Los Molinos: el observatorio uruguayo que descubre asteroides y resiste al cielo que se apaga

Desde el Observatorio Astronómico Los Molinos se monitorean cometas, se escuchan tormentas solares y se pelea contra un cielo cada vez más brillante.

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Observatorio Astronómico Los Molinos
Natalia Rovira

La primera vez que Andrea Maciel miró un eclipse de Sol tenía 7 años. Tenía un negativo fotográfico —un error tremendo, dirá hoy entre risas— y una libretita casera donde dibujó lo que veía en el cielo. “Mi abuela decía que yo, con un año y medio, ya decía que la Luna era mi amiga”, cuenta a Domingo. Décadas después, Andrea sigue mirando hacia arriba, pero ahora lo hace desde el corazón del único observatorio estatal de Uruguay: el Observatorio Astronómico Los Molinos (OALM).

Está a pocos kilómetros del ruido del Centro. En una zona rural al norte de Montevideo, entre caminos de tierra, eucaliptos y un antiguo molino que le dio nombre al lugar, el OALM funciona desde 1994 como un cruce entre ciencia dura y puerta abierta al público. Desde aquí se descubrieron los únicos dos asteroides hallados en territorio uruguayo —Vaimaca y Guyunusa—, se reportan observaciones a redes internacionales y, al mismo tiempo, se reciben escolares, liceales y familias que vienen a mirar el cielo por primera vez.

Andrea llegó en 2014, aunque su historia con la astronomía viene de mucho antes. Hoy es la docente del observatorio y la cara visible de un equipo de seis personas que sostiene visitas guiadas, redes sociales, proyectos educativos y programas de observación científica con instrumental que ya acusa el paso del tiempo.

Operativos.

Adentro de la cúpula principal está el famoso Centurión, un telescopio de 46 centímetros de diámetro instalado a comienzos de los 2000 como parte del proyecto BUSCA (Búsqueda Uruguaya de Supernovas, Asteroides y Cometas). Con él se hicieron descubrimientos, se publicaron papers y se enviaron cientos de reportes al Minor Planet Center, el organismo responsable de la designación de los cuerpos menores del Sistema Solar. “Es el más grande del país”, aclara Andrea con orgullo, aunque enseguida relativiza: “En Chile tienen de ocho metros… ahí te das cuenta de la diferencia entre un país que invierte fuerte en ciencia y otro que la va peleando”.

Pero el Centurión no es solo un símbolo: es una máquina viva. “Cuando lo apuntás a la abertura de la cúpula, lo primero que tenés que hacer es calar”, explica. Eso implica conectar el telescopio y la cámara a una computadora en la sala de control. El primer paso es buscar una estrella, introducir sus coordenadas y dejar que el sistema “entienda” dónde está parado en el cielo. A partir de ahí, el movimiento ya puede manejarse de forma digital.

Antes todo se hacía con un buscador óptico. Ahora hay una ayuda nueva: un puntero láser incorporado hace pocos meses. “Te hace mucho más fácil la ubicación. Con el láser a la estrella la tenés ahí, justito”, dice. La diferencia no es menor: ganar precisión significa ahorrar tiempo, reducir errores y aprovechar mejor cada ventana de cielo despejado.

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Astrónoma Andrea Maciel
Natalia Rovira

La luz entra por la boca del telescopio, rebota en el espejo primario y viaja hasta la cámara. El espejo principal está montado sobre una estructura de horquilla que lo sujeta por ambos costados —una montura altazimutal: permite arriba-abajo e izquierda-derecha— y le permite seguir objetos en movimiento con la estabilidad necesaria para hacer astrometría fina.

El Centurión envejeció con dignidad. “Cuando se puede, se renuevan cosas. Pudimos cambiar algunas computadoras que ya eran muy viejas. Se va haciendo de a poco”, cuenta. Cada mejora es una pequeña victoria contra la obsolescencia.

Además del Centurión, conviven otros dos telescopios profesionales: el histórico reflector de 35 centímetros con el que se inauguró el OALM en 1994 —responsable de buena parte de las primeras astrometrías— y un telescopio portátil MEADE LX200, pensado para salir a la ruta cuando hay que perseguir fenómenos que no se ven desde Montevideo. “Si una ocultación se da en Rivera o Tacuarembó, cargamos todo en una camioneta y nos vamos”.

Uno de los programas centrales del observatorio es el seguimiento de cuerpos menores del Sistema Solar, en particular, los llamados NEOs (Near Earth Objects), objetos cuyas órbitas pasan relativamente cerca de la Tierra. Otro frente de trabajo es el estudio de cometas. En Los Molinos se monitorea su brillo para detectar cambios súbitos que puedan indicar fragmentaciones u otros procesos físicos.

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Observatorio Astronómico Los Molinos
Natalia Rovira

Las ocultaciones estelares son otro de los momentos de mayor adrenalina científica. Ocurren cuando un asteroide o un objeto transneptuniano pasa justo por delante de una estrella y la tapa durante segundos. Es como un eclipse en miniatura. Pero esos segundos te permiten calcular el tamaño real del objeto, algo que de otra forma es muy difícil de medir.

En una esquina del predio, una antena de aspecto extraño apunta al cielo. No busca estrellas ni planetas: escucha al Sol. Es un radiotelescopio solar que forma parte de la red internacional e-CALLISTO, dedicada al monitoreo de emisiones de radio asociadas a erupciones y tormentas solares. “Lo que hace es recibir señales de radio enviadas por el Sol. Las estrellas no solamente emiten luz visible y calor, sino que emiten en todo el espectro. Y el radio es uno de los que atraviesa la atmósfera”, explica. La señal llega a la antena y baja por un cable azul que corre bajo tierra hasta una oficina. Allí, una pequeña caja —el receptor— la traduce en imágenes que una computadora envía automáticamente a un servidor en Suiza.

El sistema funciona de sol a sol, sin pausa. “Siempre jorobamos con que es el único que trabaja cuando llueve”, dice entre risas. A diferencia de los telescopios ópticos, las ondas de radio atraviesan las nubes, así que el instrumento sigue registrando datos incluso en días lluviosos.

El proyecto empezó como una serie de pruebas en 2015 —primero con la antena en otro punto del predio— y se inauguró oficialmente en 2017. Dentro del instrumental grande del observatorio, es lo más nuevo. Desde entonces, Los Molinos no solo mira el cielo nocturno: también monitorea el clima espacial y aporta datos a una red científica global.

Todo esto convive con la otra mitad de su identidad: la divulgación. “Hemos tenido días de Patrimonio con más de 400 personas”, recuerda Andrea. “Y eclipses en los que sacamos los telescopios a la Rambla o a la Terminal Colón para que la gente se sume”.

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Observatorio Astronómico Los Molinos
Natalia Rovira

Cambios en el cielo.

El problema es que el cielo ya no es el de antes. La contaminación lumínica del área metropolitana avanza y se nota. “Si vos venís de Montevideo para acá vas a ver un montón más de estrellas”, dice, “pero los que conocemos el cielo de antes y el de ahora ya notamos la diferencia”.

En astronomía eso se traduce en algo concreto: la pérdida de la llamada magnitud límite, es decir, qué tan tenue puede ser un objeto para que el telescopio todavía logre detectarlo. “Y eso se ha perdido bastante”, explica. “Perjudica sobre todo porque acá trabajamos con cuerpos menores del Sistema Solar, que son chiquititos y tienen muy poco brillo. Entonces cosas que hace 10 años podíamos observar, hoy ya no”.

La humedad termina de completar el combo. Todo conspira un poco contra un observatorio que nació cuando la periferia de Montevideo todavía era bastante más oscura. Y sin embargo, noche tras noche, el OALM sigue encendiendo sus instrumentos y sosteniendo la obstinación básica de la astronomía: mirar más lejos de lo que parece posible.

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La astrónoma Andrea Maciel muestra el reloj nocturno.
Natalia Rovira
JUGAR CON LA HORA Y EL CIELO ES POSIBLE

Antes de entrar a las cúpulas, el Observatorio Astronómico Los Molinos ya empieza afuera.

En el predio funciona una Plaza de la Ciencia, un proyecto que mezcló juego y divulgación con estaciones dedicadas a astronomía, física y matemática.

Hay una red tipo banda de Möbius a la que se trepa por fuera y se sale por dentro, hamacas caóticas unidas entre sí y una gran esfera celeste con puntos cardinales, meridianos y referencias del cielo.

Pero las estrellas del patio son los relojes solares. “Este es el más común”, explica la astrónoma Andrea Maciel, señalando uno que marca 10:30 cuando en el reloj del celular son las 11:30. “No está mal: este da la hora solar real y el otro la hora local”, explica. Un poco más allá está el reloj analemático, donde la aguja es el propio cuerpo. Hay que pararse en la marca del mes y la sombra da la hora. “Es más preciso porque contempla el analema, esa especie de ocho que hace el Sol por la posición de la Tierra en su órbita”, dice Andrea.

También hay un nocturlabio, un reloj nocturno: buscando la Cruz del Sur y el Palo Mayor, se puede estimar la hora en plena noche. Y todo alrededor, la esfera celeste recuerda que el cielo también se puede aprender jugando.

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