Lo que ya no se dice en la cara se arroja, sin anestesia, en las redes sociales. Y queda allí, flotando para siempre, como basura digital a disposición de cualquiera. Se defeca hacia la eternidad. La gente se conoce por apps de citas, se insulta en grupos de WhatsApp y descarga su odio en Twitter. Si alguien hubiese imaginado hace 20 años esta distopía cotidiana, lo habrían acusado de exagerado. Y, sin embargo, aquí estamos: en una época donde incluso la cancelación de los temas —y de las personas— se vuelve rutina. ¡No le digas “gallego” al gallego que ahora la hija se enoja! ¿Banco que me digan “turco”?
La semana pasada di una charla por Zoom en una universidad del exterior. En la pantalla tenía un mosaico de estudiantes de varios lados del planeta. La mitad estaba en Marte, absortos en sus teléfonos. Les pedí que los dejaran a un lado. Lo dije con cuidado, como quien pisa un campo minado. Y el campo minado explotó. Entramos de inmediato en una discusión sobre los derechos del alumno. Me tiraban bombas como desde un F-16, por decirlo con elegancia. El simple pedido generó un debate sobre si mi planteo era “pertinente”. Uno de ellos me dijo, con seguridad jurídica: “Profesor, un pedido suyo es una orden”. Le respondí que no. Que no era un imperativo kantiano, que era un pedido. Que necesitaba que estuvieran concentrados porque, de lo contrario, la clase se convertía en una conferencia magistral, un embole, y yo no doy clases así. Necesito bidireccionalidad. Discusión. Choque de ideas. Y eso es imposible si alguien está mirando notificaciones. Ahí se encendió el debate de verdad. Curiosamente, sin que volviera a decir nada, los teléfonos empezaron a desaparecer. Durante dos horas me corrieron a palos mientras yo me defendía con gusto. De un lateral insólito salió flor de clase. La conclusión es incómoda: todos tenían algo de razón.
Es cierto que los teléfonos distraen. Es cierto también que quienes enseñamos debemos cambiar nuestros códigos comunicacionales. Pero hay un límite obvio. No se puede dar clase mientras alguien intercambia fotos con su pareja o mira un tutorial en YouTube.
Los estudios sobre la concentración son inquietantes. La gente se dispersa más. Lee menos. Mira más. Atiende menos. Se concentra peor. Es el efecto de las horas de vida en pantalla. Las cifras son descomunales. Las vidas están siendo lentamente abducidas por los teléfonos. La locura empieza a parecer normal. Y lo normal no es normal: altera emociones, produce cambios de ánimo, depresión y mucha alienación. ¿O me equivoco?
A veces me descubro discutiendo con ChatGPT como si fuera una persona. Le reprocho su alcahuetería, le pido que no me diga lo que quiero oír, que si no sabe algo lo admita y no me maree. Si no fuera porque alguno de mis hijos ve la escena, tal vez ni advertiría lo absurdo de la situación. Mi hija, por ejemplo, también discute con la máquina. Y, curiosamente, eso me tranquiliza: al menos no estoy solo en esta forma de alienación.
Sabemos que son máquinas y, sin embargo, ya discutimos con ellas como si estuvieran a medio camino de ser humanas. ¿Queremos que lo sean? Carl Jung habría dicho que hay un deseo inconsciente de humanizarlas, de que nos comprendan. Porque, si no, no estaríamos en este delirio. Me temo que todo esto ya empezó y que nadie tiene idea de cómo sigue. En fin, es lo que hay.
Voy a preguntarle al Chat cómo sigue la cosa; debe tener alguna hipótesis con mi sesgo para que me deje tranquilo. Ray Bradbury e Isaac Asimov nunca imaginaron esta ansiedad. Y eso que vieron casi todo.