Es la era de la autenticidad radical, donde uno puede vestirse como se le cante y pagar (sin alegría) varios cientos de pesos por un café con “notas de chocolate amargo”. También se ha puesto de moda algo mucho más sutil, pero igual de penetrante: el olor humano. Esa fragancia intensa que dice “hace tres días que me abrazo a mí mismo sin tocar el agua de la canilla”. Advierto la irrupción de una cultura de poco baño, che. No entiendo como llegamos a este punto parisino, pero es un dato picante de la realidad. Y ojo, no es descuido. Es ideología. “Yo no uso desodorante porque soy natural”, te dicen simplemente como si su axila rebelde fuera un manifiesto político. El problema es que uno no votó para estar en el referéndum olfativo de nadie.
En la misma línea encontramos al aliento matinal sin franjas horarias. Una bocanada de sinceridad bucal a las 3 de la tarde que te deja la cara como si te hubieran leído un poema de Bukowski al oído después de comerse una milanga con ajo. Porque, claro, en tiempos donde todo debe ser “real”, también la halitosis se ha convertido en un gesto de honestidad brutal. “No me lavo los dientes porque es parte de mi proceso de deconstrucción.” Señor, su proceso huele a cloaca y duele como una trompada en la ñata.
Pero si el olor se impone, el tiempo directamente se disuelve. La impuntualidad moderna no es falta de respeto, es “gestión flexible de los tiempos personales”. Vos llegás a las 6, la otra persona a las 7, y encima te mira como si fueras un viejo reaccionario por no fluir con el presente. “Perdón, llegué cuando sentí que era el momento.” Claro, mi reloj biológico te agradece. A veces pienso que la gente ya no llega tarde: llega artísticamente tarde. Es una performance. Y no se te ocurra criticarlo porque terminas siendo agresivo y con denuncia penal.
Y si de performance hablamos, no puede faltar el “tuteo” universal, ese avance lingüístico que elimina cualquier formalidad como quien elimina el gluten. El mozo te tutea, el médico te tutea, el cajero del banco. “¿Tenes la cédula por allí, campeón?”, te pregunta, como si en vez de pagar un resumen del banco estuvieras por entrar en un picado de fútbol barrial. La distancia social, esa barrera mínima entre el desconocido y uno, ha sido abolida en nombre de una familiaridad invasiva. Ya no somos personas: somos “amigues en potencia”. (¡Por favor!)
Por supuesto, todo esto viene acompañado con citas de poetas berretas o frases en Instagram como “sé vos mismx”, aunque eso obligue a arruinarle el día a alguien, y se asuma una devoción inquebrantable por la autenticidad, incluso si eso implica que tu colectivo entero se intoxique con tu almuerzo keto que llevaste en un tupper de tu mamá.
Lo moderno tiene esa extraña habilidad de disfrazarse de avance cuando en realidad es alienación con Wi-Fi. Y en ese proceso, lo que era cortesía mínima (bañarse, llegar a tiempo, no invadir espacios personales con saliva o frases como “te ves cansado”) se vuelve una opresión. Porque la verdadera libertad, al parecer, es ser insoportable sin culpa.
Así que la próxima vez que alguien huela como si hubiera dormido en una bolsa de dormir olvidada en una carpa de la semana criolla, que llegue 45 minutos tarde diciendo “yo soy así”, o que te diga “che, flaco” mientras te hace una endodoncia, recordá: no es un maleducado, es un moderno. Y los modernos, ya lo sabemos, vinieron a salvarnos de nosotros mismos. No chille, no se incomode, no ponga mala cara, no sea violento, diga que está más feliz que nunca y que Leibniz lo pronosticó todo. Es más barato.