La mejor playa del planeta

| ¿Dónde están las costas más hermosas del mundo? Cronistas de viajes fueron desafiados a contestar esa pregunta, y aquí aparecen algunas de sus respuestas.

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EL MERCURIO

Periodistas y colaboradores habituales del diario chileno El Mercurio fueron desafiados a responder una pregunta simple y directa: ¿dónde está la mejor playa del planeta? Desde Boipeba en Brasil a Mombasa en Kenia, pasando por la Polinesia Francesa, aquí se presentan a algunas de las costas más impactantes del mundo.

Raivavae, Polinesia francesa. No se trata de alardear ni nada parecido, pero he chapoteado en playas de Brasil, Caribe, Tailandia y el Adriático y nada se compara con la diminuta Raivavae, las más austral de las islas del archipiélago de las Australes, en la Polinesia Francesa.

Es sólo un ejemplo más de decenas de playas polinesias que siguen viviendo en el pasado, muy lejos de las convencionales Moorea y Bora Bora. Desde un pequeño avión de los años 70, por la ventanilla divisé una masa verde de vegetación salvaje, salpicada de pocas construcciones, rodeada por arena rosada y aguas de color azul, celeste y esmeralda.

Al bajar, partí a mi pensión en un jeep destartalado y, en lo más parecido que he sentido al amor a primera vista, de inmediato sentí ganas de volver. Comí en la casa de Eléonore y Dennis, los dueños de Tama Inn, que no es más que una casa familiar con dos dormitorios para turistas. ¿Debo aclarar que no hay hoteles ni resorts en Raivavae? Al día siguiente, caminé cinco horas para dar la vuelta a la isla y anoté todo lo que vi en mi libreta: una planta eléctrica a petróleo, un cangrejo atropellado y un basural. Dos colegios y dos máquinas retroexcavadoras. Tres iglesias, tres chanchos y tres motos. Cuatro gatos y cuatro hombres cortando maleza (en total, hay mil habitantes). Siete niños jugando. Trece perros. Quince autos. Unos treinta postes de alumbrado público. Más de cincuenta gallinas. Alrededor de cien casas, casi todas pintadas de celeste, rosado y verde agua. Nada más, además de 15 kilómetros de playas en las que nadie se bañaba.

Un domingo al mediodía, conocí a Moe Panai, un tahitiano que me dijo que él, como todos en Raivavae, nunca se bañaba en las playas de aguas turquesa, cocoteros y arena como polvo. "¿Por qué?", le pregunté, y él me respondió "no sé", levantando los hombros. Probablemente eso explica que las playas de Raivavae - "cielo abierto", en lengua nativa- no tengan nombre y sólo sean arena y agua para sus habitantes.

En las tres horas que estuve ahí no vi a nadie y, lo mejor, nadie pasó vendiendo nada. Pensé que escribir un artículo sobre la isla, cualquier cosa que atrajera turistas -actualmente llegan 5 a 10 por semana- era una traición, que atentaba en contra de mi deseo de volver pronto y encontrarla tal cual: salvaje, cien años atrás en el tiempo y donde las playas no tienen nombre.

Mombasa, Kenia. Ahí está el Índico, celeste como una piscina. El agua es tibia. Hay brisa, pero no enfría; sólo hace flamear los pareos. Los botes que ves ahí, son para ir a pescar mar adentro. La arena es blanca y tan delgada que los pies te quedan empolvados. Podría ser cualquier buena playa del mundo, cualquier típica postal, hasta que aparece un flaco vestido como miembro de una tribu Massai, que habla en swahili y que vende artesanías en madera con forma de jirafas, o elefantes, o colmillos. Todo ocurre en Kenia, al este de África. El lugar se llama Mombasa, una pequeña ciudad con las mejores antigüedades y artesanías de esta parte del continente, y cuyas playas se han mantenido como un clásico del mar con las mejores costas del mundo: el Índico.

Mombasa se recorre en poco tiempo. La avenida principal se llama Moi y tiene unos cuernos gigantes, construidos como un arco, por debajo de los cuales pasan autos, motos, bicicletas y kenianos que trotan y trotan para ir al trabajo o a la casa. La ciudad tiene barrios musulmanes, un sector de portugueses, los mejores restaurantes indios del país, y una gran población flotante de europeos que vinieron de vacaciones y que ya no pudieron escapar de estas playas.

La ciudad tiene un puerto, grande y pequeños mercados. Frente al puerto, el barrio de Nyali: bares y restaurantes con turistas vestidos como si vinieran de un safari. Cerca de Mombasa hay reservas de animales y poblados de artesanos. Para llegar, las dos vías más comunes son: tomar una avioneta que se mueve como juguera desde Nairobi; o un Boeing charteado, que llega desde alguna capital europea.|

A un costado de la playa están los hoteles lujosos, con piscinas grandes y desayunos con champagne. Por delante está el día, donde la tarea será administrar las horas: cuántas nadando en el mar, cuántas caminando por el centro, cuántas leyendo algún libro que hable de viajes, y de África, y de los Massai, y del océano Índico con sus playas de colección.

Boipeba, Brasil. Podría haber seguido con mi plan de recorrer los 700 kilómetros que separan a Salvador de Bahía de Trancoso, si no hubiese aparecido Boipeba. Entonces, al quinto día, dejé de moverme. Pero seguí viajando. Me quedé un mes, pero podría asegurar que en Boipeba me he quedado toda una vida. He vuelto físicamente -en invierno, en verano, en primavera-, pero por sobre todo he vuelto a recorrerla en pensamiento una y otra vez.

Lo descubriría años después: eso pasa con todas las "mejores" playas. El mundo está repleto de ellas, pero es en la inmensa costa de Brasil donde la vida playera alcanza niveles de intensidad mística. Pongámoslo así: si comparamos al Caribe con Brasil, el resultado sería el mismo a si se enfrentaran en el fútbol. Goleada.

Boipeba es un buen lugar para cumplir la fantasía de jugar de local a pesar de ser visita. Una isla sin autos, cajeros automáticos, policías, ni gringas locas gritando. Donde si uno quiere bailar debe encontrar la única "disco" del lugar y aprender a bailar arrocha entre las miradas risueñas de los boipebanos, que te ven ahí, colgando una botella vacía del árbol donde todos en Boipeba hacen lo mismo. Un lugar donde ciertas noches se pueden oír las voces roncas del candomblé, mezclándose con las cigarras. Una isla donde es posible toparse con una fiesta de 15 años en medio de la playa, entrar sin invitación, beber gratis y bailar con la festejada. Un lugar de enormes playas quietas y hermosas -como las hay en tantas partes-, pero que sigue manteniendo el sabor local que las postales del mundo han terminado por destruir. Un lugar para volver cada vez que se cierran los ojos.

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