Por Washington Abdala
Las baldosas de las calles son mis amigas. Son algo especial, su color, su forma de conexión de unas con otras, el hecho de pensar que cubren miles de kilómetros y que por ellas pasan vidas parecidas a las de todos, eso es increíblemente lindo. O pensar que esas mismas baldosas fueron pisadas por alguna celebridad, eso también es curioso. O imaginar que por allí anduvo algún padre o madre en el pasado, quizás con amigos, o cosas así. Las baldosas son testigos del tiempo y están allí mudas.
¿Qué estaría pensando Marcello Mastroianni cuando caminó acá por las baldosas uruguayas y Daniel Lucas lo entrevistaba correteándolo por las veredas? ¿O el General Charles De Gaulle cuando las pisaba por las calles principales de Montevideo ante el aplauso fervoroso de la gente? ¿O el propio George Bush que atónito fue testigo de cómo miles de personas lo vivaban en la rambla montevideana habiendo caminado antes por diversas partes de la capital? Todos pisaron las mismas baldosas que usted y yo pisamos a diario y deben haber pensado cosas, no muy distintas a las suyas o a las mías. ¿Habrá un baño cerca acá? ¿Me comería algo? No sé si tengo ganas de hablar demasiado delante de esta gente. Quizás este tipo es más interesante de lo que aparenta. ¿Como será el asado al que me invitan? Qué lindo mar que hay acá, che. No sé si estoy medio cansado, me dan ganas de mirar el horizonte y no pensar en nada. Cosas así tienen que haber pensado algunos de estos personajes, cosas pedestres como las pensamos todos.
Las baldosas uruguayas han tenido mil variaciones, pero a mí me gustan las grises con cuadraditos y las amarillas con canaletas. Las otras, perdonen, pero no me hacen tan feliz. Es verdad, en la Ciudad Vieja de Montevideo hay unas rojizas, o algo así, me gustan, no es que me arranque las venas por ellas, pero están allí y tienen al aroma del pasado. Tengo la impresión de que buscan rememorar a las grises, son más grandes, pero están bien. Las grises tienen ese qué sé yo que las hace maravillosas.
Me encanta ver el proceso de arena y portland previo a la inserción de las baldosas que se elabora con precisión. Tiene algo de liturgia de otra época semejante asunto, y no es tan sencillo como parece, introducirlas bien, una a una. Requiere de prolijidad y mucho esmero, cualidades que el tiempo contemporáneo no regala y que parece no importarle a nadie. Ver ese proceso tiene algo terapéutico, algo desestresante.
Me hace gracia porque ahora, en los instructivos de instalación de baldosas, se requieren crucetas, líneas, plásticos y una serie de cachivaches que nunca en mi vida vi a los que instalaban baldosas en las calles usar jamás. Las ponían de taco, con ojo presto, con habilidad de miles de horas de vuelo y sin tanto ruido, apenas alguna tirada de una cuerdita para ver si no estaba desnivelado demasiado el asunto y chau Pinela.
Me pasó, de niño que los funcionarios de la OSE por tener algún caño roto te rompían las baldosas y quedaba ese asunto allí horripilante. Me daba una sensación fea tener la vereda así y hasta que no venían a arreglar todo, tenía como una cierta infelicidad. Creo que siempre pensé que una guerra dejaría todo roto, pensaba que las trincheras serían así. Vaya ingenuidad insólita la que elaboraba mi cabeza por aquel entonces pero ese era mi miedo.
Andar en bicicleta Graziella por esas veredas de baldosas grises, recuerdo el ruidito zumbador de la goma de las ruedas al pasar por ellas. Y la gracia era esquivar pozos, levantar la bici en algunos de ellos, saltarlos, y esos pozos serían los mismos que luego servirían para jugar a la bolita, debajo de un árbol o cerca.
Ahora se estilan otros pisos, estéticamente quizás más modernos, más límpidos, más minimalistas, lo sé, lo entiendo, pero me gusta creer que algunas cosas identitarias de siempre estarán para mi toda la vida. Es una manera de creer en la inmortalidad. Supongo es un infantilismo de mi parte. No me preocupa lidiar con eso, no está tan mal.
Las baldosas son parte de nosotros mismos, y nosotros somos parte de las baldosas. Por más que las pisemos, ellas nos aguantarán. Sabélo.