"No queremos más príncipes; queremos patrimonio”. Carolina Sur dispara la frase con la naturalidad de quien la ha repetido muchas veces. No busca provocar: resume la idea que atraviesa sus libros, sus talleres, sus retiros y los videos que publica para miles de seguidoras en sus redes sociales. Durante años, dice, a las mujeres se les enseñó a trabajar, administrar la casa e incluso sostener económicamente a la familia, pero no necesariamente a construir riqueza propia. Ella quiere cambiar esa conversación.
Lo hace con un lenguaje alejado de la jerga financiera. Habla menos de productos y activos que de identidad, hábitos e independencia. Su primer libro, De gastadora a inversora, va por su decimotercera edición y también se publica en Argentina. El segundo, Qué bien te queda la independencia, nació, explica, porque muchas lectoras ya no necesitaban aprender qué era una inversión, sino empezar a verse a sí mismas como inversoras. “Hacemos todo lo que tenemos que hacer e igual seguimos sintiéndonos chiquitas con respecto a la plata. Hay que decirles a nuestras hijas y decirnos a nosotras mismas: ‘No estoy trabajando para mis gustitos; estoy trabajando para generar patrimonio, para generar libertad, para generar independencia’”, afirma.
Ahora prepara la segunda edición de un retiro para mujeres que el año pasado agotó los cupos y reunió a más de un centenar de participantes. Libros, talleres, redes sociales y retiros responden a una misma misión que repite varias veces durante la conversación con Domingo: “Que más gente se amigue o entienda sus finanzas”. Para ella, el desafío nunca fue hacer más compleja la educación financiera, sino exactamente lo contrario: demostrar que “es algo fácil, pero siempre se nos dijo en difícil”.
Del príncipe al patrimonio.
El diagnóstico que hace no apunta a una falta de capacidad, sino a una falta de identificación. Durante décadas, sostiene, la educación financiera habló en masculino. “Nadie nunca nos habló a nosotras, nadie entendió nuestros procesos. Los libros de plata le hablaban a los hombres; vos te podías adaptar, como te adaptaste a todo, pero no te ibas a identificar”, dice. Para ella, esa identificación explica buena parte del fenómeno editorial de De gastadora a inversora.
Aunque considera que las nuevas generaciones ya rompieron con el modelo de la mujer que depende económicamente de su pareja, cree que persisten inercias más sutiles. Esa inseguridad, dice, aparece incluso en mujeres exitosas. “Llegan mujeres que la rompen en sus trabajos, son súper ejecutoras, pero para hablar de plata me traen al marido. No se sienten todavía seguras con ese tema y creo que simplemente fue porque nadie nos lo enseñó”.
Si hay una batalla que la creadora de @holasoycarouy libra con insistencia es contra el silencio. Le sorprende que, en una época en la que casi todo se comparte, el dinero siga siendo un asunto privado. “Nos ponemos casi desnudas en redes sociales y ChatGPT sabe todo de nuestra vida y no sabés cuánto gana tu mejor amiga”, dice entre risas. Para ella, esa reserva no protege a las personas: las perjudica. Saber cuánto gana alguien con una formación o un trabajo similar, sostiene, permite negociar mejor un salario, tomar decisiones profesionales y dejar de construir expectativas basadas en las apariencias. “Vemos cuánto gasta la gente, pero no cuánto gana”, resume.
Para Sur, todos esos mitos terminan desembocando en un mismo lugar: la culpa. Si una mujer con dinero todavía genera sospechas y hablar de plata sigue siendo un tabú, reconocer un problema financiero resulta todavía más difícil. Por eso insiste en cambiar también el lenguaje con el que se nombran las deudas. “Vos no sos deudora; vos estás endeudada”, repite. La diferencia, insiste, no es menor. “No es un rasgo de tu personalidad, es una situación”. Hablar de dinero, asegura, tiene un efecto parecido al de compartir cualquier otra dificultad: deja de ser un problema individual para convertirse en algo que puede resolverse con ayuda.
Al mismo tiempo, desarmar los prejuicios en torno al dinero implica dejar de verlo como un fin en sí mismo. “El propósito necesita presupuesto”, apunta. La frase resume otra de sus convicciones: los proyectos, por más nobles que sean, necesitan un respaldo económico para hacerse realidad. Ella misma lo comprobó cuando decidió dedicarse a la educación financiera. Sin recursos, dice, no habría podido contratar a alguien para manejar las redes sociales, recorrer el país presentando sus libros ni sostener a su familia mientras el proyecto empezaba a dar frutos.
Por eso rechaza la idea de que desear ganar dinero sea sinónimo de superficialidad. “Yo quiero tener mucha plata, no para tener joyas o carteras”, dice. Su aspiración es otra: poder ayudar a quienes la rodean. “Si mi amiga se divorcia, decirle: ‘Tranqui, tenemos casa’. Si se tiene que operar y no tiene la plata, decirle: ‘Tranqui, yo te giro’”. Está convencida de que el dinero amplía las posibilidades de actuar. “Decidí que quiero tener plata porque me parece que está bueno que la gente como yo tenga plata”. Es decir, que el dinero sea una herramienta para vivir y decidir con mayor libertad.
Empobrecidas no.
Para la economista, uno de los mayores errores es creer que existe una única forma de relacionarse con el dinero. “Hay gente que puede creer que la plata es seguridad y otra gente puede creer que la plata es libertad”, explica. Por eso, más que buscar red flags financieras en una pareja, en la familia o en amigos, propone entender qué significado le da cada uno.
Recuerda el primer viaje con quien entonces era su novio y hoy es su esposo. Ella quería tomar un taxi para llegar antes a la playa; él prefería tomar un ómnibus, aunque después pedía el trago más caro de la carta. “Ahí me di cuenta que mi concepto de plata era resolver y su concepto de plata era disfrutar”.
La experiencia terminó de convencerla de que las diferencias en torno al dinero no se resuelven buscando quién tiene razón. “Lo más sano es saber que no hay una verdad absoluta. Hacés lo que mamaste de tu casa”.
Si le tocara ocupar durante un día el cargo del ministro de Economía, tomaría una medida simbólica: abrir una cuenta de inversión a cada recién nacido. “Que el día que nazcan se hagan la cédula y una cuenta de inversión”, propone. La medida, aclara, debería ir acompañada de educación financiera desde la escuela. La idea es que crezcan familiarizados con el ahorro y la inversión y evitar que lleguen a adultos sin tener una relación sana con el dinero.
Cuando imagina a las mujeres que la siguen dentro de 10 años, no habla de fortunas extraordinarias. Habla de independencia. Está convencida de que llegará un momento en que ganar y administrar el dinero dejará de verse como una rareza femenina y pasará a ser algo obvio. “Estamos en una revolución silenciosa que va a cambiar el mundo y que va a hacer que muchas más nos sintamos empoderadas y enriquecidas. Empoderadas sí, empobrecidas no”.