Opinión | ¿La gente está loca y harta?

"No se puede asimilar la racionalidad rápidamente"

Washington Abdala

La gente está muy loca dice siempre un amigo al ver las noticias mundiales. La verdad es que la gente no está muy loca, la gente es así, piensa cosas extremas, hace otras, dice lo contrario, se emociona, luego vuelve, se va, ama, deja de amar, vuelve a amar, odia, se olvida de todo, deja de odiar, se calla, llora y sigue la perinola eterna. La vida cotidiana no tiene manual, no tiene hoja de ruta. Intentamos, pero no es fácil rumbear con GPS. No es posible armar sendas que siempre sean “racionales” porque los humanos no somos siempre racionales. En el fondo, este es el debate eterno: entender la irracionalidad, la emoción -y soportarnos- dentro de ese desorden introducir algo de racionalidad al asunto.

No se puede asimilar la racionalidad rápidamente, repito: no se puede. La mayoría de las historias que vivimos están sentenciadas por lo emocional o por pulsiones (no tengo la palabra para encuadrar esto y no voy a aceptar que ningún psicólogo lo haga con su arsenal argumental). Usted puede saber, por ejemplo, que Picurú es el mejor periodista por racionalidad, por lógica, por método y por estudioso, pero es un aburrimiento y no lo mira nadie. Y usted puede saber que la periodista tal es intuitiva, emotiva, no siempre metódica y sin embargo tiene carisma ante el micrófono y tiene su segmento de gente que la mira. (Es un invento lo que escribí). Por eso el rating, como los votos, no se regalan, solo algunos tienen eso. Entonces aparece el carisma, que lo explicó tan bien Max Weber, y algunos lo tienen y otros no. Y eso sí que es un mecanismo que genera una adhesión irracional, se cruza con todo y logra desentrañar -algo- la trama que vivimos, pero no deja de ser un asunto raro, peculiar y casi milagroso. Casi, porque a veces el anti carisma opera como carisma.

La sociedad posmoderna mundial, además, tiene otro eje irracional (¿será irracional?) que se llama “hartazgo” y eso inocula buena parte del presente. Hay que ser verdaderamente muy socrático para estar dentro del grupo de los racionales, no dormirla, y arrancar cuatro aplausos. La gente se aburre de los aburridos. No gustan, no andan. Por eso los que rompen el hartazgo tienen ventaja inicial, luego, vaya uno a saber si los sigue alguien. O sea, si, son explosivos, emocionales y disruptivos captan la atención no necesariamente la adhesión. ¿Tiene seguro ese tembladeral? ¡Minga! No tiene nada, solo tiene el primer minuto libre, pero si al tercer campanazo, todo es bullicio sin contenido o delirio banal, van al cajón del perejil.

La gente entonces no está loca, es emocional y está harta, no lo dice siempre, pero es así. Y es algo casi global, raro el fenómeno. A veces, lo expresa en una urna y esa es la fotografía democrática soberana. Otras veces, lo dicen -algunos- en las calles y ese alarido tiene un valor parcial, pues se agota en sí mismo en cuanto tal. A veces también, se palpa la ola de sensibilidades cuando la gente (¿quién es la gente?) parece inclinarse por alguna opción.

Hoy los teléfonos móviles, las redes, las apps y la interconexión nos permiten saber que quiere y pide un conglomerado humano en tiempo real. Se viene -con la inteligencia artificial- un tiempo intenso para todos, viviremos cosas que no serán ciertas, otras que lo serán, quizás oiremos lo que “conviene” decir y parte de las narrativas quedarán alteradas por este mundo (antes futurista) que ya está acá. No la tiene fácil quien someta su ser al escrutinio de lo que ya llegó. Gratis no va a ser la movida. Va a doler. Hay que estar con las antenas bien altas.

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