Por Flavia Tomaello, especial para Domingo
María Callas recordaba que de niña había recibido un piano de juguete y que, al descubrir que no le alcanzaba para expresar lo que sentía, insistió en que le regalaran uno verdadero. Esa pequeña inconformidad fue el inicio de una carrera que cambiaría la historia de la ópera. La misma escena, curiosamente, se repitió casi en espejo en la infancia de María José Siri. “De pequeña —cuenta la cantante lírica—, mi papá me regaló un pianito de juguete y yo decidí romperlo para pedirle uno de verdad. A los 5 años ya tecleaba sobre el piano y soñaba con convertirme en concertista”.
Con esos antecedentes, la soprano uruguaya, montada primero entre las nacaradas blancas y las elegantes negras, como Callas, convirtió la música en destino y la voz en pasaporte hacia los grandes escenarios.
“Nací en Montevideo, pero crecí en Tala, un pueblito de Canelones. Mis padres tenían allí un supermercado y me crié entre la gente que iba y venía”, dice a Domingo. La música estaba en su casa como un idioma cotidiano. Su padre tocaba la guitarra clásica —“cantaba como sopranista”— y en su casa se escuchaban tangos. “Recuerdo que miraban siempre Grandes valores del tango. Un día presentaron a una cantante llamada María José y mi mamá eligió ese nombre para mí cuando nací”.
El destino, sin embargo, se torció hacia la voz. Siri estudiaba saxofón tenor en Montevideo. “Un día me equivoqué de clase y entré a una de canto. Allí tuve a mi primera profesora. Luego me preparé para entrar al Coro del Sodre y gané el primer puesto en el concurso para soprano”, rememora. Desde allí siguió estudiando, viajó a Buenos Aires, debutó en zarzuela y después obtuvo una beca para ir a París. Allí conoció a Iliana Cotruvas, la cantante de ópera rumana que le cambió la técnica y el repertorio. “Fue mi gran giro hacia el repertorio italiano”, explica.
La formación en París le abrió un nuevo horizonte. Fueron años de viajes, de trabajo en el coro y, al mismo tiempo, de los primeros pasos como solista. En 2005 se mudó a Europa. Debutó con Las bodas de Fígaro en Sabadell y luego, en Buenos Aires, se lució en el Teatro Avenida y en el Colón. “En Italia gané un concurso internacional en 2006 y, desde 2007, hice muchas audiciones. Mi debut internacional llegó en 2008, en el Gran Teatro de Génova, con Bruno Bartoletti. Fue un sueño”, relata.
Ese mismo año, su carrera se disparó. Cantó Aida en La Scala de Milán, dirigida por Daniel Barenboim, con puesta en escena de Franco Zeffirelli. Fue el comienzo de todo lo que vendría después. El repertorio la llevó a encarnar heroínas imposibles. “Es como jugar a lo que no sos. Madama Butterfly espera un amor durante años, tiene un hijo y luego se quita la vida. Tosca mata a Scarpia y se suicida. Aida muere en una tumba. Son historias dramáticas, y lo hermoso es jugar a ser tantas mujeres distintas: amantes, amigas, esposas, madres, hijas. Cada ópera te obliga a cambiar de piel”, dice.
La presión de los grandes escenarios no la intimida. “Tengo una regla: cualquier teatro, desde el más grande hasta el más pequeño, me genera el mismo respeto. Los nervios son los mismos, la responsabilidad también. El corazón late fuerte, el estómago se llena de mariposas, pero cuando entro al escenario todo se transforma y empiezo a divertirme”, explica.
La raíz uruguaya y la sangre italiana se entrelazan en su relato. “Mi bisabuelo, Giovanni Battista Siri, vino de Italia, perdió a su esposa en el viaje y luego se casó con una española. Tocaba el órgano en la iglesia. Siento que lo llevo en la sangre. Él vino para acá y yo me fui para allá. Todo está conectado”.
La decisión de emigrar fue personal. Según cuenta, se fue por amor, no para probar suerte. En Uruguay y Argentina ya tenía un nombre, pero en Europa tuvo que empezar de cero. Fue difícil, pero hermoso. “Lo volvería a hacer mil veces”, sentencia.
La exigencia actual de la ópera la lleva a reflexionar. “Lo que más ha cambiado es la exigencia actoral. Callas revolucionó la ópera con su hiperrealismo, con personajes más creíbles. Desde ella hasta ahora, la evolución ha sido enorme. Hoy las puestas usan maquinarias, iluminación y efectos especiales. La modernidad llegó a la ópera. Aunque también me gustan las puestas tradicionales, con trajes de época y gestos distintos. Cada producción cambia la manera de actuar”.
Según su mirada, hoy los teatros buscan sorprender e invierten en nuevas puestas para atraer al público. “Hay escenas más realistas, con violencia o drogas, y también se mantienen las tradiciones. Es un equilibrio entre lo nuevo y lo clásico”, sugiere.
Tiempos veloces.
“Me preocupa la velocidad con la que hoy sucede todo. Cuando empecé, había muchos ensayos, con una carga horaria más llevadera. Ahora se ensaya muy poco, se viajan trayectos largos y ese mismo día se espera que uno cante. Es una violencia para la voz, porque el vuelo, con el cambio de presión, afecta los oídos y no es lo más indicado para cantar. Los tiempos se están achicando muchísimo y la presión es cada vez mayor”, analiza.
La soprano describe un panorama cada vez más exigente, en el que la competencia se multiplica. “Hoy no llegan a los grandes teatros cantantes que no estén preparados. Se exige bagaje cultural, idiomas y formación musical. El ensayo es fundamental para madurar un personaje, para asimilarlo y proponerlo. Espero que esto no empeore, porque estamos al límite de la exigencia física y de concentración”, continúa.
El futuro de la ópera, asegura, depende también del apoyo a la cultura. “La pandemia generó muchísimo daño, sobre todo en los teatros pequeños. Incluso los grandes sufren recortes. El gran desafío es sostener la cultura en un alto nivel, accesible para los espectadores, generar nuevos públicos y lograr que la ópera sea una opción válida para una salida de fin de semana”, destaca.
La apuesta por ampliar los repertorios es otro de sus deseos. “No solo Carmen, La traviata, Tosca o Aida. Hay obras hermosas que merecen ser conocidas. Los teatros grandes pueden arriesgarse con óperas menos célebres y ponerlas de moda. Con la prensa y las redes sociales se puede llegar a cualquier persona. Un reel, un post, un fragmento puede emocionar y atraer a alguien que nunca pensó en ir a la ópera”, dice.
La tecnología, en ese sentido, se convierte para Siri en una aliada. “Se han empezado a usar todas las herramientas para que la ópera llegue más cerca a más personas. Que alguien desde un celular pueda descubrir una escena y conmoverse es una posibilidad única de abrir una puerta a quien no contemplaba necesariamente este arte como una opción de esparcimiento”. La soprano insiste en que la lírica no debe ser vista como un arte lejano, sino como una experiencia viva, capaz de conmover tanto como una película o un concierto popular. “Tiene que ser parte de la vida cultural cotidiana, no un lujo reservado para pocos”, concluye.