Con una altura de base promedio de 3.500 msnm, la puna argentina forma parte del plateau andino, el segundo más grande del mundo después del Tíbet. Un territorio de ocres, rojos, blancos y turquesas, de pueblos detenidos en el tiempo, minas de litio, bórax, ónix, oro y cobre. Un destino salvaje, enigmático e inhóspito. Es un patrimonio natural de inigualable belleza que se extiende desde Jujuy hasta el norte de San Juan por 9.300.000 de hectáreas.
Las distancias son muy grandes, son caminos solitarios, donde la señal de celular casi no existe. En toda su vastedad, la puna reconoce algunos hitos, monumentos naturales que funcionan como mojones de su belleza.
Campo de Piedra Pómez.
Es un inmenso e imponente campo de piedra volcánica blanca y lava solidificada del Volcán Cerro Blanco. Se presenta como un mar de roca nívea con crestas rosadas y espectaculares formaciones y esculturas rocosas, talladas por el viento que baja de los Andes. Si bien se trata de un área natural protegida, es frecuente ver 4x4 o motos a campo traviesa, que dejan huellas sobre su superficie.
Volcán Galán.
Es conocido como “El coloso de la Puna”: su boca mide 42 kilómetros de diámetro, lo que lo convierte en uno de los cráteres más grandes del mundo. En su interior se encuentra la laguna Diamante, refugio de flamencos rosados. En el extremo sur hay fumarolas, rocas vivientes de 3.500 millones de años y agua que brota a 80 grados.
Salar de Antofalla.
Es uno de los lugares más inhóspitos e inaccesibles de la puna catamarqueña, a los pies del imponente volcán de Antofalla. En el salar impacta la formación Ojos de Campo: géiseres apagados de agua salada con diferentes tonalidades azules, verdes y anaranjadas. También allí se encuentra la Laguna Verde, con espejos de agua rojos, turquesa y esmeralda en medio de “flores de sal”. Se accede en excursiones en 4x4.
Laguna Blanca.
Se encuentra en la Reserva de la Biosfera Laguna Blanca, al sur de El Peñón. Es un espejo de agua salada de poca profundidad de color blanca producto de las sales y minerales. Viven comunidades originarias y entre septiembre y diciembre se puede participar del Chaku o esquila de la vicuña, una práctica ancestral que permite el manejo sustentable y la obtención legal de lana.
Salar de Pocitos.
Desde San Antonio de los Cobres rumbo a Tolar Grande, el Salar de Pocitos es una parada obligada. Está a 3.660 metros de altura, mide unos 60 kilómetros de largo por 6 kilómetros de ancho y está enmarcado por la sierra del cerro Macón (5.600 metros), donde existe un centro de observación astronómica. El paisaje mezcla las tonalidades de la tierra con un lago celeste que se forma en épocas de lluvias.
Desierto del Diablo.
Atravesar el Desierto del Diablo es casi como viajar a Marte. Es uno de los sitios más aislados de la Puna, de aridez extrema e inmensa planicie rojiza. Se trata de un camino zigzagueante por un desierto de dunas fósiles de unos 10 millones de años y cientos de picos de arcilla y cristales de yeso. Está considerado como uno de los rincones más extraños del país por sus formas y colores.
Ojos de Mar.
A 5 kilómetros de Tolar Grande, tres lagunas de origen volcánico verdes y turquesas en medio de un salar se mezclan con los colores ocres de la planicie andina. La salinidad de las aguas es cuatro veces mayor a la del Pacífico. Es un sitio de importancia científica ya que se han hallado comunidades de estromatolitos, la evidencia de vida más antigua que se conoce en la Tierra.