse. Las virtudes excesivas despertaban sospecha, las pasiones intensas se consideraban terrajas, y las ideas demasiado claras eran vistas como una forma de arrogancia. En ese contexto, un rey dubitativo no parecía un problema; al contrario, era casi un símbolo nacional de identidad berreta.

Las decisiones de gobierno comenzaron a diluirse. Los decretos reales llegaban con fórmulas redactadas por mequetrefes que trataban de imitar la mentalidad del soberano. Las leyes incluían expresiones como “probablemente”, “en principio”, “salvo que resulte inconveniente”, o “si no aparece una razón habrá que ver”.

Los funcionarios adoptaron rápidamente el mismo estilo mental: una parálisis cognitiva compuesta de confusiones y mareos. Nadie quería parecer excesivamente resuelto, pues la resolución era una forma de distinción, y la distinción estaba mal vista.

Con el tiempo, el fenómeno abandonó la casa de gobierno y penetró la vida cotidiana. Los comerciantes comenzaron a dudar del valor de sus productos. Los artesanos ya no estaban seguros de haber terminado sus obras. Los maestros enseñaban con convicción provisional y dudaban de su sindicato. Los médicos diagnosticaban pareciéndose a tarotistas. En Mediocriland, nadie quería equivocarse, pero tampoco nadie quería tener demasiada razón. El carácter nacional, que ya era gris, se volvió nebuloso.

Así, las decisiones domésticas comenzaron a estirarse. Las personas tardaban horas en elegir un pan, días en aceptar un empleo, semanas en escribir un mail. No era indecisión dramática ni angustiosa; era una indecisión burocrática, lenta, cansada, metódica. No hay dudas: Dudorsio pudrió todo y todos dudaban de todo. (Un país de pelotudos).

La ironía de la situación es que la duda comenzó a reproducirse socialmente con gran eficiencia. Los padres transmitían a sus hijos un estilo mental titiritero hasta la inmovilidad. La educación nacional, fiel al espíritu del país, fomentaba evitar afirmaciones demasiado tajantes. “No la pudras”, “dale suave”, “no te rompas”, “tomáte un mate”, “dejala pasar”, “no es lo tuyo”. Todas delicias de la vida cotidiana de una aldea muerta por no existir.

El propio rey observaba el proceso con satisfacción. En su opinión, el reino parecía funcionar más o menos bien, o al menos no evidentemente mal, lo cual en Mediocriland era considerado un éxito notable. ¡Pobre gente!

El nuevo lema de Mediocriland fue: “Tal vez”. Un diputado propuso ponerlo en el escudo nacional. Por supuesto, no le dieron bola, todos dudaban. Igual impuso la duda. De tanto repetirlo, quedó. Es que la duda tiene ese encanto de no definir nada, pero no pudrirla.

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