Hace años que lo sigo. He leído algunos de sus libros, alguna biografía también, pero lo escudriñé siempre con sigilo porque lo consideraba un cruzado temerario. Los cruzados meten miedo, son imprudentes y peligrosos. Ver su ciclo en televisión y oírlo en las mañanas por radio Mitre —a través de internet— hizo la diferencia.
No lo niego: me gusta mucho el gordo, tiene ese don que acá es tan escaso, tiene el tupé de preguntar lo que estás pensando y de la manera en que lo estás imaginando. En un país como éste, donde muchísimos comunicadores pretenden ser queridos y se la juegan poco, eso me seduce mucho.
Sí, ya sé, derrapa en algún momento, linda con su propia caricatura, puede ser crítico en exceso, pero es siempre preferible ese talante al servilismo de Víctor Hugo Morales, que al final solo resultó ser un patético empleado de la reina. Penoso epílogo el del relator locuaz, otrora auto-considerado apóstol de la verdad, hoy devenido en triste "parlante" de un gobierno de cleptócratas y con Máximo Kirchner en calidad de epítome resplandeciente de la barra. Lo de ambientar espacio radial para brindar una "explicación" sobre las riquezas acumuladas por el novel talento empresarial del nene fue francamente lastimoso.
Volvamos a lo relevante, salgamos de lo minúsculo. El valor de Lanata es, además, hacer "interesante" lo que no siempre parece serlo por su opacidad. Explico: el poder —cuando está enfermo— con sus tortuosos mecanismos de perpetuación se vale de la burocracia y la corrupción para depredar y mantenerse. La ciudadanía no tiene por qué saber lo que es el tráfico de influencias, la información privilegiada, el soborno, las licitaciones arregladas y otras tantas miserias armadas bajo el amparo de lo institucional para depredar. Resulta imprescindible entender la semiótica para, desde ella, decodificar el mensaje que explique de manera diáfana el desfalco cometido. Es "naif" creer que irrumpirá Platón en la calle Tucumán, con toga griega y brindando un discurso que convenza sobre la necesidad de que los "réprobos sean juzgados". Eso es antiguo, no entiende el presente, y no produce nada más que saciar la vanidad de un imbécil que se considera portador de una revelación, para que lo aplaudan cuatro chorlitos que viven de él y alientan el pánico moral. Cuando se defiende la democracia no se puede ser bobo. No se tiene derecho a ello.
De lo que se trata entonces es de producir los cambios, y la Argentina del presente sin Lanata no sería lo mismo. Todo bien con algunos opositores "ríspidos y ríspidas", pero la pradera la incendió Jorge Lanata enfrentando el patoterismo K. Él disparó un "combo" radial y televisivo generando un producto intenso que se coló en las mentes de la gente. Les recordó el derecho a ser libres. Y acá está, para mí, la clave del éxito del periodista: podrá sonar chanta a oídos de los uruguayos (siempre tan prolijitos nosotros) pero es claro que habla fuerte, que no tiene temor (o lo disimula de manera valiente) y que motoriza causas de forma original que sin él solo serían un expediente zombi en algún juzgado de mala muerte. Además, el humor mordaz con el que juega le permite ironizar sobre el cotidiano con un garbo que, sin ese recurso, sería imposible sostener. Lección exquisita para hacer cirugía mayor en el corazón del centro decisor tumorizado de la Argentina.
Cabe recordar que aquello que sucede con éxito en Buenos Aires siempre termina impactando por acá. Del formato de comunicación hablo. Si será así lo que afirmo que hasta el serio y circunspecto Dr. Castro (de Todo Noticias) tiene un imitador que lo gasta al aire todas las tardes y crea un momento sublime. Si Lanata no hubiera cambiado el concepto de análisis político argentino, ¿eso sería posible? Es solo cuestión de ver por donde vienen los tantos.
Jorge Lanata se la juega, es creativo, pelea por valores, atraviesa la pantalla a carisma puro, toma riesgos, crea el contrapeso real del poder y todo eso lo hace de manera atractiva. En un país tenuemente afecto a lo democrático no se puede pedir más. Larga salud al comunicador remasterizado con órgano nuevo. Se lo necesita. No es poco en un mundo donde todo es descartable. O casi todo.
Cabeza de Turco I washington abdala