NOMBRES
La novel congresista republicana Marjorie Taylor Greene ganó su banca gracias a una agenda “trumpista” y muchos ven en su ascenso el equivalente al éxito de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez.
Con su cabellera rubia, su pasado como empresaria y sus “opiniones” polarizantes, Marjorie Taylor Greene es casi que una poster girl para ese colectivo que abraza teorías conspirativas, desconfía de cualquier institución pública y alberga un profundo resentimiento ante el supuesto avance de minorías como la población afrodescendiente, los inmigrantes y el movimiento LGBT.
Taylor Greene es la más reciente revelación de la derecha en Estados Unidos. Asumió como legisladora el pasado 3 de enero y no le llevó demasiado tiempo generar titulares. En realidad, hace unos años que sus declaraciones causan estupor en algunos y entusiasmo en otros, solo que en otro contexto que la arena política: las redes sociales. Curiosamente, parece haber llegado a la gran política de la nada tal como Alexandria Ocasio-Cortez (quien está en las antípodas de Taylor Greene) hace unos años.
Taylor Greene nació en 1974 en el Estado de Georgia y su familia no participaba de la actividad política. Su padre tenía una empresa de construcción y se la vendió a Marjorie y al esposo de ella, en 2002. No era una empresita cualquiera. Taylor Commercial factura aproximadamente US$ 250 millones anualmente y la hija del fundador fue la principal autoridad financiera de la compañía hasta 2011.
En algún momento, con mucho tiempo y mucho dinero disponible, Taylor Greene empezó a curiosear en distintas plataformas y probablemente haya tenido un momento “píldora roja”, la metáfora de la película Matrix que usan aquellos a los les parece de snob usar la palabra “epifanía”. Empezó a redactar artículos y mandarlos a una web llamada American Truth Seekers (Buscadores de la Verdad Estadounidenses).
Y ha sido un camino de ida: desde entonces Taylor Greene no ha cesado de promover las más estúpidas y peligrosas teorías conspirativas, casi como un espejo femenino del igualmente peligroso Alex Jones. ¿Cómo es que calan tan hondo esas teorías en algunas personas? Parece razonable suponer cierta predisposición, que ya hay un terreno fértil para que eso germine y crezca. Pero también es cierto que la realidad misma les ofrece a esos espíritus una puerta de entrada. Es un tópico para otra (y muy compleja) nota, pero basta decir que cualquier estado nación tiene un costado secreto que es protegido con fuerza y tenacidad. A veces con razón, otras sin ella, pero el resultado es el mismo: hay cosas que son ocultadas de la mayoría esgrimiendo el vago y (muy probablemente endeble) argumento de “razones de Estado” (o “razones de seguridad nacional”). El cine ha ofrecido muchas versiones de esta dinámica interacción entre lo que se le “permite” saber al ciudadano de a pie y los esfuerzos que poderosos intereses hacen para tapar algunas de sus acciones (dos ejemplos muy ilustrativos: "Un tiro en la noche", de John Ford y "¡Queridos camaradas!", de Andrei Konchalovsky).
Una particular veta de lo conspirativo fue la que atrapó a Taylor Greene: la de QAnon, un personaje anónimo (de ahí “Anon”) que se identifica en la plataforma 4Chan como Q, que en la jerga estatal estadounidense denota que esa persona tiene acceso a información secreta. La devoción hacia este personaje es tal que la revista The Atlantic hizo un extenso informe sobre los seguidores de QAnon equiparándolos a una secta. En esencia, QAnon postula que existe una gran y poderosa maquinaria dentro de las instituciones estatales que empezó a horadar en secreto el gobierno de Donald Trump, el expresidente estadounidense, apenas este asumió. No solo eso. Esa organización también se dedica al abuso sexual de niños y al canibalismo. Parece un spin off de aquella parodia que hacían en las mejores temporadas de Los Simpson, el programa televisivo "No puedo creer que hayan inventado eso".
Pero como dice una fuente consultada en un informe de la revista The New Yorker: “En el distrito electoral 14 de Georgia (donde compitió Taylor Greene), lo que importa es tener una R de ‘Republicano’.” En esa misma nota se informa que tres cuartas partes de las más de 750.000 abarcadas en ese distrito electoral votaron por Trump en las elecciones pasadas, y que se trata de una zona en la que prácticamente no hay negros, latinos, asiáticos u otras minorías.
“No hay mucha gente de minorías. Y si no hay gente así, lo que se obtiene es un distrito republicano”, dice un académico consultado en esa nota.
De ese contexto es que emergió Taylor Greene, quien previsiblemente marca todos los casilleros en la lista de temas caros a los conservadores: está en contra del aborto, en contra del movimiento civil Black Lives Matter, a favor de portar armas, en contra del matrimonio igualitario y así se podría seguir.
En las primarias antes de las legislativas, Taylor Greene derrotó a su contrincante John Cowan por más de 40%. Cowan, un neurocirujano, le dijo a otro medio que el éxito de la nueva congresista es una desventaja para el Partido Republicano: “Hay gente que piensa en ella en términos de ‘es la Ocasio-Cortez de la derecha’. Pero hay una diferencia: la gente adora a Ocasio-Cortez. Es la ideología de Ocasio-Cortez lo que está mal, pero al menos ella está anclada en la realidad”.
Con ese último comentario, Cowan se refería a que Taylor Greene ha afirmado, por ejemplo, que los grandes incendios que a menudo ocurren en el Estado de California han sido provocados por rayos láser emitidos desde el espacio y por armas controladas por “los judíos”.
Apenas tomó posesión de su banca siguió generando titulares. Hace algo más de una semana, la novel legisladora colgó un cartel en la entrada de su oficina que decía: “Hay solo dos géneros: masculino y femenino. Confíen en la ciencia”. Lo hizo en reacción al gesto de su vecina Marie Newman, diputada por el Partido Demócrata y que tiene la oficina en frente a la de Taylor Greene. Newman había colgado una bandera multicolor que representa al movimiento LGBT.
Antes de eso, Taylor Greene había sido expulsada de tres comisiones distintas: Educación, Laboral y Presupuesto porque ella seguía sosteniendo que el atentado a las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001 pudo haber sido algo hecho por ciudadanos estadounidenses, que masacres como las de Sandy Hook y Parkland no habían ocurrido y que QAnon tiene razón en muchas cosas.
Pero si en Washington la recibieron con frialdad, entre sus votantes es más popular que nunca. El 14 de febrero pasado, la agencia de noticias Reuters tituló una de sus notas: Ridiculizada en la capital, amada en su Estado. Su lema electoral, “Salven a Estados Unidos, detengan al socialismo”, tiene un gran predicamento en dicho distrito. Para ella y sus votantes, “socialismo” equivale a poder interrumpir el embarazo, que las minorías accedan por cuota a ciertos puestos y que no cualquiera pueda portar armas.