Calor loco. Unos gurises en el Parque Batlle integraban una barra: el Espi, el Negro, el Pica, Julito, el Coco, el Turco, Robertito, el Álvarez chico “Steve” y algunos más que no recuerdo. A algún tarado se le ocurrió que el calor no se bancaba más y que había que ir a la piscina de Arturo, la única del barrio, allí por Prudencio de Peña (me parece que el Pica no estaba).
Arturo, un veterano raro con un padre alemán ya mayor, vivía allí. Tenía un perro llamado Fox, que paseaba para ganarme unos pesos. Por su casa, junto a la piscina, siempre había chiquilines del barrio revoloteando por allí.
La cuestión es que, ese día de enero, sabíamos que Arturo estaba en el este y nosotros estábamos en la Asociación Cristiana Femenina, jugando al fútbol, al tenis, al básquet, a lo que fuera, pero con un calor alienante. Locos. Sin oxígeno, es decir poco. Esas tardes de verano en que el tiempo no tiene tiempo. Nos fuimos a la casa del Espi (por donde está el Sanatorio Americano) a conspirar. Allí hacíamos murito. Todo el día boludeando, con una pelota, armando partidos de lo que fuera, o juntándonos para comer una pizza en Palmiro. O nada. Muy 25 Watts.
Ese día de calor a uno se le ocurrió dar un golpe barrial y meternos de una en la piscina de Arturo. Si no estaba él, no te dejaban pasar. Tocamos timbre, aparecieron unas viejas que cuidaban la casa -siempre de mal humor-, y les vendimos el cuento de que habíamos llamado a Arturo por teléfono y que nos había dejado tirarnos a la piscina. Avanzamos rapidito para que no pensaran demasiado.
Nos tiramos todos. Fue una bendición ese baño; sentimos que el cuerpo volvía a nacer. Las viejas quedaron picantes -dudaron de la veracidad de la autorización-, pero donde manda capitán no manda marinero.
Nos quedamos en la esquina de Ponce, fresquitos y renovados, bobeando como siempre. Estábamos en la nada misma. Era la época de la dictadura. ¿Podés creer que vinieron dos patrulleros, nos levantaron a prepo y nos metieron en la novena? ¡Viejas buchonas! El asunto se puso intenso en la seccional porque éramos un montón y el lugar era un mugrero. Nos mandaron a unos calabozos con olor a pichí, y con unas damas de “amor pago” que nos gastaban por pendejos crotos. Nosotros gritábamos que éramos “inocentes”. Uno se puso a llorar. Otro cantaba al estilo de Los Náufragos. Algunos le reprochaban al idiota que había instigado el desorden (no cuento quién fue) que todo era culpa suya. Había pibes de 12 años y boludos más grandes, toda la barra del barrio: todos en cana. Confieso que me moría de risa con la situación y no medía la gravedad de lo que podía pasar.
Ese día lo odié a Arturo. ¡Qué vejiga mandar en cana a unos pibes por algo tan berreta! Nosotros íbamos al estadio a ver a Peñarol y a Nacional. Nos pudríamos en el Tabaré con el carnaval, porque lo veíamos tres veces. Y vivíamos metidos en las casas de todos. Unos pibes que se enloquecieron con el calor; no daba para semejante respuesta.
Hoy recuerdo estas cosas pintorescas y parece que no fue mi vida. Con la mayoría de esa barra nos seguimos juntando; tenemos un WhatsApp que no satura. Nos cuidamos. Nos comemos una pizza sin molestarnos demasiado.
No en todas las etapas de la vida esto es así con los amigos. Pero en algunas, la amistad termina en el cajón. Ya les dije -a mi barra- que cuando partan, yo hablo en todos los velorios. Es un seguro que tengo, de pícaro nomás.