Leo Maslíah con El País: "Todos los gobiernos manejan la cultura como algo que no se sabe qué es"

A los 71 años, el músico, compositor y escritor mantiene intacta su habilidad para cuestionar premisas y escapar de cualquier etiqueta. A propósito del concierto que dará el 4 de julio en Sociedad Urbana, esta entrevista donde habló del paso del tiempo, su obra, el conflicto en Gaza, política y cultura.

Leo Maslíah
El músico, compositor, escritor, actor y director teatral Leo Maslíah.
Foto: Nico Azareto

Hay entrevistados que responden preguntas. Leo Maslíah parece preferir discutirlas, desmontarlas, ponerlas en duda o devolverlas ligeramente deformadas. A veces contesta. Otras veces corrige la premisa. Y en ocasiones deja la sensación de que está jugando con la pregunta, aunque nunca queda claro si la broma es para el periodista, para el lector o para las convenciones de la entrevista misma.

El mecanismo empieza antes incluso de la primera respuesta. Desde hace años, el escritor, músico y compositor acepta entrevistas para la prensa escrita únicamente por escrito. No hay llamadas, videollamadas ni grabadores encendidos. Las preguntas viajan por correo electrónico y las respuestas regresan del mismo modo: medidas, precisas y, a menudo, reacias a los lugares comunes.

A esta altura, el currículum de Maslíah desafía cualquier intento de resumen. Desde fines de los años setenta publicó más de 50 discos y varias decenas de libros —entre novelas, cuentos, columnas y obras de teatro—, además de desarrollar una obra que incluye música sinfónica, cámara, ópera y teatro. En los últimos tiempos, celebró sus 50 años de trayectoria con un Teatro Solís, lanzó el álbum Segundo Jazz, retomó la emblemática Democracia en el bar y puso en marcha nuevos proyectos como La Orquestita del Oeste y la obra teatral La clase de piano junto a Lorena Rizzo.

A los 71 años, después de más de medio siglo escribiendo canciones, libros, columnas, obras instrumentales y piezas imposibles de clasificar, sigue practicando ese deporte intelectual que consiste en escapar de los casilleros. Aparentemente lo hará también el próximo 4 de julio, cuando se presente en Sociedad Urbana Villa Dolores junto a la cantante María Bentancur y el percusionista Tato Bolognini, en un espectáculo donde —según anuncian sus responsables— lo viejo discutirá con lo nuevo. Como invitado especial estará el cantautor uruguayo Fernando Cortizo.

La excusa es el concierto, pero esta conversación termina siendo otra cosa. Porque entrevistar a Maslíah implica aceptar que muchas veces la respuesta más reveladora es precisamente aquella que parece esquivar la pregunta.

Por ejemplo, cuando se le consulta si el paso del tiempo le enseñó algo sobre el trabajo artístico que le hubiera gustado comprender antes, no ofrece reflexiones retrospectivas. “Creo que en esto no funcionan los tips. Soy contrario a su cultivo”, responde.

Y cuando la pregunta apunta a si hoy hay algo que le preocupe menos que a los 30 años y algo que le preocupe más, aparece una de las pocas respuestas donde asoma una valoración directa sobre el presente. “Cuando tenía 30 años estábamos en dictadura, y quizá lo más preocupante ahora sea que los problemas actuales a nivel de descomposición social tengan menos soluciones a la vista que el de sacarse de encima una dictadura feroz”.

Con más de 50 años de producción constante, la pregunta inevitable es cuánto material quedó fuera de circulación. Su respuesta vuelve a evitar cualquier épica de archivo. Dice que hay trabajos descartados deliberadamente, otros olvidados y una gran cantidad de borradores inconclusos. Ninguna construcción romántica del artista que guarda tesoros secretos en un cajón.

La relación con el público no escapa a esa mirada ligeramente irónica.

Durante un tiempo, una parte de sus oyentes lo identificó principalmente con el humor. Sin embargo, él señala una contradicción.

“Hay una marcada doble personalidad en esa parte del público que decís porque, de repente, si les preguntás por mí, me asocian con lo humorístico, pero si les preguntás por canciones mías te nombran algunas que no tienen nada de humorístico”.

Entre las canciones que escaparon a cualquier encasillamiento está “Biromes y servilletas”, probablemente una de las más célebres de su repertorio. La obra tuvo una nueva vida internacional cuando fue grabada por el cantante brasileño Milton Nascimento en 1997. Maslíah cuenta que se enteró de aquel interés gracias a Hugo Fattoruso, que por entonces trabajaba con el artista brasileño y le pidió la partitura para realizar la versión.

“El resultado me gustó mucho y, aunque ya existía otra versión en Brasil, de Clara Sandroni, que fue por la que Milton conoció la canción, me revivió el misterio de una especie de regreso a Brasil porque yo ya había descubierto, en maniobra de arqueología mental, que nunca habría compuesto esa canción de esa manera de no haber escuchado a los 13 o 14 años ‘E por isso estou aqui’ de Roberto Carlos”, rememora con Domingo.

Política, cultura y matices

En setiembre de 2025, fue uno de los integrantes de la comunidad judía uruguaya que entregaron una carta a Presidencia reclamando que Uruguay rompiera relaciones diplomáticas y de todo tipo con el Estado de Israel debido a la ofensiva sobre Gaza. Consultado sobre su decisión de pronunciarse respecto al tema, su reflexión sobre el conflicto es extensa y deliberadamente provocadora para cualquier lectura binaria.

“Pienso que el gobierno de Israel llevó adelante un genocidio, pero también pienso que Hamás, además de ser un grupo de asesinos despiadados, fue también partícipe activo de ese genocidio, al usar a la población palestina como escudo, y también pienso que el antisionismo que se puso de moda es antisemitismo disfrazado, porque si bien históricamente Israel se consolidó avasallando al pueblo palestino, esa actitud no era el único sionismo posible ni fue el que defendieron Martin Buber y Einstein, al igual que Daniel Barenboim en años más recientes”.

La reflexión va un paso más allá cuando establece un paralelo histórico con Uruguay. “Me parece oportuno anotar que la actitud de los israelíes que viven en ese territorio despreocupadamente como si fuera naturalmente suyo, no es diferente de la de los uruguayos que nos establecimos en una tierra cuyos pobladores anteriores fueron desplazados y aniquilados. Un uruguayo que sostenga que Israel no tiene derecho a existir como país debería también renunciar a vivir acá y entregar sus posesiones a los descendientes de las mujeres charrúas violadas o a los de gente traída de África sin su consentimiento”.

Ya cuando se le pregunta por el lugar de la cultura en la agenda pública actual, su diagnóstico es tan escueto como contundente: “Creo que, básicamente, todos los gobiernos la manejan como algo que no saben bien qué es, pero a lo que, por las dudas, hay que prestar cierta atención”.

La siguiente pregunta intenta condensar en una palabra una mirada construida a lo largo de más de siete décadas observando cambios políticos, tecnológicos y culturales. ¿Predomina en él la preocupación o la esperanza? El polifacético artista remata con una respuesta típicamente masliahiana: “Aparte de esas palabras que mencionás, le puedo aplicar todo el resto de las que están en el diccionario y muchas que todavía no le fueron incorporadas”.

Creo que básicamente todos los gobiernos la manejan (cultura) como algo que no se sabe lo que es pero a lo que por las dudas hay que prestar cierta atención.

En el capítulo de los proyectos actuales menciona dos: un espacio televisivo en TV Ciudad, y la orquesta que viene ensayando en el oeste del conurbano bonaerense, en la misma línea de lo que fue La Orquestita montevideana. Cuando se le pregunta si alguno de esos proyectos lo tiene particularmente entusiasmado, lanza: “En estas cosas, no tiene sentido meterse en proyectos que no te entusiasmen particularmente”.

A esta altura de su trayectoria, las etiquetas parecen importarle tan poco como los consejos o las respuestas de manual. Tal vez por eso siga siendo una figura difícil de resumir y, justamente por eso, una de las más singulares de la cultura uruguaya.

Leo Maslíah
Maslíah se presente el 4 de julio junto a María Bentancur, Tato Bolognini y Fernando Cortizo en Sociedad Urbana.
Foto: Nico Azareto

A continuación, una versión extendida de la entrevista con Leo Maslíah, con algunas preguntas y respuestas que no integraron la versión impresa por razones de espacio.

—¿Cuáles son los recuerdos que más atesoras de tu infancia y adolescencia?

De mi infancia quizá las historietas que sacaba la editorial mexicana Novaro aunque son recuerdos vivificados por el acceso actual a miles de esas revistas, en la web. De mi adolescencia un recuerdo fuerte es participar en una manifestación de denuncia por el asesinato del estudiante Julio Espósito y ver asomar a un policía con un arma por la ventana del techo de una camioneta de las que llamábamos “chanchita” y disparar contra nosotros cuando nos estábamos replegando en la escalinata de la Facultad de Arquitectura; hirieron de gravedad a un compañero, estaba bañado en sangre.

—¿Hay algo que el paso de los años te haya enseñado sobre el trabajo artístico que te hubiera gustado entender mucho antes?

Creo que en esto no funcionan los “tips”. Soy contrario a su cultivo.

—Tu obra publicada es enorme, pero me pregunto cuánto queda fuera de ella. ¿Sos de descartar mucho material o más bien de encontrarle destino a casi todo lo que hacés?

Hay cosas que no quedaron por haber sido descartadas a conciencia y otras porque quedaron olvidadas en el camino. Y mucho borrador no desarrollado o inconcluso.

—¿Hay aspectos de tu trabajo que sentís que quedaron ocultos porque durante años una parte del público te identificó principalmente con el humor?

Esos años no son los primeros en que tuve actividad porque la gente en esas épocas encasillaba menos y tenía más amplitud. Pero me parece que no se trata de sentir sino de una realidad objetiva. Igual hay una marcada doble personalidad en esa parte del público que decís porque de repente si les preguntás por mí me asocian con lo humorístico pero si les preguntás por canciones mías te nombran algunas que no tienen nada de humorístico.

Biromes y servilletas tuvo una segunda vida cuando Milton Nascimento la grabó en 1997 y con los años has dicho que buena parte de la popularidad de la obra se debe a esa versión. ¿Cómo te enteraste de que él quería registrar la canción y qué sentiste al escuchar el resultado por primera vez?

Me enteré de que la quería grabar porque el gran Hugo Fattoruso, que estaba trabajando con Milton, me pidió la partitura para hacer la versión. El resultado me gustó mucho y aunque ya existía otra versión en Brasil, desde años atrás, de Clara Sandroni, que fue por la que Milton conoció la canción, me revivió el misterio de una especie de regreso a Brasil porque yo ya había descubierto, en maniobra de arqueología mental, que nunca habría compuesto esa canción de esa manera de no haber escuchado a los 13 o 14 años “E por isso estou aquí” de Roberto Carlos.

—¿Sentís que te volviste más paciente o más impaciente con los años? ¿En qué situaciones lo notás?

No pienso en esos términos.

—A lo largo de los años tomaste posiciones públicas claras sobre distintos temas, entre ellos el genocidio palestino. ¿Qué te lleva a hacerlo? ¿Creés que el silencio de un artista frente a determinados acontecimientos puede ser también una forma de posicionamiento, o no necesariamente?

Creo que no necesariamente. De todos modos me parece tan estéril hablar de silencio como de posicionamiento, salvo que lo que se diga vaya acompañado de un relevamiento exhaustivo que muestre todas las instancias de expresión y las de callarse, porque hoy en día la inmensa mayoría de la gente toma por pronunciamiento cualquier fragmento de lo que alguien haya republicado o recortado de lo que alguien haya podido decir, y toma solipsísticamente por silencio todo aquello de lo que no se haya enterado que alguien dijo. Con respecto al tema palestino yo pienso que el gobierno de Israel llevó adelante un genocidio pero también pienso que Hamás, además de ser un grupo de asesinos despiadados, fue también partícipe activo de ese genocidio, al usar a la población palestina como escudo, y también pienso que el antisionismo que se puso de moda es antisemitismo disfrazado porque si bien históricamente Israel se consolidó avasallando al pueblo palestino, esa actitud no era el único sionismo posible ni fue el que defendieron Martin Buber y Einstein, al igual que Daniel Barenboim en años más recientes. Con respecto a esto también me parece oportuno anotar que la actitud de los israelíes que viven en ese territorio despreocupadamente como si fuera naturalmente suyo, no es diferente de la de los uruguayos que nos establecimos en una tierra cuyos pobladores anteriores fueron desplazados y aniquilados. La independencia lograda con respecto a España no nos redime ni hace que la culpa por la criminalidad de la conquista quede exclusivamente en la cuenta de los españoles. Un uruguayo que sostenga que Israel no tiene derecho a existir como país debería también renunciar a vivir acá y entregar sus posesiones a los descendientes de las mujeres charrúas violadas o a los de gente traída de África sin su consentimiento.

—Has atravesado como artista gobiernos de distintos signos políticos. ¿Cómo ves hoy el lugar que ocupa la cultura en la agenda pública uruguaya?

Creo que básicamente todos los gobiernos la manejan como algo que no se sabe lo que es pero a lo que por las dudas hay que prestar cierta atención.

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