Por Washington Abdala
Cuando Isaac Asimov en el año 1977 escribió Amor Verdadero (un cuento que no lleva más de quince minutos su lectura) nunca imaginó el potencial de programación de las computadoras del presente. Es que la ciencia ficción quedó naif cuando la comparamos con la realidad. Lo que Asimov advierte es que las máquinas pueden ganar alguna movida irracional y no necesariamente de forma leal.
Muchas personas son animales que engañan, que no siempre dicen la verdad, que usan el vericueto y la maniobra para hacerse de la “razón”. No digo que siempre (así no se ofende demasiada gente) pero bastantes veces. ¿Las máquinas que inventamos en la medida que son copias humanas no habrían de hacer algo parecido? Pues no lo sé, esto no está claro, y es en lo único en que me pongo del lado de quienes reclaman cierto “enlentecimiento” en el proceso explosivo de la inteligencia artificial. Pero no va por allí la cosa.
En realidad, no estoy de acuerdo con nada que restrinja la libertad, solo me parece garantista ordenar la cancha. Soy devoto de Montesquieu: la democracia no funcionaría sin poderes separados haciendo el equilibrio entre ellos. Entonces, entiendo que una matriz como la de la inteligencia artificial requiere algún tipo de ordenamiento, de regulación que procure evitar extremos, excesos y abusos. Nada muy genial lo mío, medio cantado.
La máquina puede matar al inventor lo dijo Stephen Hawking no lo manifestó el libro gordo de Petete. No son entonces elucubraciones al viento, hay que ponerle cabeza al asunto. No se trata de prohibir nada, se trata de “normatizar” lo que nos está pasando por arriba como una estrella fugaz.
Soy franco, las empresas que empujan la inteligencia artificial están haciendo un emprendimiento valioso, pero no hacen caridad. Es un buen negocio. Los gobiernos que miran atónitos y los que creen que pueden autorregularse -estos gigantes- pecan de voluntarismo. Nadie se autorregula si cree que descubrió la piedra filosofal. Por eso es obligación de los Estados y de los organismos internacionales introducirse en el asunto con autoridad en base a dictámenes de expertos. No esperar que pase un milagro.
No estoy asustado, estoy preocupado. Si casi no se pudo cooperar entre los países ante una pandemia criminal, si es poco lo que podemos hacer delante de una invasión atroz que está padeciendo Ucrania, no sé, uno tiene derecho a dudar que cualquier día puede irrumpir una mala noticia en materia de inteligencia artificial dado que una máquina se puso medio loca como planteó Asimov (copiando a los humanos le llaman “alucinaciones” cuando las máquinas hacen lo que se les da la gana.)
Yo uso ChatGPT, si le introduzco un buen descriptivo de lo que necesito encuentro información que ayuda a sortear problemas. La testeé con derecho anglosajón -grandes principios- y me sorprendió positivamente. Se equivoca mucho cuando se le piden valoraciones, y acierta muchísimo en asuntos históricos. No está al cien por cien, pero es notorio que lo va a estar. Esta es una revolución con la que lidiar, ni armas, ni fanáticos gritando consignas imbéciles. Hace tiempo que venía volando, ahora mucho más, es un salto cualitativo feroz.
Es un dato que hay que especializar gente en este menester, en inteligencia artificial digo, en plataformas, en como estudiar allí, en como trabajar allí, en cómo usarla para el bien, en cómo evitar el mal adentro de ese bicho. No hay opción. O se meten los más jóvenes allí o vamos a estar en un precipicio. Soy optimista, pero hay que ayudarlos.