No es el lobizón, pero es real: así es el aguará guazú, el cánido más grande que aún recorre Uruguay

Chamarrita cruzó fronteras, nadó ríos y dejó un registro único: su historia permite asomarse a la vida secreta del cánido más grande de Sudamérica y evidencia la fragilidad de su existencia en territorio uruguayo.

aguará guazú
Ejemplar de aguará guazú
E. González

Cruzó el río Uruguay como si no existiera. Sola, silenciosa, avanzó entre pastizales. Era Chamarrita, un aguará guazú con collar satelital, que por primera vez nos dejó ver lo que pocos uruguayos han presenciado: el cánido más grande de América del Sur sigue caminando nuestros territorios. Gigante pero inofensivo, este animal no amenaza ganado ni humanos; y, aun así, su supervivencia está en riesgo: en Uruguay podrían quedar menos de 20 individuos maduros, quizá mucho menos.

La amenaza no es solo ecológica: también hay un componente cultural. En muchos lugares lo llaman “lobizón” o, al menos, eso creen quienes oyen hablar de un perro grande y salvaje que deambula por el campo durante las noches de luna llena. Pero no es una leyenda: el aguará guazú es un animal real, imponente con sus 80 centímetros de altura, hasta 170 centímetros de largo y ojos que parecen rojos en la noche.

“Muchos dicen que el aguará vive en la sombra. Y es verdad. Rara vez aparecen, pero están coexistiendo con nosotros, los veamos o no”, dice la bióloga Alexandra Cravino, investigadora del Grupo Biodiversidad y Ecología de la Conservación de la Facultad de Ciencias, quien respondió al llamado por el atropello de Chamarrita en la ruta 95, cerca de Mercedes. Un animal que, a pesar de su triste final, dejó muchas lecciones sobre cómo se puede proteger a los habitantes silvestres de nuestros pastizales.

Invisible.

El aguará guazú pasa su vida oculto entre pastizales de hasta dos metros de altura. Allí se alimenta, se desplaza, copula y cría a sus cachorros sin ser visto. Puede superar al lobo americano en tamaño y su porte esbelto y un andar que avanza primero con las patas izquierdas y luego con las derechas, le dan un aire casi de bailarín de tap. A diferencia del puma o el yaguareté, no es popular ni famoso: es tímido, solitario y misterioso. Y totalmente inofensivo: su dieta incluye frutos, pequeños mamíferos, aves, reptiles, anfibios e invertebrados, y ocasionalmente carroña, pero jamás ataca ganado ni humanos.

Para conocer a un animal tan esquivo, la ciencia necesitaba encontrarlo primero. Chamarrita llevaba un collar satelital que registraba cada uno de sus pasos. Sus movimientos revelaron caminos que nadie había visto antes: senderos entre pastizales, cruces de ríos que parecían imposibles y zonas de descanso en áreas productivas. Cada punto en el mapa mostraba que se trasladaba decenas de kilómetros por día.

Chamarrita recorrió casi 1.000 kilómetros entre junio y setiembre de 2025, tras ser liberada en Entre Ríos (Argentina) luego de recuperarse de un primer atropello. Después cruzó a Uruguay, donde permaneció hasta morir en noviembre, en un segundo accidente en la ruta. Hasta ese momento, fue totalmente inalcanzable para los biólogos: “Era como si de mañana estuviera en Parque Rodó, pero cuando llegabas, ya estaba en Atlántida. Hacía 50 kilómetros como si nada”, apunta Cravino.

Sobre este desplazamiento, el biólogo Germán Botto, investigador del Departamento de Geografía de la Facultad de Ciencias, explica: “Las fronteras políticas poco importan desde la perspectiva del animal. El río Uruguay no es una barrera. Ahora sabemos que cruzan nadando, por zonas muy amplias, y también el río Negro lo cruzó varias veces. Esto confirma que los cursos de agua no limitan su movimiento”. Estos datos no solo muestran la capacidad de Chamarrita de recorrer enormes distancias, sino que también permiten entender que la conservación del aguará guazú requiere pensar más allá de los límites políticos.

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Chamarrita en Argentina

Conservar su memoria.

La historia de Chamarrita no terminó con su muerte. Enrique González, mastozoólogo del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), explica que ahora es uno de los tres únicos ejemplares de aguará guazú de Uruguay que se conservan cuidadosamente: “Dos de los ejemplares tienen sus esqueletos y pieles preservadas; en el caso de Chamarrita, se guardó entera en líquido para conservar músculos, sistema circulatorio y otras estructuras, mientras que las vísceras se extrajeron para análisis de parásitos y estudios sanitarios”. Esto último lo está realizando la Facultad de Veterinaria de la Udelar.

El examen del contenido estomacal aportó certezas: más del 99% de lo que comió eran frutos. “Parecerían moras o frutitos similares, posiblemente recogidos al costado del camino”, apunta Cravino. Este tipo de información no solo permite comprender mejor la ecología del aguará guazú, sino que también sirve para educar a la población y disminuir la percepción de peligro hacia la especie. Botto destaca: “Ahora podemos decir con datos concretos que el aguará no ataca a los corderos”. Y añade: “Si alguien sale a acampar en Semana de Turismo y se encuentra con uno, no es un bicho que lo vaya a poner en peligro: lo mejor que podemos hacer es disfrutar de verlo. Muy poca gente ha visto uno en vivo en la naturaleza”.

Ver un aguará guazú, lejos del mito del lobizón, es un privilegio de la vida. La especie está categorizada como En Peligro Crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), cuya lista roja se actualizará este año. Se estima que en Uruguay quedan menos de 20 individuos maduros y que la población continúa disminuyendo. Los registros nacionales son escasos y aislados y la probabilidad de un “efecto rescate” es baja.

González señala que, en Uruguay, el número de individuos podría ser uno, dos o, como máximo, menos de 20. Cravino no cree que haya más de 10. “Las poblaciones animales son dinámicas”, aclara el mastozoólogo: “Un año puede nacer un cachorro y al siguiente desaparecer un ejemplar. Lo que sabemos es que quedan muy pocos y su supervivencia está en riesgo”.

En Uruguay, la combinación de pérdida de pastizales, atropellos y persecución cultural mantiene a la especie al borde del silencio absoluto. Y aunque ese silencio le queda cómodo, su supervivencia es frágil: cada individuo cuenta, y cada encuentro registrado es una ventana única para conocerla antes de que desaparezca por completo del paisaje uruguayo.

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Ejemplar de aguará guazú
E. González
PASTIZALES, REFUGIO EN RIESGO

Los datos del collar satelital de Chamarrita revelan que pasó muy cerca del Parque Nacional Esteros de Farrapos y de Islas del Río Uruguay, pero no entró; esquivó el área protegida y utilizó campos productivos como puntos de descanso. Esto demuestra que, para especies como el aguará guazú, un área protegida por sí sola no garantiza conservación: no existen reservas lo suficientemente grandes como para cubrir todos sus movimientos. Sin embargo, ciertos momentos de los cultivos agrícolas pueden ofrecer refugios temporales.

“Las tres especies de mamíferos más amenazadas (para el país) son exclusivamente de pastizales”, explica la bióloga Alexandra Cravino. Analizar sus patrones de movimiento permite planificar estrategias de manejo y diseñar políticas que integren tanto los pastizales naturales como los espacios productivos, entendiendo dónde pasan más tiempo, cómo se mueven y qué lugares son esenciales para su supervivencia.

Germán Botto agrega: “Dejar de producir en todos los pastizales del país es irreal, pero sí podemos identificar cambios que favorezcan a estas especies y reduzcan su nivel de amenaza”. Los datos del radiocollar de Chamarrita se vuelven así “oro en polvo”: proporcionan información única sobre la ecología del aguará guazú y orientan acciones concretas para proteger a un animal extremadamente escaso y en riesgo crítico en Uruguay.

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