Lobisón aterra a Zapicán

| Un pueblo de poco más de 600 habitantes se vio sacudido por la presencia de un ser extraño que, según vecinos, era ágil, atacó a dos personas, y aparecía y desaparecía como por arte de magia. La policía siguió toda pista concluyendo que no existió lobisón. Algunos lugareños aseguran que lo vieron, y por ahí anda.

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El País

CATERINA NOTARGIOVANNI

Recién había caído la noche del sábado 12 de julio cuando Nelly Sierra (75), su hermana y una vecina salieron de caminata por Zapicán. Las mujeres conversaban de bueyes perdidos cuando a Sierra le llamó la atención una figura que divisó a pocos metros. "Mirá el mascarito…y eso que no es carnaval", comentó convencida de que se trataba de una broma.

Las damas continuaron la marcha, pero la figura les resultaba más y más extraña a medida que se acercaban. Lo raro, explica Nelly, era que no se identificara: "porque acá en el pueblo nos conocemos todos". Por eso advirtió a sus amigas: "juntémonos". Cuando estaban a dos metros, los faroles de un auto que circulaba por la ruta iluminaron la escena. "Ahí se perdió. No lo vimos más ni nosotros ni el del coche. Se perdió", repite.

Esa fugaz desaparición, sumada al aspecto que describen las mujeres de "mascarito", más un par de agresiones sufridas por dos adolescentes en los días posteriores, dieron inicio a una serie de rumores que corrieron como reguero de pólvora y que terminaron dando vida a una leyenda: la del lobisón de Zapicán. Alguien o algo del que todos hablan, que algunos temen y del que otros no pueden evitar las carcajadas.

Yo lo vi. "Tenía como una capucha y no le vimos ni manos, ni cara, ni cabeza, nada; sólo los pies. Lo cubría algo duro porque cuando se movía sonaba. Caminaba como nosotros y me parece que no estaba descalzo", explica Nelly desde la puerta de su casa, ubicada a dos cuadras del sitio donde lo vieron.

La versión de tan extraña criatura no podía demorar mucho en llegar a oídos de todo el pueblo. "¿Viste que anda un lobisón?", repetían de boca en boca.

Diez días más tarde, Elisabeth Villalba regresaba a su casa a pie cuando vio a "alguien en el campo que prendía un cigarro". Asustada, cambió de rumbo y utilizó el camino largo hasta su domicilio. Cuando llegó a su casa comentó: "Vos sabés que es cierto nomás que anda el lobisón". Álvaro Machado, adolescente de 18 años que es criado por ella, respondió: "Qué va a haber lobisón, voy a ir a ver". Eran las nueve de la noche.

"Volvió corriendo, pálido, asustado y con un ojo hinchado. Estaba todito raspado y embarrado", cuenta Elisabeth. "Dice que lo cazó de atrás, le arrancó la campera y lo tiró al suelo. Y mirá que Álvaro es alto y grande", agrega.

Según la descripción del muchacho, el atacante estaba vestido de negro y llevaba una manta blanca en la cabeza. Además era ágil, caminaba arrodillado, tenía una "fuerza imponente" y "saltaba los alambrados limpitos".

Elisabeth le sugirió ir a la comisaría a hacer la denuncia. "¿Para qué, para que se rían de mi?", dijo Machado. Pero fueron.

A la semana siguiente, otro muchacho, Brian Sosa, denunció una agresión de características similares. "Recibí el golpe, le di un hondazo y salió corriendo rápido", comenta y se excusa por no querer hablar del tema. "Ya está, el tipo no me molestó más", agrega.

Para entonces, las autoridades policiales ya habían tomado cartas en el asunto y preparaban vigilancias nocturnas para dar con el agresor encapuchado. Paralelamente, el miedo se había apoderado de buena parte de una población que no está acostumbrada a los extraños, menos cuando son descriptos como lobisones.

Cacería. Walter Román es una de las casi 40 personas que se unieron a la búsqueda del lobisón. "Salí con un muchacho de acá porque comentaban que lo tenían cercado en una casa. Fuimos y no vimos nada", cuenta. Mientras volvían, se cruzaron con otro vecino que, al enterarse de la búsqueda, se ofreció a llevarlos en camioneta a otro sitio. Ni rastros. "A unas cuadras vimos otra gente y nos incorporamos al grupo. Unos buscaban dentro del campo y otros en la calle", explica.

Lo más cerca que estuvo Walter del supuesto lobisón fue a dos cuadras de "otro botija que sí lo vio", que lo corrió, pero que no lo pudo alcanzar. Los vecinos-cazadores revisaron la zona de influencia del lobisón y volvieron a casa con las manos vacías. "Yo lo quería agarrar para sacarle el antifaz, para ver quién era", dice Walter. Según le contaron, el lobisón era alto, ágil, flaco, vestía ropa azul y saltaba los alambrados "limpitos".

Según datos que maneja la policía local, esa noche los vecinos salieron armados de cuchillos, palos y cadenas. "Supongo que algunos andaban armados, pero nadie dijo nada por la policía. Lo que pasa es que no sabés con qué te podés encontrar", afirma Walter.

No todos en Zapicán están tan preocupados por el misterioso lobisón. De hecho, algunos se manifiestan totalmente incrédulos de las versiones que circulan en el pueblo.

"De eso no voy a hablar porque estupideces no llevo", responde el encargado del almacén.

"No creo nada, ¿ta?... no hablo nada...no, no, no", dice una vecina mientras se aleja para evitar más preguntas.

"Acá no hay nada, es alguien que está demente, que se hace ver y después se saca el traje y se mete con los milicos a buscar al lobisón", comenta otra vecina.

"Yo no vi nada, lo anduve buscando para sacarle fotos pero nada (risas)... es una persona que se disfraza, nada más", comenta un camionero que agrega sin que le pregunten: "yo pa` mi que no es del pueblo. Dicen que es ágil y acá no tenemos ninguno con agilidad", finaliza a las carcajadas.

"Debe haber sido un guarango, como hay tantos en todos lados. Es una cosa que se agrandó", señala otro vecino.

"Hay gente que anda asustada con el problema del lobisón y ahora lo ven, aunque no exista, lo ven", afirma Waldemar Pereira.

"No hay tanta alharaca como han hecho", afirma una maestra de la escuela N°15, Maestro Pantaleón Scorpini. Justamente allí, las docentes dedicaron parte de sus horas de clase a hablar de la leyenda del lobisón: "lo hicimos para desmitificar y sacarle un poco de color", explica.

Versión policial. Una vez recibidas las denuncias de agresión, las autoridades decidieron realizar vigilancias nocturnas en las zonas donde se suponía que aparecía el escurridizo sujeto. Para ello contaron con el apoyo de personal de Batlle y Ordóñez, localidad ubicada a 27 kilómetros de Zapicán.

Los policías uniformados se paraban en las sombras no bien comenzada la noche y se quedaban hasta las 23 horas.

Durante la primera guardia los oficiales vieron venir a un grupo de "botijas" portando palos de eucaliptos de un metro de largo que miraban dentro de una zona arbolada. "Ahí está, ahí está", decían.

"Nosotros los observábamos y no se movía nada", cuenta una fuente policial. Tres o cuatro minutos más tarde vieron venir a una "avalancha de gurises corriendo y en moto", todos gritando: "acá va, acá va". Tan concentrados estaban que pasaron delante de los policías sin percatarse de su presencia. Saltaron un alambrado y comenzaron a alumbrar con linternas. Pero nada. Las damas del grupo gritaban: "salí cobarde, somos todas mujeres". Cuando vieron que la policía los observaba, se retiraron a sus domicilios.

"Lo tomé como que a los gurises les gustaba la diversión de andar corriendo tratando de agarrarlo", afirma la fuente.

Al ver el alboroto, los vecinos preocupados llamaron reiteradas veces a la seccional. "Imagine lo que se complica con esas corridas en un pueblo chico. Escuchaban gritos que decían `acá va, acá va` y realmente pensaban que andaban corriendo a alguien", agrega.

Paralelamente, la policía recepcionó denuncias de jóvenes que recibieron mensajes de texto amenazantes del tipo: Ahora te toca a vos. "Todo eso se corroboró que eran bromas", dice la policía.

Todavía no se sabe quién agredió a Álvaro Machado y a Brian Sosa. Se supo por fuentes del Juzgado Penal Letrado de Lavalleja que las lesiones constatadas en ambos fueron "sumamente leves" y que la justicia "no tuvo mayor intervención porque hasta el momento no surgen elementos", señala la fuente. La ausencia de detenidos y sospechosos estancan las indagaciones.

No obstante, la policía realizó algunas actuaciones entre los pocos posibles sospechosos: "Sospechábamos de dos o tres que sufren de alguna alteración psíquica, pero sus coartadas fueron corroboradas", explica la fuente policial. También fue necesario, agrega, hacer "alguna detención de gente que andaba armada para evitar que en cualquier momento se agredan entre ellos".

Tal es el caso del hijo de una vecina que estuvo 12 horas preso porque lo encontraron portando un cuchillo. "Iba a devolverlo porque se lo habían prestado", justifica la madre.

En síntesis, el misterioso "mascarito" que vieron las vecinas y las agresiones no estarían relacionadas. "Ellas dicen que parecía una persona de edad y los muchachos que era alguien ágil. En el primer caso me inclino a pensar que se trata de alguno de los dos o tres que tienen problemas psiquiátricos, pero que no son agresivos, son depresivos", señala la fuente policial.

El asunto del lobisón sacudió por unos días la tranquilidad de Zapicán, un pueblo donde el delito más común es el abigeato y donde el hurto más importante del año pasado fueron cinco cajillas de cigarrillos. Dicha paz se constata al ver que las puertas de algunas casas están abiertas de par en par.

"Miré, al tema de Zapicán le dimos importancia por el cariz que tomó y porque la gente estaba asustada, pero lo cierto es que de poca cosa se hizo un tema importante. Vino prensa de todos lados y la gente está pendiente porque les gustó el tema de ser populares. Por pocos días, pero fueron populares", dice.

Hoy, la opinión del pueblo está dividida entre quienes consideran que el asunto ya pasó, los que dicen que nunca existió y los que afirman conocer a alguien que acaba de encontrarse con el famoso lobisón.

"Teléfono descompuesto" hizo de las suyas en el pueblo

Ante esa serie de relatos ocurridos, no queda otra que preguntarse por qué los humanos caen en la tentación de aferrarse a creencias como la del lobisón. "Es para tratar de dar una explicación (y por lo tanto tranquilizar) cuando suceden cosas que parecen extrañas, que no forman parte de la experiencia cotidiana y que no se sabe cómo encajar dentro de la visión del mundo", explica el sociólogo y psicólogo social Antonio Pérez García.

"Nos enfrentamos a una de las cosas que plantean mayor inseguridad y angustia: algo que vaya a saber qué es. Se trata de algo ominoso: que por un lado es familiar (lo estoy viendo) y por otro no sé qué es", agrega.

Nadie en Zapicán supo explicar dónde ni cómo nació la versión del lobisón, pero la mayoría aceptó esa denominación para el extraño que vieron las vecinas, y así la repitieron. En base al rumor, la noticia corrió y se expandió.

¿Cómo incide el hecho de que sea un pueblo chico a la hora de dar difusión y crédito al rumor? "Incide en que las noticias lleguen rápidamente a todo ese micromundo y genere una preocupación más fuerte. Además, en el mero nivel de la conversación cotidiana de las personas se convierte en "el tema". Por otro lado, como todos conocen a los involucrados ("mirá a Juancito le pasó tal cosa"), la referencia de verosimilitud de lo que se cuenta es mayor por el hecho de que yo lo conozco", explica el experto.

Justamente, los testimonios más convencidos hacían referencia que la testigo, Nelly Sierra, es una señora seria. "Desde el punto de vista del valor de prueba no agrega mucho porque también las personas serias se equivocan en lo que ven. Pero subjetivamente sí porque uno tiende a creerle más a las personas serias y se refuerza también en ese sentido", asegura.

Las versiones que se repiten modificadas (llamado popularmente "teléfono descompuesto") son claves para entender los alcances de lo sucedido en Zapicán.

Las consecuencias de estos sucesos ocurridos, más el colorido posterior, ha dejado secuelas en algunos habitantes: el miedo.

Tal es el caso de María Amelia, que se hace ir a buscar a la salida de un curso de computación que finaliza a las 19 horas. "He venido a las dos o tres de la mañana y nunca vi nada, ni tan siquiera uno que te chistara. Ahora sí tengo miedo, miedo que hasta llegás a un punto en que sentís ruidos por todos lados", cuenta. Situación similar relata Francisco, cuya esposa ahora le pide que la acompañe todas las tardes cuando va a trabajar a la escuela. "Este año no va a haber carnaval porque si ven a alguien disfrazado de lobisón le van a caer encima", dice Francisco con una sonrisa pícara.

El dato

Un pueblo de lavalleja en números

Lavalleja tiene una población de 60.925 habitantes, de los cuales 30.328 son hombres y 30.597 mujeres, según datos del Censo 2004 Fase I del Instituto Nacional de Estadística. Se trata del segundo departamento demográficamente más envejecido del país, con el 15.1% de su población con 65 años o más. La población de Zapicán es de 602 habitantes, según la Intendencia.

La leyenda del hombre lobo

La creencia en lobisones, que tiene su origen en Europa, indica que el séptimo hijo varón se transforma en un animal mezcla de lobo y hombre (o perro-cerdo según las zonas) durante las noches de martes y viernes; y que recupera la forma humana durante el día, si es mordido por otro hombre o si es herido por alguien que no lo conozca.

Según esta superstición, los lobisones se alimentan de niños no bautizados, excrementos y desperdicios que encuentra en los basurales de las estancias. Además es inmune a las armas de fuego y la única manera de herirlo es con un arma blanca. Quien descubra su secreto, será perseguido hasta la muerte.

El maleficio puede ser traspasado a otras personas, pero no mordiendo como se suele pensar, sino pasando entre las piernas de la víctima. Si esto sucede, el atacado se convierte en lobisón y el anterior termina con el maleficio.

En Brasil y Portugal se lo conoce como Lobishomen y se cree que suele salir las noches de luna llena. Este ejemplar ataca por detrás y entra en los hogares en busca de niños-presa, a los que le chupa la sangre una vez capturados.

En Argentina, se utiliza el padrinazgo presidencial para revertir el maleficio; y según recogen los relatos orales, en 1907 se habría realizado el primero en la localidad de Coronel Pringles. En 1973 el presidente Juan Domingo Perón legalizó por decreto esta costumbre. La División de Padrinazgos de la Casa de Gobierno se encarga de enviar una medallita de oro y un diploma conmemorativo. El decreto de Perón advierte que "el padrinazgo no crea derechos ni beneficios...en favor del ahijado ni sus parientes". Fuente: Diccionario de Mitos y Leyendas.

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