Karl Marx y Max Weber están sentados en todas las discusiones políticas contemporáneas aunque la gente no lo sepa. Para Marx, la sociedad no es una comunidad que ocasionalmente entra en conflicto, sino un conflicto que ha aprendido a presentarse como comunidad. El motor de la historia no es el acuerdo después del conflicto, sino el antagonismo entre quienes dominan la producción y quienes trabajan bajo ese dominio. Weber no negó que existieran clases (o explotación), pero se resistió a convertirlos en la llave única de la historia. El poder (o la autoridad) también podía proceder del prestigio, la religión, la organización, el conocimiento técnico o la dominación política.
La oposición decisiva aparece en las ideas sobre política. Marx no descreía de la lucha política: participó en organizaciones, redactó programas y pensó la conquista del poder. Descreía, sí, de que la política institucional pudiera colocarse por encima de las clases. El Estado no era el árbitro del conflicto, sino una de sus armas. La emancipación exigía más que buenos gobernantes: requería transformar las relaciones de propiedad y, finalmente, superar la propia división de clases (teoría; nada funcionó).
Weber -en mi lectura- partía del extremo contrario. La política no desaparecería porque el conflicto social no desaparecería. Siempre habría intereses incompatibles, valores irreconciliables y decisiones que no pueden resolverse “científicamente”. Por eso instaba a la presencia de políticos profesionales: personas capaces de convertir convicciones en decisiones, de negociar con fuerzas adversas y de aceptar responsabilidad por las consecuencias. En La política como vocación, Weber distinguió entre vivir “para” la política y vivir “de” la política. No condenaba lo segundo: una democracia moderna necesitaba dirigentes dedicados profesionalmente a gobernar. El peligro no era la profesión, sino que la política quedara reducida a su patología. (Tenía razón).
Marx es la impaciencia revolucionaria: si el sistema reproduce dominación, administrarlo mejor no basta. Weber representa la paciencia responsable: quien actúa en política debe trabajar con instituciones imperfectas. De allí su célebre contraste entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad (no hay solución perfecta).
Marx quiso descubrir la ley del movimiento capitalista. Weber quiso comprender por qué el capitalismo moderno había producido no solamente riqueza, sino burocracias y una racionalidad capaz de encerrar al individuo en una “jaula” administrativa. Marx esperaba que las contradicciones del capitalismo abrieran el camino hacia otro orden. Weber sospechaba que incluso el socialismo necesitaría más planificación. De Marx surgió la tradición revolucionaria y una parte fundamental de la crítica moderna a la desigualdad. De Weber surgió una sensibilidad liberal y socialdemócrata.
El capitalismo los venció a ambos; nos guste o no. Absorbió buena parte de la crítica marxista, aceptó reformas sociales, incorporó sindicatos y construyó Estados de bienestar; al mismo tiempo, perfeccionó hasta extremos inimaginables la racionalización weberiana.
Seguimos viviendo entre Marx y Weber: entre la revolución y la reforma, entre la denuncia de las estructuras y la responsabilidad de administrar lo posible. Pero lo hacemos dentro de una matriz capitalista que, hasta ahora, ha demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir a sus enemigos, incorporar sus críticas y convertir incluso la rebeldía en mercado.