"Me gustan las difíciles"

| Confiesa que nació y morirá uruguayo, más allá del lugar de privilegio que encontró en Argentina, en el que se siente muy cómodo. Sábat habla del arte, de su mutismo en los dibujos, de política y de la vida misma.

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GABRIELA VAZ | BUENOS AIRES

Buenas tardes, maestro", lo saludan, uno tras otro, los recién llegados. Hermenegildo Sábat interrumpe la charla y levanta la mirada para contestar amable. Se queda sentado y extiende la mano, pone la mejilla, sonríe. Las manos, inquietas o no, apoyadas sobre una de las amplias mesas que pueblan el salón, dirigen la atención hacia los puños manchados de pintura de una gastada túnica azul. Como en un lienzo vanguardista, el personaje se funde con el entorno: un espacioso piso en el Centro bonaerense, contenedor de caballetes, pinceles, reproducciones de obras y un vasto arsenal de herramientas al servicio del arte plástico.

Las muestras de cariño y respeto de los alumnos que van arribando al taller del dibujante -la Fundación de Artes Visuales- no lo distraen de su relato, que va y viene, se detiene, se bifurca y vuelve a destino en un tono casi monocorde, ubicado entre sosegado y cansino, sólo hasta que es irrumpido por la risa espontánea, por la respuesta tenaz.

Sucede que las palabras no pertenecen al reino de Sábat. Al contrario, les rehúye al punto que lo tornó una condición sine qua non de su labor. Y esto sin eufemismos: cuando por 1969 entró a trabajar al diario argentino La Opinión, el que a la postre lo volvió un caricaturista conocido, fue claro en que dibujaría sin recurrir a epígrafes o globitos. Se lo aceptaron. Iguales circunstancias impuso cuando pasó a Clarín, donde ilustra las noticias de la sección política en forma ininterrumpida desde 1973. ¿Por qué esa fijación por el mutismo? "Porque la gente se pelea por palabras, no por ideas. Eso es demostrable. Incluso hay palabras tristemente manoseadas, como `democracia`. Acá, uno de los más duros represores de la dictadura, Eduardo Emilio Massera, publicó un libro que se llamaba El futuro de la democracia… Es el envoltorio de las cosas. Por eso, repito: la gente se pelea por palabras y no por ideas", reflexiona.

Pero las ideas también traen problemas, sobre todo si son moldeadas según libre interpretación. Hace dos años, la presidenta argentina Cristina Fernández invocó al uruguayo en un discurso, vinculando una caricatura suya con un mensaje "cuasi mafioso" (ver pág. 2). El artista hace caso omiso. Con voz calma, dice que tampoco se siente presionado por el actual enfrentamiento entre Clarín y el gobierno. Que hace su trabajo entre los límites del sentido común. Además, asegura, jamás tuvo afiliación político partidaria alguna, ni en Uruguay ni en Argentina. Tampoco frecuenta los círculos de poder. Las aguas en las que se mueve mejor son otras.

Con la amabilidad que lo caracteriza, el uruguayo que ha pasado más de la mitad de su vida radicado en Buenos Aires, y que hoy es considerado uno de los mejores caricaturistas del mundo, cuenta cómo es eso de mostrar la historia a través de trazos.

UNA CALESITA. Habla de "determinismo genético" para explicar aspectos de su vida. Quizás tenga razón. De su abuelo, además del nombre largo y gestor de anécdotas -se ha cansado de contar que en el primer encuentro con la que sería su esposa, ésta le pidió que le revelara su nombre de pila, ya que se había presentado sólo por su apodo "Menchi". Ante la reticencia de él, ella disparó: "Dale, peor que Hermenegildo no va a ser"-, heredó su vocación. No lo conoció personalmente, pero su infancia en Pocitos tiene como marco los materiales y obras de aquel antepasado. El padre, profesor de literatura, determinó, tal vez, el interés docente. "Yo me crié en un ámbito donde había libros. No había dinero; pero había libros", destaca. Para Sábat niño, el dibujo era sólo una forma de expresión. "Fui un alumno correcto, nada excepcional. Pero empecé a publicar cuando tenía 15 años y eso afectó mi relación con mis compañeros. Como ya hacía otras cosas, ninguno creía que yo era un tipo confiable para estudiar. Eso me marcó".

En efecto, el autodidacta que hoy ostenta 77 junios (nació en ese mes de 1933, en Montevideo), vio por primera vez su obra plasmada en las páginas de un diario en mayo de 1949, cuando El País compró una ilustración suya del futbolista Juan Schiaffino. Luego de un paso por el diario Acción, trabajó nuevamente, ya efectivo, en El País, donde fue redactor, fotógrafo y dibujante. Hasta que lo nombraron secretario de redacción. Renunció y se fue a vivir a Argentina. Tenía 32 años, una esposa (Blanca, que lo acompaña hasta la actualidad) y ya había nacido el primero de sus dos hijos. Hoy se explica: "Creo que para los trabajos ejecutivos, como ese de ser secretario general del diario, se necesitan dotes de mando de las que yo carezco. Cada uno debe tener una idea clara de lo que puede llegar a hacer. Yo no sirvo para ciertas cosas, y lo tengo muy claro. No sirvo para dar órdenes. No serviría para echar gente. Eso no significa que me siento mejor. O que soy, como dicen en inglés, el working man hero, el héroe de los laburantes; no, no soy eso".

-Pero podría haber declinado y quedarse.

-No, me di cuenta que no tenía opciones. Había llegado a un tope, y dije "no va más".

Con esposa e hijo, armó las valijas y cruzó el charco. Lo hizo, dice, "sin pensarlo", porque su madre era porteña y tenía familia allí. Se justifica alegando que le gustan "las difíciles". Unos años antes, en 1961, una beca lo había llevado cuatro meses a Estados Unidos, donde estuvo viviendo en la casa de Al Hirschfeld, un prestigioso caricaturista teatral de The New York Times (hoy un teatro de Broadway lleva su nombre), que le regaló sobremesas con celebridades de la talla de Laurence Olivier y Gloria Vanderbilt. "La gente me preguntaba si me iba a quedar allá. Otro tipo, con otras ambiciones, desde ya hubiera permanecido. Hubo gente que quiso que yo colabore con The New Yorker, revista que adoro. Pero, repito, me gustan las difíciles. Entonces me vine a Buenos Aires, y durante cinco años estuve ocho veces en la calle. Es una sensación muy fea. Pero por lo menos tenía claro qué quería hacer. No sirvo para trabajar en agencias de publicidad, porque soy incapaz de vender nada. La agencia de publicidad es el brazo armado del capitalismo, dirían ahora", se ríe.

Lo que quería era trabajar en un diario como periodista gráfico, algo para lo que hay poco cupos. Pero Sábat encontró el suyo. Jacobo Timermann, padre del actual canciller argentino, lo llamó para trabajar en La Opinión. "Era un diario raro, no publicaba fotos porque el taller que tenía no podía competir en calidad con los otros diarios, pero sí podía poner grabados lineales. Entonces salía con mis dibujos, nada más. Yo protesté y pedí que hubiera otro dibujante, porque terminaba con el brazo que no lo podía mover, me explotaban bastante. Pero no hubo caso. Mientras tanto, me llamaron tres o cuatro veces de Clarín, hasta que entré golpeando la puerta. Habida cuenta del carácter fantasioso de esta sociedad, llegaron a decir que se había producido un pase al estilo de los clubes de fútbol, y que me habían dado una cantidad increíble. Pero yo golpeé la puerta".

Su experiencia en Uruguay como periodista le sirvió para aprender a dibujar noticias, admite. "Mientras estuve en Acción, conviví con políticos: Batlle Berres, Jorge Batlle, Zelmar Michelini, Manuel Flores Mora. Yo era muy chico, tenía 21 o 22 años, y era testigo de lo que pasaba ahí. Hoy creo que muchas situaciones políticas se repiten, es como una calesita que va pasando siempre por los mismos lugares. Me ha servido aquello para trabajar ahora".

-¿En qué?

-(Piensa) Una desconfianza perenne es que si vos hacés una cosa es porque querés hacer otra. Es decir, que si hacés dibujos políticos, es porque querés tener actuación política. Siempre hay una segunda intención que te espera a la vuelta de la esquina. Eso me ha costado que la gente malinterprete, por otras razones, lo que yo hago.

-Pero usted, inevitablemente, editorializa las noticias. Vuelca opinión a través de los dibujos…

-Bueno, creo que todos volcamos opinión. Desde ya. Pero yo firmo. Me hago cargo de lo que hago, guste o no guste. He encontrado que por un lado habrá gente que se molesta, lo digan o no. Por otro lado, esa misma gente que se puede sentir molesta a su vez es vanidosa y está contenta de que se ocupen de ellos. Ahora, yo tampoco creo que sea necesario que a los políticos haya que darles un curso sobre qué es el sentido del humor.

-¿Tuvo en algún momento una afiliación político partidaria, en Uruguay o Argentina?

-No, no. Soy un loco suelto.

-¿Recibe opiniones de sus "caricaturizados"?

-Rara vez. He aprendido que pienso en el diario cuando estoy en el diario. Cuando no estoy, pienso en otra cosa. Esa es una cosa muy sana para mí. Me hace bien. Entonces, no frecuento lugares públicos donde se puedan llegar a encontrar los políticos… Una vez un juez, creo que era en la época de (Carlos) Menem, que había cobrado cierta notoriedad me pidió un dibujo. Yo se lo di, y me invitó a almorzar en Puerto Madero. Cerca de nosotros había dos personajes políticos, y nos miraban como preguntándose: "¿Qué hace este tipo con ese juez?". A veces, es mejor estar al margen. Yo no tengo miedo porque no tengo razones para que sospechen. Pero, sin embargo, sospechan.

-Usted recibió un premio por los dibujos que publicó durante la dictadura argentina. ¿Fue una época muy difícil para trabajar?

-Dentro de la edición de un diario, un dibujo era una cosa muy pequeña. Los dibujos no sirven para derrocar dictadores, digamos las cosas como son. Cuando era chico, en Montevideo escuchaba la frase: "No te remontes que no sos cometa". Yo nunca me remonté.

PENSAR COMO URUGUAYO. La Guerra de las Malvinas y la docencia están interconectadas en la vida de Sábat. "Ahí dije: `Si no me junto con gente compatible, me voy del país`. Y lo pensé seriamente. Entonces comencé a dar clase, en 1982". Así, ese año, creó la Fundación de Artes Visuales y así, por un corto período, fue profesor de la Facultad de Arquitectura, de donde luego egresarían sus dos hijos, Rafael y Alfredo, uno como arquitecto y otro como diseñador gráfico. Pero la laxitud post-dictadura en las clases universitarias lo defraudó. "La gente llegaba a cualquier hora y atendía o no, porque total, ya sabían que los iban a aprobar. Así que abandoné. Cada maestrito con su librito. Prefiero esto (señala su taller actual) donde lo importante es el respeto. Acá estoy contento".

-¿Sus alumnos quieren ser caricaturistas?

-No. Lo que yo hago no tiene nada que ver con lo que yo enseño. Primero, porque no tengo verdades reveladas. Pero estoy enterado de quiénes dibujan bien (...) Tratar de encarrilar a la gente que quiere expresarse lleva su tiempo.

-Su hijo menor (Alfredo Sábat) es dibujante de La Nación...

-Puf… es mejor que yo. Es muy bueno. Pero es de otra generación. Maneja la computadora, cosa que yo no hago, y saca partido bien. La máquina no te hace buen dibujante si no lo sos.

-¿Usted nunca lo intentó?

-No tengo tiempo. Prefiero seguir usando la mano. Soy antiguo.

Además del arte, la otra pasión de Sábat es la música, tema de gran parte de la treintena de libros que ha ilustrado. Una de sus últimas visitas a Uruguay está relacionada con ese amor: vino para tocar el clarinete en la celebración de los 60 años del Hot Club, del cual es co-fundador, en la Sala Zitarrosa. "Toqué un instante, por suerte. Para tranquilizar a la gente", se ríe. Aunque se lo relaciona con el jazz, asegura que lo escucha a la par de Mozart o Gardel. ¿Y cómo llegó al clarinete? El artista sonríe: "Un individuo escribió que había solo un instrumento peor que un clarinete: dos clarinetes... Yo llegué a él muy tarde, me lo pude comprar cuando tenía 21 años. El que me salió de garantía para adquirirlo fue Jorge Batlle. Fui a la Casa Praos, elegí uno, y lo pagué en cuotas. Aprendí un poquito. Es un instrumento maldito, porque tenés que estar soplando todos los días, no podés abandonar. Tienen dificultades los fenómenos, imaginate el resto".

-¿Alguna vez pensó en volver a Uruguay?

-Nací uruguayo y me voy a morir uruguayo. Tengo razonamientos que son, según me dicen, nítidamente uruguayos. Pero, ¿sabés lo que pasa? A mí me costó mucho encontrar este lugar en un diario. Entonces, no puedo… A Uruguay lo quiero, lo respeto. Viajo todas las veces que puedo, no todas las que quiero.

"Mi trabajo no es para sentirme héroe ni villano"

La Plaza de Mayo hervía de gente cuando, a principios de abril de 2008, en medio de un enfrentamiento con productores agropecuarios, la presidenta argentina Cristina Fernández pronunció las palabras que convertirían un dibujo de Sábat en una sinécdoque de la relación del gobierno kirchnerista con la prensa. "Hoy pude ver en un diario donde colocan mi caricatura (...) con una venda cruzada en la boca, en un mensaje cuasi mafioso. ¿Qué me quieren decir? ¿Qué es lo que no puedo hablar? ¿Qué es lo que no puedo contarle al pueblo argentino?", preguntó la mandataria, provocando en los días siguientes una andanada de críticas desde todos los frentes. De todos, menos del aludido. Cuando se le recuerda aquel episodio, Sábat contesta sin alterar el tono de voz: "Sobre ese asunto no opiné en el momento y no opino ahora. Y seguiré sin opinar. Porque me parece que es más saludable dejar…"

-¿Dejarlo pasar?

-No, no lo dejo pasar. Lo dejo donde está.

-¿Cómo vive la actual batalla pública librada entre el Grupo Clarín y el gobierno?

-Mirá… Durante la época de la dictadura, no era un momento para hacerse el gracioso. Pero, una vez cada dos o tres semanas, podía hacer alguna cosita chiquita, y me quedaba ahí. Con estas cosas que pasan ahora, procedo más o menos de la misma manera. Pero han cambiado las circunstancias, y de algún modo yo tengo que ser responsable frente a lo que pueda llegar a pasar, y frente a la propia gente del diario, que es lo que a mí me preocupa más. Entonces, yo trabajo ahí, estoy muy agradecido al diario, y sé lo que puedo hacer. Hay límites que no están escritos, ni acá, ni en Montevideo ni en el Congo. Son esas cosas que… por un lado el diario no me dice lo que tengo que hacer, pero tampoco me advierte qué es lo que puedo no llegar a hacer.

-¿No lo vive como una presión?

-No, para nada. No me siento perseguido, ni nada por el estilo. No tengo temor. Nunca viví con el miedo a cuestas.

-¿Cuál fue el gobierno democrático que le generó más problemas a la hora de trabajar?

-Los gobiernos que acá ofrecieron mayores estímulos para el tipo de trabajo que yo hago fueron: la parte final del de María Estela Martínez de Perón y el de Carlos Menem, que era un festival. Sin embargo, a Menem lo hice diez años agarrándose del sillón presidencial y nunca dijo nada. Yo considero que él no se ocupaba porque tenía otras cosas en qué pensar. Pero creo que no hay que sobredimensionar las cosas. Lo mío es una parte pequeña dentro de una estructura. No es para que me sienta héroe ni villano.

Camino a trazos

Hermenegildo Sábat nació en Montevideo en 1933. Publicó su primer dibujo a los 15 años en el diario El País. Trabajó en la imprenta As, en el periódico Acción (1955-1957) y luego volvió a El País, donde permaneció hasta 1965. Luego se mudó a Buenos Aires.

En Argentina trabajó en las publicaciones Primera plana, Crisis, Buenos Aires Herald y La Opinión. En 1973 entró al diario Clarín.

En 1988, la Universidad de Columbia (Nueva York) le otorgó el premio María Moors Cabot, por los dibujos realizados durante la dictadura. La Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez lo galardonó por "su actitud intachable frente al poder". Es "personalidad emérita" de la República Argentina, "ciudadano ilustre" de Buenos Aires y Montevideo y "doctor honoris causa" de la Udelar.

En 1982 creó la Fundación de Artes Visuales, donde brinda cursos de dibujo, grabado y pintura.

Ha ilustrado cerca de 30 libros. Co-fundó el Hot Club de Jazz de Mdeo.

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