Venía ingresando a Morini corriendo. Apenas miré para adentro vi que estaba lleno. Me dirigí raudo hacia el fondo, pasé al lado de aquel mozo que se peinaba los pelos de manera peculiar (haciendo un firulete para ocultar su calvicie) y me mandé acelerado para no tener que saludar plomos. Cuando me senté, no miré para atrás, no tenía sentido que lo hiciera. Vino entonces Rodrigo, hiper ansioso y se sentó frente a mí. Era la zona de la madera clara, se veía el mar desde allí. El Chito Tomé saludaba a todo el mundo (qué grande el Chito). A lo lejos, la gente de la cooperativa (que ya era un banco) cazando clientes. A pocos metros, el del transporte comiendo siempre con alguien en sus movidas. El senador Benavídez y su secretaria. Lo de siempre.
Rodrigo me mira y pone cara rara. Bajo la voz, lo miro fijo, balanceo mi cuerpo hacia adelante para hablar como en secreto y le digo ‘¿qué pasa?’ Abre los ojos gigantes y me dice: “Atrás tuyo está el que asesinó a Rubiales”. Me congelo.
Ese caso lo veníamos llevando en el estudio desde hacía seis años y no podíamos embocar a ese sátrapa. Nunca estaba en el país. El tipo -en esa época- tenía un abogado turbulento que se movía como gato entre la leña y hundía todo lo que fueran intentos de hacer justicia. Penoso, pero era así.
Lo miro con cara de pánico y le susurro: “¿No nos vio?” Y Rodrigo me dice: “No tiene idea de quiénes somos”.
Ese fue el día que no comimos nada, solo oímos lo que conversó el asesino de Rubiales con un polaco que hablaba mal el español. Esa conversación iba y venía. Todos negocios oscuros. En un momento surgió un nombre (no lo voy a decir) y era una pista y testigo que cerraba el asesinato de Rubiales. Lo anotamos; en realidad anotamos casi todo lo sustancial de esa conversación, desesperados por encontrar pruebas para hacer justicia. Cuando el mozo se arrimaba, le mostrábamos algo del menú con una seña y le hacíamos el gesto de la enfermera pidiendo silencio en un hospital. Debe haber creído que estábamos locos. Morini a las dos y media se empezaba a vaciar. Le dije a Rodrigo que se fuera, que saliera urgente con el rostro mirando hacia la pared para no ser reconocido, por las dudas.
Me quedé, anoté tres datos más en mi libreta negra y salí corriendo al estudio para redactar otro escrito con esa prueba nueva. Era una época oscura del derecho penal, todo por escrito.
Cuando terminé supe que lo tenía, supe que lo iba a mandar preso y que el caso se cerraría con justicia. Los datos cerraban porque se probaban contactos que se negaban, eran una prueba concreta, además con lugares y días de encuentros. Lo tenía, sabía que lo tenía.
Ese fin de semana me fui para Buenos Aires y me tomé el Buquebus. Cuando miro mi asiento, no puedo creer, veo de vuelta al asesino de Rubiales con una novia. Otra vez el azar.
En la conversación que era de cotorritas enamoradas siento que le dice: “Te va a gustar mi casa en Europa (no le dijo la ciudad), vas a ver que es un lugar bonito con montañas de nieve detrás”. Y así siguieron mientras se besaban.
Cuando me bajé del Buquebus, me fui corriendo al hotel y llamé desesperado por teléfono a Rodrigo (no había celulares en esa época): “Se fue para Europa el asesino de Rubiales no creo que vuelva más. Lo perdimos”, le dije. Y Rodrigo, que era sensato, me contestó algo que me ubicó en situación: “Mejor che, ese tipo lleva tres muertos, si lo agarrábamos capaz que nos mataba, mejor, traéme alfajores de chocolate de los que me gustan”.