El cinismo en política ya no se presenta con una sonrisa torcida, ni con un habano encendido y vestido de frac. Sería demasiado honesto. Hoy el cinismo viene con certificado ético, vocabulario inclusivo y una convicción inquebrantable de estar derribando conservadores. El nuevo cínico no roba: cree que redistribuye. No impone: vigila autoritariamente. No miente: reformula el relato a su conveniencia. Y, por supuesto, no se equivoca: evoluciona discursivamente. La clave no es la falta de valores, sino su exceso hipertrofiado como un músculo moral tan desarrollado que ya no permite moverse por su adiposidad. Son moralistas radicales los que versionan el nuevo cinismo; la izquierda ideológica quien cree tener el derecho de odiar lo que le parece inconveniente y bendecir lo contrario. El pensamiento progresista dogmático -esa curiosa mezcla de catecismo y manual de autoayuda- se autodefine como la interpretación definitiva del futuro. Ese futuro con mayúscula, cerrado, sellado y explicado en tres consignas y dos hashtags. Todo aquel que disienta no es simplemente alguien que piensa distinto, sino un fósil emocional, una patología social o, peor aún, alguien que “no entiende”, simplemente: un facho de mierda. Porque el dogma moderno no discute: diagnostica y ordena entender el mundo desde su punto de vista.
El progresista dogmático no necesita argumentos; necesita “contexto”, palabra mágica que justifica lo que venga, siempre que la cosa coincida con lo que ya se pensaba antes de analizarla. El contexto es al pensamiento crítico lo que el agua bendita al demonio: se la arroja encima y desaparece entre gritos.
Este modelo mental se autopercibe profundamente humanista, pero su humanismo es curioso: ama a la humanidad en abstracto y detesta —cordialmente— a los humanos concretos. Individuos reales, con contradicciones, deseos incómodos y opiniones propias son un estorbo frente al espléndido maniquí del “sujeto correcto”, esa criatura imaginaria que piensa lo debido, siente lo aprobado y vota lo esperado. Todo lo que no encaje entonces en ese molde es sospechoso.
El cinismo aparece cuando este pensamiento, que se proclama liberador, necesita cada vez más reglas para liberar. Para proteger, te vigila. Para cuidarte, te infantiliza. Para salvarte del autoritarismo, concentra poder. Y todo con un tono paternal que uno casi agradece el encierro.
Este dogmatismo se percibe a sí mismo como lo opuesto al dogma. Se define como “abierto”, “fluido”, “en construcción permanente”, siempre y cuando la construcción termine exactamente donde empezó. Cambian las palabras, no las ideas. Cambian los enemigos, no el mecanismo mental. Así, el progresismo dogmático termina pareciéndose peligrosamente a aquello que dice combatir. El cinismo final es creer que todo esto es inevitable y científico. Que oponerse es ir contra el progreso, como si el progreso fuera una autopista de un solo carril manejada por iluminados gritando “Free Palestine”.
Y, sin embargo, nada hay más humano -y más sano- que reírse de las estúpidas solemnidades impostadas. Reírse del dogma disfrazado de empatía. Reírse del autoritarismo con lenguaje inclusivo pero excluyente. Reírse de la arrogancia de creer que el futuro es propiedad privada de un grupo que confunde convicción con inteligencia. Porque cuando una idea no soporta la risa, suele ser porque ya se ha convertido en religión. Y la política, cuando se vuelve religión, deja de buscar ciudadanos y empieza a coleccionar fieles.