El perfume que a mí más me conmueve, hasta el día de hoy, es el olor a pasto cortado... Es impresionante... Me genera nostalgia. Y la nostalgia es también el territorio de cosas que se han perdido...". Gerardo Caetano parece respirar más lento al exhalar estas frases. Por primera vez en dos horas de charla, el tiempo entre las palabras se alarga, la ferviente pasión con la que habla de su oficio descansa y, durante un momento inasequible, su mirada delata que quedó enganchado en la recordación.
El olor a pasto cortado es su "magdalena de Proust", ese célebre pasaje de En busca del tiempo perdido que se volvió un símbolo del poder evocador de los sentidos. En su autobiografía, el sabor y aroma de una magdalena transportan instantáneamente a Marcel Proust al hogar materno, a su infancia y al inicio del relato de su vida, así como el olor a pasto cortado traslada a Gerardo Caetano... a la cancha de Defensor.
Para muchos es sabido. Pero otros tantos, tal vez la mayoría, desconocen el pasado deportivo de este historiador, analista político y uno de los más reconocidos intelectuales uruguayos de la actualidad. De hecho, en una casa muy poco afecta al fútbol, Caetano se volvió hincha casi por vocación. Ni de Roberto, el papá administrativo de la Fuerza Aérea, ni de María, la mamá inspectora del hospital Piñeyro del Campo, heredó su pasión por el juego más popular del país. Ni siquiera sus tres hermanos varones lo acompañaron en esa entusiasta arremetida, a pesar de que la familia creció en La Blanqueada, un barrio harto futbolero, albergue de la sede de Nacional y vecino del Estadio Centenario, patrimonio del fútbol mundial al que Caetano visitó por primera vez recién a los 14 años.
Pero sus ganas se abrieron paso. De hincha del Peñarol de los `60 pasó a jugador de clubes de baby fútbol, hasta calzarse la violeta en 1973, donde permaneció por casi una década y jugó en Primera División. Incluso participó en una selección juvenil que fue campeona sudamericana en Venezuela.
Corrían los años `70. La adolescencia, una etapa conflictiva por definición, sumó en su caso escollos demasiado crueles. A la pérdida de libertad que significó la dictadura, Caetano sumó pérdidas más íntimas. Tenía 13 años cuando, en 1972, murió su padre, 16 cuando falleció madre y 18 cuando murió también su hermano mayor, quien entonces estaba exiliado en Francia. Otro hermano se fue a vivir al interior. Fueron así dos los que quedaron en el hogar paterno, bajo la supervisión de una tía que fue como una segunda madre. En ese contexto, Defensor se convirtió en "un oasis", define el historiador. Y sonríe al ilustrar: "Como diría Wilson Ferreira, una especie de comunidad espiritual". Por eso, aunque el fútbol le brindó un cálido refugio y enseñanzas que exceden lo deportivo para cruzar incluso al campo de la investigación social -el otro oasis de Caetano-, su recuerdo resulta a veces demasiado removedor. Tanto que incluso hoy, con 54 años, tres décadas después de haber colgado los botines, le cuesta ir a la cancha sin sentirse abrumado por la carga emotiva, sin que el olor a pasto invada la memoria con sensaciones mezcladas. "Con el pasado... hay que administrar el vínculo", desliza aún engarzado a sus remembranzas el hombre que, no obstante, dedica la mayor parte de las horas de su vida a la investigación de, justamente, lo pasado.
En sus últimos años José Pedro Barrán reconoció que dedicarse a la Historia equivalía, a veces, a investigar la propia historia, la personal. Caetano coincide con quien fue su maestro y amigo. "Más allá de las reglas, siempre hay algo autobiográfico en la práctica del oficio. Aunque la memoria no es la historia: la memoria es mágica; la historia es racional, o intenta serlo".
DIVERSIDAD & COHERENCIA. Al abrir las puertas de su casa para Domingo, Caetano pide disculpas por "el desorden" y explica que acaba de mudarse. Pero es difícil encontrar algo fuera de lugar en ese antiguo apartamento del Parque Rodó, que de a ratos comparte también con sus dos hijos, Federico (26) y Santiago (23), y su actual compañera, la escritora Claudia Amengual.
El espacio es amplio y cálido como su dueño. Jazmín, una gata en dos colores, maúlla la bienvenida mientras el historiador, sonriente y afable, se acomoda en un sillón frente a una de las bibliotecas de la casa. De allí toma una añosa edición de Tabaré, de Zorrilla de San Martín, y la abre para mostrar la característica que aúna a los textos que pasaron por las manos de su padre: entre las páginas amarillentas, aparecen hojas de árbol que alguna vez fueron verdes y que oficiaron de marcadores. "Es lo que más me gusta, sentir que mi padre ponía esto... Zorrilla es ilegible desde la literatura que hoy me gusta, pero te puedo asegurar que, para mí, esto tiene algo de cosa sagrada", sostiene mientras acaricia las páginas con delicadeza.
Su hogar de la infancia no habrá catalizado su pasión por el fútbol, pero sí azuzó su interés por la lectura. Hasta hoy tiene la costumbre de leer cierta cantidad de tiempo cada día; si no lo hace, es como si no se lavara los dientes, grafica. En el seno familiar surgió también su pasión por la historia y la política. "Mi casa era una especie de pequeña universidad. Creo que a veces las casas son eso. De muy chico aprendí, en una época muy intolerante, la tolerancia respecto a ideas muy distintas".
Su padre era batllista, su madre tenía un origen blanco pero devenida en demócrata cristiana cuando en el `62 se fundó el PDC, y sus hermanos se volcaron a la izquierda radical. La mesa familiar era entonces un interesante muestrario del abanico político uruguayo. Así atestiguaba discusiones de personas que, queriéndose mucho, debatían fervientemente. Ese legado lo marcó a fuego. De la misma manera que la dictadura, que le dejó la afirmación de valores innegociables, como "la libertad, el pluralismo, la no violencia, saber que el combate de las ideas no nos puede apartar de terrenos inequívocamente comunes, la democracia como el pacto fundamental".
La curiosidad por la política y la historia llevó a que en su juventud sus compañeros futbolistas lo bautizaran "El loco"; después de todo, ¿qué cuerdo se aparecería en la concentración cargado de libros y se encerraría a estudiar? Él sabía que eran dos mundos irreconciliables si se vivían con la misma pasión, y que tarde o temprano decantaría por la investigación social. Nunca pensó que el deporte lo ayudaría en esa área. Pero hoy asegura que "hay tips de la política" que aprendió gracias al fútbol.
¿Qué, por ejemplo? La administración del poder, dice. "Un director técnico tiene mucho poder sobre un plantel. Pero en la forma en que ejercita su poder puede estar la base de su triunfo o la base de su derrota. Y por otra parte, a pesar de que al técnico lo nombran los dirigentes, tiene que ganarse a los futbolistas; tiene que establecer con ellos una suerte de pacto tácito, o expreso, donde hay límites y complicidades. El técnico tiene un circuito, gente que lo rodea, y puede caer en un vicio, que generalmente termina en la ruina, que es rodearse de gente que le dice que sí, gente que le devuelve lo que él quiere escuchar. La política a veces es un calco, ¡un calco!". Por eso, dice, su vida ha sido "diversa, pero no contradictoria".
Gracias al fútbol conoció gente cautivante y dispar: Luis Cubilla, Pablo Forlán, José Ricardo de León. Hasta le tocó ser marcado por Francisco Casal, cuando éste, lejos del empresario en que mutaría años después, era un "pésimo" lateral izquierdo. Suerte para Caetano, que formaba parte del equipo aspirante a ingresar a Defensor y, como puntero derecho, se las ganó todas.
Fue también junto al balón que conoció Montevideo en todos sus rincones, de cancha en cancha. "Eso es maravilloso porque la vida cada vez nos lleva más, en esta sociedad fragmentada, a recorrer pequeños circuitos de la ciudad. A veces subo al Cerro, miro la ciudad extendida y digo: `Pah, yo me muevo ahí` (en un radio pequeño). ¡Y es tan sano ver el conjunto! Cambia tanto la vida cuando uno incorpora la mirada de un barrio popular, de uno de clase media, de uno que da al mar o de uno que tiene problemas. Alguien que vive en circuitos cerrados, en guetos, y vamos lamentablemente a eso, hay cosas que no puede entender. Y lo que yo hago tiene la clave de entender. Yo tengo que entender", enfatiza.
Caetano se reconoce de izquierda, pero lejos de la política partidaria. Y aunque admite que cultivar la anti-política es a veces una tentación, él la reivindica tanto como a los partidos. "Eso sí: no podría estar adentro de uno", aclara, aunque revela que le han ofrecido "muchísimas cosas" (cargos), a las que se ha negado una y otra vez. Es uno de sus orgullos. Disfruta enormemente la libertad de no responder a ninguna bandera: "No busco votos y eso me da una independencia formidable. Digo lo que pienso".
¿Alguna vez votó en blanco? "Sí, en 1982. Tenía todo un sentido hacerlo. Eran las elecciones internas de los partidos habilitados y la dictadura se arrogaba el derecho de decir `estos sí, estos no`. En elecciones nacionales nunca voté en blanco. En departamentales, sí".
Sabe que varias generaciones de uruguayos aprenden la historia en sus palabras y espera construir lectores críticos. "Ojalá que mis libros puedan prosperar en las tiendas más contrapuestas. Yo me ufano de que a mí me llaman todos los partidos. No soy un hombre de capilla. Y es una exigencia que cada vez tengo más cuando escribo: que lo que yo diga exija más libertad".
SUS COSAS
Sus libros
En su biblioteca, que supo albergar 10 mil libros, y recientemente depuró por razones de espacio hasta quedarse con unos 7 mil títulos, conviven la ciencia social y la actualidad política con la ciencia ficción, la historia, el arte y muchas novelas.
Su música
Una pequeña obsesión: escuchar la misma canción una y otra vez. Le sucede con sus tangos preferidos, como La Mariposa o La Puñalada, pero también con Muchacha ojos de papel, de Luis Alberto Spinetta. "Es un fogonazo de mi infancia que todavía perdura", explica.
Su cuadro
Supo ser de Peñarol porque, escuchando el fútbol en la radio en los `60, "¿de qué cuadro me iba a hacer?", justifica sonriendo. Pero se reconoce hincha de Defensor, club en el que jugó durante casi una década y que en el peor período de su vida resultó ser todo un "oasis".
Su descanso
En verano, y desde hace años, su tiempo de relax tiene cita en Playa Verde. "Me encanta. Me parece que tiene cosas especiales. Me gusta como balneario y como símbolo", dice Caetano, quien viaja muy seguido pero en enero siempre elige quedarse en Uruguay.