Todos los domingos, Virginia Forteza veía cómo su marido se iba a las 7:45 de la mañana a jugar al fútbol y recién volvía como a la una de la tarde, luego de haber disfrutado también del tercer tiempo. Le encantaba que tuviera ese rato de diversión, pero encontraba también que eso mismo le estaba faltando a ella.
“Un día nos reunimos las madres del Colegio San Juan Bautista y dijimos: ‘tenemos que hacer algo para nosotras’. Fue ahí que surgió la idea de jugar handball”, recuerda Virginia con el dato para nada menor de que además era la hija del presidente de ADIC (Asociación Deportiva de Integración Colegial). “Che, papi, tenés que hacer algo para las mujeres”, le dijo entonces a su padre Gustavo, que aceptó de buena gana pero con una condición: “Si vos te ocupás al principio, yo después sigo”.
Fue así que allá por el 2016, con ADIC cumpliendo 50 años, estaba dando comienzo la historia del mamihandball con apenas seis equipos. En 2017 ya eran 13; en 2019, 22… y así fue creciendo hasta llegar a los 39 que iniciaron la temporada 2026 y a los que a mitad de año es probable que se sumen dos más.
La historia de Virginia en el San Juan es casi la misma que se da en los demás colegios: esa necesidad de las madres de contar con un espacio propio, un tiempo en el que olvidarse de todo y zambullirse de lleno en una actividad que las recarga de energía. En este caso es el handball, pero pudo haber sido cualquier otra.
“Elegimos el handball porque, por lo general, se practica desde la escuela y es más natural en los movimientos. El vóleibol, por ejemplo, requiere de una preparación más fina, es más técnico”, explica Gustavo Forteza al analizar por qué el handball terminó teniendo más convocatoria que el vóleibol, el otro deporte para madres con el que cuenta ADIC (ver recuadro).
“Yo había jugado al handball y fui entrenadora de joven. Entonces cuando arrancamos hacía un poco de todo. Al año siguiente contratamos una profe, ya estábamos más organizaditas”, relata Virginia, quien jugó en el equipo del San Juan hasta que se rompió los ligamentos de la rodilla.
Años después, en el colegio se armó un segundo equipo, Catajuanas, de madres más jóvenes, y la llamaron para que las dirigiera. “Acepté y en un momento dije ‘voy a jugar igual con la rodilla rota’ y es así como ahora estoy jugando con 54 años”, acota orgullosa quien ha llegado a compartir cancha con su hija de 27 años. “Es lo más lindo que puede haber”, asegura esta analista en marketing.
Agrega que su madre, con 82 años, es la hincha número uno de las Catajuanas. “Incluso le hicimos una camiseta”, apunta.
Acá aparece otra característica del mamihandball de ADIC. Si bien uno podría imaginar partidos llenos de niños por todos lados, esa no es la tónica de estos campeonatos. “A veces tenemos un montón de hinchada, pero a veces no. Todo depende de las actividades que tenga el resto de la familia”, detalla Virginia y no es un dato que preocupe. La idea es que todos tengan su espacio y la libertad para acompañarse sin reproches. Y, en el caso de las madres, poder jugar sin tener que preocuparse por lo que estén haciendo sus hijos en ese momento.
“Yo siempre le decía a las madres, cuando tenían hijos chicos: ‘este es el mejor momento para fortalecer la relación papá-hijo. Andate y que explote el mundo, pero esa hora tomátela para vos aunque sea una vez a la semana’”, señala al tiempo que destaca, en el otro extremo, el caso de una madre que tuvo familia hace poco y como se reintegró enseguida lleva a la bebé a los partidos.
Todo vale, toda realidad se acepta; lo importante es no faltar.
Por el equipo
“La verdad que no puedo faltar a mi partido por no faltar al de mis hijos. Voy a mi partido seguro y sin culpa”, dice Josefina Maisonnave, quien a los 45 años no puede creer que siga jugando al handball. “Y me da miedo dejar porque perdés mucho”, destaca esta dueña de una consultora de innovación que empezó a jugar este deporte con 10 años en el Colegio Alemán, llegó a estar en alguna selección y hoy es una de las integrantes del Old Sampa, el equipo de mamihandball del Colegio St. Patrick’s.
“Este deporte me apasionó toda la vida, fue donde aprendí a saber lo que es jugar en equipo y ser parte de uno. Todo lo que aprendí en la cancha después a nivel profesional me sirve muchísimo”, remarca.
El St. Patrick’s no tenía handball como deporte para los alumnos y lo curioso fue que, gracias al grupo de madres que lo habían jugado y que se unieron para crear el mamihandball, se terminó estableciendo como opción deportiva para las niñas del colegio además del hockey.
La institución las apoyó y hasta llegó a invertir para cambiar el piso del gimnasio. Josefina y otra madre trajeron profesores del Colegio Alemán para que las ayudaran y el equipo fue creciendo.
“Tenemos mamás que nunca en su vida habían jugado y otras que sí, algunas más que otras. La verdad que lo que encontramos en el mamihandball del Sampa es un equipo y un grupo humano que nos amamos”, subraya de una entrega que, en su caso, se ha traducido en dos particulares anécdotas.
La primera fue la vez que salió de la cancha con un fuerte dolor en la muñeca, quiso seguir jugando y como se dio cuenta de que no podía, se fue manejando sola al Hospital Británico. Cuando llegó se enteró de que ¡se había quebrado!
La segunda ocurrió en la final del año pasado de la Sampa Cup (ver recuadro), a la que llegó luego de haber estado dos días en cama por haberse quedado dura del dolor de espalda. Estaba en el banco, empezó a calentar y como se sentía bien decidió entrar. Cuando arrancó el segundo tiempo no se podía mover. “Tuve que salir gateando de la cancha y me quedé en cuatro patas durante el resto del partido. Una vergüenza.. pero una deja todo siempre; hasta que no te estás por reventar, no salís de la cancha”, reflexiona con orgullo sobre lo que este deporte le provoca en su experiencia de vida.
La copa que iba a ser más light y otros torneos
“Al principio era ‘jugamos todas’, después nos empezó a gustar ganar, entonces decidimos anotarnos en dos campeonatos: uno para jugar a ganar y otro para jugar a divertirnos”. Así cuenta Josefina Maisonnave el nacimiento de la Sampa Cup.
El Old Sampa definió que en ADIC se iban a buscar los triunfos, entonces armó una copa paralela que se juega entresemana en el St. Patrick’s con el objetivo de que sea una competencia más light.
“Tímidamente comenzó con unos poquitos equipos y ahora hay lista de espera. Hay gente que le dice la Liga del Sampa, pero no es la idea”, sostiene Josefina y agrega que el nivel es muy bueno aunque no se juegue por el resultado.
Actualmente la están disputando ocho equipos: Alemán, Anglo, Complejo Suárez, La Fuga, La Rejuntada, Old St. Brendan’s, Unión y Old Sampa.
“Al final hacemos un evento de cierre redivertido en el quincho del colegio, con fogón, con hamburgueseada, con premios”, relata la jugadora de Old Sampa.
No es el único torneo que las madres juegan por fuera con este mismo espíritu. Por ejemplo, el Elbio Fernández ha organizado cuadrangulares con sus cuatro equipos mezclados. “Fue una jornada de integración que estuvo muy buena”, señala Leticia Botti, jugadora de Elbio Black.
Además, están los torneos que algunos colegios han ido a disputar al exterior, sobre todo uno que se juega en Argentina. Primero se hacía en Gualeguaychú y ahora tiene lugar en Concepción del Uruguay (el Colegio Alemán es uno de los que participó).
“No es una competencia en realidad. Antes se contaban los goles, ahora no se dice el score después del partido porque se apuesta al encuentro”, explica Virginia Forteza, que no ha podido ir con Catajuanas porque es una actividad que tiene lugar muy comenzado marzo y en Uruguay para esa fecha recién están arrancando las clases, por lo que es complicado viajar.
“Estamos viendo si surge algún campeonato en algún otro lado, como Buenos Aires. La idea es tener una excusa para que los maridos no se quejen, que se queden con los chicos e ir un fin de semana para allá”, señala Virginia.
Su padre, Gustavo Forteza, presidente de ADIC, reconoce que es un debe de la asociación organizar competencias internacionales para el mamihandball. “Juegan con mucho entusiasmo y una camaradería pocas veces vista. Es un orgullo tenerlas”, destaca y promete que esos torneos llegarán.
Bien organizado
Si hay algo que las madres destacan de ADIC es que desde el inicio de la temporada saben los días, horario y lugar en que jugarán todos los partidos del torneo que comienza. Eso les permite organizarse teniendo en cuenta que, como madres, por lo general, deben asumir muchas responsabilidades.
Después está lo que sucede con cada colegio en cuanto al apoyo que les brinda. En este sentido, hay que diferenciar aquellos colegios que cuentan con un club de los que no. Los que lo tienen, cobran una cuota social y, por lo general, se hacen cargo de la cuota de ADIC, de pagarle a los entrenadores y de alquilar las canchas para las prácticas si no dispone de alguna que pueda cederle al mamihandball. En algunos casos también se encargan de comprar las camisetas.
Pero hay colegios pequeños, como el caso del CENI, en los que todos los gastos son asumidos por las madres. “Es un esfuerzo económico muy grande. Pagamos una cuota mensual con la que solventamos el alquiler de la cancha, y el costo de la entrenadora y de la cuota de ADIC. Y no nos da para más nada”, cuenta Pía Tejera (47), una de las impulsoras del equipo que compite en ADIC desde 2020.
El hecho de ser un colegio chico también limita la cantidad de madres que pueden sumarse a la competencia. “Estamos entre las 12 y las 13 integrantes, lo cual es complicado. En el momento que se formalizó, yo era la única con antecedentes deportivos, había jugado 15 años al handball. Para el resto era una actividad nueva”, apunta esta contadora que es gerente de administración y recursos humanos en un club deportivo.
Pero más allá de esas dificultades, todo lo demás es ganancia.
Entre otras cosas destacan que lo que más les importa es juntarse a jugar o compartir un momento más allá de los resultados.
Rescatan que ADIC cuente con distintas series que varían en cuanto al nivel de exigencia. El CENI está en la Serie E y eso no las altera. “Podés empezar de la serie más baja y no vas a sentir esa frustración de jugar contra grandes equipos y perder. Algunas veces hasta nos da miedo subir porque cambia mucho el nivel”, admite Pía.
Incluso hubo un año que se plantearon no competir y no participaron de ADIC. Pero se dieron cuenta de que eso tampoco servía porque se perdía parte de la diversión, la esencia del deporte y uno de los desafíos para jugarlo. “El fin deportivo tiene que estar y nosotros lo tenemos hasta ahí, sabemos que no podemos dar más de lo que estamos dando. En definitiva, lo más rescatable es la comunión que se da entre nosotras”, subraya.
Juegan cada 15 días divididas en cinco series
Los requisitos para jugar al mamihandball en ADIC —y también al mamivóleibol— es ser madre de alumno, ex alumna o funcionaria del colegio al que se defiende.
A solicitud de las propias madres se estableció como edad mínima los 30 años, pero puede haber una jugadora de entre 25 y 30 años.
Los partidos se dividen en dos tiempos de 25 minutos y actualmente se disputan en tres escenarios: el Colegio Maturana, Plaza 12 y el nuevo Polideportivo de la Escuela y Liceo Elbio Fernández (se estrenó este año con el partido La Mennais vs. Elbio Azul).
Se juega los sábados y los colegios tienen partidos una vez cada 15 días.
En el primer semestre se disputa un torneo clasificatorio de una o dos ruedas, dependiendo la cantidad de equipos. Hay ascensos y descensos (en general tres por serie) y en el segundo semestre se juegan las copas Oro, Plata, Bronce, Honor y ADIC, al final de las cuales se definen nuevos ascensos y descensos para el siguiente año.
Este año hay cinco series, de la A a la E. Se destaca el regreso de un histórico, como el Colegio Ciudad Vieja, ausente en 2025, y el estreno del IUA (Instituto Uruguayo Argentino), de Maldonado (único del interior sacando la zona metropolitana).
Gustavo Forteza, presidente de ADIC, aclara que se premia con trofeos a todos los que alcanzan el mismo puntaje en el primer lugar.
Responsabilidad
Más allá de que lo que todas más valoran del mamihandball son los vínculos, no se olvidan que están compitiendo y como todo ser humano, quieren ganar.
Para lograrlo, o sino simplemente competir, lo habitual es que practiquen dos veces por semana. A veces ese entrenamiento baja a semanal si no tienen dinero para alquilar una cancha o les sucede, como ahora en el San Juan, que el colegio está en obras.
“El gran tema que tiene el handball en Uruguay es que no hay muchas canchas disponibles y cada vez hay más ligas jugando. Lo más complejo es conseguir una cancha con las medidas oficiales”, lamenta Virginia Forteza.
Otro pilar importante de la preparación es contar con un director técnico. La mayoría de los equipos contrata a uno si no es que una jugadora o ex jugadora asume la tarea.
Danilo De Agrela, vinculado al handball desde 1983, primero como jugador y luego como entrenador, es quien dirige al mamihandball del Colegio Alemán desde febrero de 2025. Llegó al equipo porque conocía a dos de sus jugadoras, a una la había dirigido en el Náutico y de la otra —Verónica Genta (58)— era amigo de la vida.
“Fue una sorpresa muy agradable porque nunca pensé que hubiera tantos equipos y que fuera tan competitivo porque, la verdad, le ponen mucha pasión para jugar y entrenar”, confiesa a Domingo al tiempo que destaca “la perseverancia y la actitud que tienen. Me llama mucho la atención”.
Danilo sabe que debe hacer un balance entre conseguir que todas jueguen y también formar un equipo que pueda competir, porque el Colegio Alemán está en la Serie A y eso demanda más exigencias.
Tanto él como muchas jugadoras coinciden en que en el mamihandball no hay un clásico, pero sí equipos fuertes que son grandes animadores de los torneos. Actualmente, el equipo que todos identifican como el más complicado de enfrentar es el Elbio Rojo, uno de los cuatro equipos que tiene la Escuela y Liceo Elbio Fernández (los otros son el Azul, el Black y el Gold).
Según cuenta Leticia Botti (54), jugadora de Elbio Black, los equipos se formaron por afinidad y por nivel de juego. “El Black, por ejemplo, cuando se creó no tenía ex jugadoras, eran casi todas mamis que nunca habían jugado al handball”, acota y aclara que ella sí había practicado de niña a este deporte. “Hacía 25 años que no jugaba y me convencieron porque siempre fue mi pasión”, dice.
Algo similar ocurrió con Verónica Genta, que había jugado toda la vida y dejó. “Mi hermano, que estaba conectado con una de las chicas del Alemán, me insistió y volví. Y una vez que se vuelve, no podés dejar nunca más”, asegura y agrega que también se ha sumado a equipos que compiten en otras ligas, algo que es muy común en otra madres.
El fin máximo
Si hay algo en que todas las consultadas coinciden es que el mamihandball va más allá de juntarse para jugar un partido o para practicar. Esa es solamente la excusa de la que derivan infinidad de terceros tiempos, encuentros fuera de horario, fines de semanas en casas alquiladas en algún balneario a los que algunas llaman “retiros espirituales”, viajes al exterior y despedidas de fin de año o de ADIC a las que no se falta.
“Las Catajuanas vamos a todas las entregas de premios. Reservamos mesa porque vamos a bailar aunque no recibamos medalla”, remarca Virginia Forteza. “Cuando arrancamos yo siempre les decía a las madres que la idea es que esto sea un lugar donde tengamos un espacio para nosotras y nos olvidemos de los tuppers, de las viandas… Lo importante es que disfrutemos con pares”, añade.
Pía Tejera cuenta, por ejemplo, que ya es el segundo año que para Semana Santa o de Turismo se va a Brasil con todas las familias del colegio CENI, algo que permite una institución chica en la que se conocen todos. “Este año éramos 62, 15 familias viajando. Si no fuera por el deporte no habríamos llegado a eso nunca”, sostiene.
Tanto ella como Josefina Maisonnave confiesan que jamás imaginaron construir lazos tan fuertes a esta altura de la vida. “Algunas nos convertimos en amigas. Una a priori no piensa que va a generar un vínculo tan fuerte con la mamá de un alumno que a lo mejor está en otro año del colegio”, coinciden.
Verónica Genta, en tanto, asegura que disfrutar del grupo de amigas del mamihandball es “toda una terapia para la cabeza” y viajar juntas fomenta “un reseteo total”. “El mamihandball es una instancia que por algo ha crecido tanto desde que empezó y a la que cada vez se une más gente. Lo recomiendo ampliamente a todo el que se anime y se arrime porque creo que es el deporte más lindo del mundo”, pregona con entusiasmo y resume lo que en estos 10 años ha conseguido un deporte que les dio a las madres el espacio que les estaba faltando.
En el vóleibol son menos pero la esencia es igual
El mamivóleibol comenzó en ADIC antes que el mamihandball, en 2013.
Este año participan 15 equipos, una convocatoria más acotada debido a que es un deporte que exige contar con más técnica y coordinación de equipo.
Se juega los fines de semana y también entresemana. El espíritu es el mismo que promueve el mamihandball: jugar para generar vínculos y contar con un espacio propio de recreación.
Sandra Álvarez fue una de las fundadoras del mamivóleibol en la Escuela y Liceo Elbio Fernández por ser madre de dos alumnas. “Lo presentamos como proyecto en 2014 con mi ex marido y se acercaron unas cuantas chicas, algunas que sabían jugar y otras que no. Armamos un equipo precioso con el que seguimos hasta hoy”, relata.
Hasta el momento los gastos los asumía el equipo, pero desde este año, con el estreno del Polideportivo del Elbio Fernández, se paga una cuota y el colegio se hace cargo de todo.
Destaca que lo que más les gusta es divertirse y la relación con los demás equipos. “Está la competencia, pero además está la parte social que es tan importante. Una juega por el colegio, pero también juega por la amiga que tiene al lado”, apunta quien además dirige. “Soy la aguatera, la delegada, la que pone la red... Hay que hacer de todo, desde el comienzo fue así”, comenta entre risas. “Y tengamos que hacer lo que tengamos que hacer, a fin de año nos vamos todas un fin de semana para afuera a celebrar juntas”, asegura.