Rómulo Feliz decidió veranear en Punta del Este como quien decide tirarse de un trampolín sin saber nadar: con entusiasmo ignorante. Salió de Migues convencido de que el Este uruguayo era una postal democrática, una playa con reposeras inclusivas. A las dos horas de llegar tuvo cierta sensación de pérdida de brújula: el verano no era una estación, era una aduana.
Punta del Este estaba tan abarrotada de porteños, de brasileños, de gringos, de seres provenientes de lugares recónditos que hasta el viento tenía reserva previa. Los precios parecían escritos en otra moneda (en dólar Tolosa). Rómulo preguntó por un hotel económico y lo miraron con una mezcla de pena, desdén y sospecha, como si hubiera pedido fiado en una joyería. Un monoambiente costaba más que su autoestima anual. Igual insistió como senador terco (tipo Andrade que sigue hablando en clave leninista) y como fiel creyente que su merecido descanso alcanzaría un lugar en el mundo.
Pensó entonces en José Ignacio, porque siempre hay alguien que cree que lo exclusivo puede ser hospitalario. Error número dos. Allí todo era minimalista, incluso el desprecio. Las casas parecían no necesitar gente y los chicos que sirven en los restaurantes hablan bajito, no por educación sino para no gastar saliva en cualquiera. Inclusive, más de uno da la sensación de ser más importante que Elon Musk trayendo una crepa. Rómulo se sentó frente al faro y sintió que el paisaje era hermoso. Rómulo vio pasar a Fernando Pereira corriendo bronceado. No entendió el rumor que producía semejante presencia. Creyó que era un primo de Tinelli.
De regreso en Punta del Este, entre turistas sudados, influencers en modo supervivencia y música tecno ocurrió el robo. Un toque, un empujón, un milagro inverso. La billetera desapareció como desaparece la fe: rápido y sin explicación. Rómulo revisó bolsillos que ya sabía vacíos, insultó al aire y se prometió venganzas abstractas. No lo oyó nadie porque el policía más cercano estaba a 10 cuadras mateando con un compañero, hablando de Venezuela y de cómo Maduro parecía Fangio cuando los gringos lo embocaron.
Ahí empezó a enloquecer, pero no de manera poética, sino práctica. Discutió con un cartel de inmobiliaria, le gritó “vende patria” a un yate y sospechó de una gaviota oronda y distante. Pensó que el balneario entero era una estafa bien iluminada. Terminó en la plaza, derrotado pero digno. Compró churros españoles congelados, y los comió con furia. Estaban duros, fríos y completamente ajenos a cualquier tradición. Perfectos en su inmundicia absoluta. Mientras masticaba, observó a la fauna local: niños ricos cansados, adultos aspiracionales borrachos y perros mejor alimentados que él.
Entonces lo entendió todo. Punta del Este no era un lugar para vacacionar: era un recordatorio. José Ignacio, una amenaza. Migues, en cambio, era real. Tenía veredas conocidas, gente que decía buen día y churros sin freezer.
Cuando cayó la tarde, Rómulo se levantó, sacudió las migas de su fracaso y decidió volver a su pueblo. El verano podía quedarse con sus precios obscenos y su mar de catálogo. Él regresaría a Migues con una historia exagerada, una bronca útil y la certeza de que la locura no fue perder la billetera, sino creer que el Este estaba esperando por él. Y aunque usted crea que Rómulo es Rómulo, todos somos un poco Rómulo cuando el verano declina y volvemos para las casas. Todos. Buen verano.