La historia que está doblando la esquina

| Demasiados políticos y médicos, y pocas mujeres en los 280 años del nomenclátor montevideano.

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C.N.

Es probable que la mayoría de los vecinos de la calle Luisa Domínguez, en Brazo Oriental, no sepan que ella fue la primera uruguaya que se inscribió en la Universidad, que eso sucedió en 1879 y que no llegó a recibirse. También es posible que quienes residen en Andrés Lamas no estén al tanto de que este señor fue Jefe de Policía de Montevideo y que en 1843 se encargó del nomenclátor capitalino. Que las calles Piedras, Solís, Colón, 25 de Mayo, Reconquista y otras arterias de Ciudad Vieja fueron denominaciones suyas.

Sucede que para la mayoría de los habitantes de la ciudad los nombres de las calles son simples guías, faros, referencias para la orientación. Pero existen ciudadanos para quienes el nomenclátor es mucho más que eso. Tal es el caso de María Emilia Pérez Santarcieri, profesora de historia y presidenta de la Comisión Especial de Nomenclatura de la Intendencia de Montevideo (IM), cargo que desempeña honorariamente desde hace 19 años.

Ella y seis personas más se encargan de asesorar al intendente en la materia, de rastrear biografías en los archivos, de aceptar o rechazar sugerencias, de evaluar si una persona hizo el mérito suficiente para ser inmortalizado en una chapita y, posteriormente, de encontrar una calle, plaza, senda, camino o espacio público aún no bautizado. Su trabajo no es sencillo, las solicitudes llueven y la disponibilidad de espacio es poca.

historia. En 1730, cuando la ciudad no superaba las doce manzanas, Montevideo tuvo su primer nomenclátor. El Cabildo de entonces fue el encargado de las denominaciones, que estuvieron asociadas a lugares. Por ejemplo: calle de la Iglesia o calle del Puerto. En 1778, otro Cabildo oficializó los nombres, utilizando el santoral como referencia. Pasaron 65 años hasta que Andrés Lamas aprovechó el nomenclátor "para hacer docencia", dice la profesora. "Toda la historia de nuestro joven país estaba en las calles", agrega. Guaraní y Patagones (indígenas), Colón y Solís (descubridores de América y del Río de la Plata, respectivamente), Piedras (por la revolución de la Banda Oriental), entre otros. Cuando la ciudad comenzó su expansión hasta el Ejido, se utilizaron los nombres de los departamentos (San José, Canelones, Paysandú, etc.) y de algunos ríos (Río Branco, Río Negro). "¿Y Artigas?, me preguntan algunos. Artigas no era bien visto en aquellos tiempos", cuenta la docente. Ese listado permaneció vigente hasta principio del siglo XX, cuando comenzó una práctica que le pone los pelos de punta a Pérez Santarcieri: el cambio de nombres. "En la comisión hemos sacado la norma de no propiciar más cambios porque la nomenclatura es la memoria de la ciudad", explica. Tampoco se aceptan duplicaciones de homenaje. Dos calles con el mismo nombre pueden generar problemas a ambulancias, carteros o deliverys. La única excepción será para los casos de calles discontinuas, como Prudencio Vázquez y Vega (Pocitos).

Cualquier ciudadano tiene derecho a proponer un nombre, siempre y cuando la persona a ser homenajeada tenga diez años de fallecida. El trabajo de la comisión es, justamente, evaluar los méritos de los candidatos. No obstante, una cláusula admite bajar a cinco los años para casos excepcionales. Un ejemplo reciente (y único que recuerde la profesora) es el caso de Líber Seregni, quien a pesar de haber fallecido en el 2004 ya tiene una plaza que lo recuerda.

Amores y odios impulsan decenas de peticiones, ya para agregar como para eliminar. Por ejemplo, hubo propuestas para quitar a Sarmiento (Argentina, 1811-1888) como denominación porque era "enemigo" de Artigas. "Pero Sarmiento tiene calle por haber sido el reformador de la enseñanza en Argentina y por haber impulsado a José Pedro Varela, no porque era enemigo de Artigas", arguye.

En el otro sentido, está pendiente la asignación de una calle que recuerde a Manuel Flores Mora, político y periodista colorado. "Les ofrecimos (a familiares y amigos) una parte de la calle Colorado, que es discontinua, pero no lo aceptaron. Quieren un tramo de la calle San José, desde Ejido hasta Martínez Trueba, pero les dijimos no, que no se puede seguir destrozando el nomenclátor. Ahora le encontramos otro lugar", cuenta.

La profesora describe su trabajo con pasión. Conjuga el verbo resucitar cuando habla de algún personaje que rescataron del olvido y tiene la virtud de darle vida y contexto histórico a nombres que hoy apenas son coordenadas geográficas. También opina que a su gusto hay demasiados médicos y políticos y muy pocas mujeres (no superan las 150). Se manifiesta orgullosa de haber incluido nombres de fauna y flora autóctona, y repite lo mucho que le cansa el uso que algunos le quieren dar a la nomenclatura. "Como si ésta fuera un vestido que tiene que seguir la moda", ilustra. Dice que nunca pensó cuál sería la calle que le gustaría que lleve su nombre porque "el ego" no le da para tanto.

Es consciente de que las decisiones de la comisión que preside no siempre encuentran unanimidades, pero se concentra en lo que cree es el bien común. "Cada uno tiene derecho a tener sus amores y antipatías, pero el nomenclátor es de todos", concluye.

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