La fotografía, el oficio que salvó a cuatro generaciones de la familia Terzian

Hagop Terzian con sus fotografías

HISTORIAS 

De Ohannés a Hagop Terzian, la fotografía se convirtió en la forma de supervivencia para una familia armenia en Uruguay.

Lo que sigue latiendo son los recuerdos y estos, una vez que una persona ya no tiene los suyos, los de otra persona pueden ser tan cotidianos como una merienda con té y galletitas de aceite con unos “copitos” encima. “Eran para morirse”, dice Paola Terzian sobre lo que servía su abuelo Hagop cada vez que lo visitaba.

A su casa empezó a ir más de costumbre a partir de junio de 2021 porque estaba decidida a dejar por escrito su historia, pero no solo la de él, sino la de su bisabuelo Ohannés, de su tío abuelo Krikor, de su abuela Ofelia, de su padre Miguel y cómo el apellido cruzó el Atlántico salvándose así de un genocidio y logró transformarse en sinónimo de pioneros de la fotografía en Montevideo.

Paola, de 30 años, escribió un libro que será lanzado el 13 de mayo (por consultas a pao.terzian@gmail.com), un día después del cumpleaños de su abuelo, que llegó a leer y corregir antes de fallecer el 19 de enero y que le robó más de una lágrima pero, según Miguel, no era por los capítulos tristes -aquellos que repasan que un abuelo y un tío, entre otros familiares, fueron asesinados a sangre fría por los soldados turcos o cómo tuvieron que escaparse varias veces de ciudad para sobrevivir hasta llegar a una tierra que les era completamente ajena- sino porque también las páginas celebran “una vida entera” en la que hubo tiempo para el progreso, para la amistad, para la generosidad y para el amor.

terzian
Retrato de Ohannés por Hagop

El aprendizaje

Todo el tiempo ocurren cosas imprevistas. La gente debate entre lo que es la casualidad o la causalidad pero la historia que Paola y Miguel relatan a Revista Domingo está solo basada en hechos reales. A los 19 o 20 años, por los primeros años del siglo XX, Ohannés -que al español puede traducirse como Juan- conoció a un fotógrafo armenio que primero le ofreció trabajo y luego le enseñó el oficio que terminaría sosteniendo a su familia por los próximos 100 años.

Ohannés Terzian, nacido en 1888 en Severac, un pueblito cercano a Dierbekir e inserto en una región dominada por el imperio turco otomano, “aprendió cuanto oficio pudo” -cuenta Miguel- porque “era un tema de supervivencia”. No solo económica: era para mantenerse con vida. Aprendió alemán y el arte de la pintura y el dibujo pero empezó pintando casas. Pero al tiempo de trabajar con el fotógrafo decidió instalar su propio negocio al que llamó Foto Stern, que en idioma alemán significa estrella, pensando que despistaría a los turcos, hasta que lo denunciaron y lo mandaron preso solo con una opción para seguir vivo: enrolarse al ejército turco casi en condiciones de esclavitud. Lo hizo hasta que se convirtió en traductor de un ingeniero. Este descubrió que compartían la pasión por la fotografía y se hicieron amigos, pero apenas pudo escapar lo hizo hacia el territorio del ejército francés. Eran los años de la primera guerra mundial. Turquía perdió contra los franceses y sus aliados y Ohannés y su madre pudieron irse a Damasco donde abrió su local de fotografía. “Esta le dio un arma más y a la postre resultó el oficio que lo sacó adelante. La fotografía era una novedad y al ser un pionero en dominar la tecnología encontró mejores opciones e hizo su camino por ese lado”, apunta su nieta.

Conoció a Arusiac, 20 años menor que él, huérfana de padre, y luego de casarse nació Hagop. La amenaza turca seguía presente y acudió a una agencia de viajes para que le recomendaran un lugar en el que nunca más escuchara hablar de los turcos. Y le dijeron que ese lugar que le brindaría paz y seguridad era Uruguay.

“Mi abuelo partió cuando yo tenía 18 años. Toda mi niñez pude disfrutar de su cariño y de sus relatos. Su historia como la de mi papá, Hagop (Jacobo en español), son dignas de ser contadas por la entereza, por el valor, por la ausencia de odio y de venganza. En lugar de odiar trató de superarse, de pasar raya y avanzar. No había tiempo para rencores o para venganzas”. El único detalle o jugarreta del destino es que, recién llegados a Montevideo, se instalaron en una pensión del Cerro ubicada en la calle Turquía.

Hagop Terzian
Hagop Terzian

El progreso

Ohannés consiguió trabajo en Foto Moll, un estudio en Paso Molino. Tenía tanto que hacer que debió enseñarle a Arusiac a retocar y a pintar fotos al óleo. Dos años más tarde alquiló una casa de dos pisos en Carlos María Ramírez y Pedro Giralt. Debajo de una claraboya empezó a hacer retratos. Abrió las puertas como Foto París. Luego nacieron Krikor, Anná, Hosanná y Arshalúis.

Hagop y Arshalúis se llevaban 14 años. Fue cuando Hagop empezó a trabajar en el taller donde se hacían fotos a lápiz, cuadrería, marcos de varillas, reproducciones de fotos antiguas, retoques y ampliaciones. Uno de los trabajos más solicitados era hacer un retrato específico de una persona que estaba en una foto grupal; casi siempre se trataba de fallecidos. A los hombres les dibujaba el traje y la corbata; a las mujeres, vestidos que copiaba de las revistas de moda.

A los 17 años ya era oficial retocador en Pronto Foto, ubicado en 18 de Julio y Convención. Su hermano Krikor se especializó en el trabajo de revelado y fue empleado de Pablo Fernando, la casa de óptica y fotografía. Hasta que decidieron instalarse por su cuenta y abrieron Foto Terzian Hermanos en Soriano entre Río Branco y Julio Herrera, hasta que Hagop decidió mudarse a avenida Rondeau y Uruguay, donde había parada de los ómnibus de Onda y cerca llegaban los pasajeros en tren. El alquiler era más caro pero había más clientela en la vuelta.

A esa altura, la familia tenía tres casas de fotografía: Foto París que atendía Ohannés; Foto Terzian Hermanos que atendía Krikor; y Foto Terzian de Hagop (aunque luego los dos últimos se volvieron a fusionar y luego volvieron a separarse en dos negocios).

Miguel cuenta: “Cuando tenía 15 años mi abuelo todavía estaba activo y mi padre era una locomotora. Todavía conservaban la maquinaria original y yo llegué a aprender ese oficio. Ahora son fierros viejos que todavía existen; son una reliquia. Aprendí a retocar negativos. A veces uno no se imagina el mundo sin un celular sin cámara; en ese entonces, la fotografía era toda una sorpresa”. Hagop también le enseñó a revelar a su nieta Paola.

Hagop se hizo conocido en Montevideo como un excelente retratista. Del servicio del pasaporte le enviaban clientes porque sabían que sus fotos eran de una calidad intachable (los flashes impecables, sin sombras y con la mejor expresión en el rostro); por su estudio pasaron figuras, periodistas, políticos y diplomáticos que incluían sus fotografías en los documentos oficiales.

“Mi padre tenía una honradez y honestidad innegociables, además de su vocación artística. Era sumamente exigente con su trabajo al mismo tiempo que con su propia vida. Mi padre no permitía que nadie saliera mal bajo ningún concepto. Si sacaba una foto que no le gustaba, la rompía y hacía otra y otra y otra. Por cada foto que colgaba en la pared había 35 muestras. Fue el último fotógrafo retratista de este país especializado en esa tecnología. No permitía que nadie saliera con los ojos cerrados”, recuerda Miguel. Y la fotografía de niños era un capítulo aparte. Era famoso por su paciencia hasta lograr transformar el miedo o el aburrimiento en una sonrisa sincera. Paola lo relata así: “Tenía una estantería con chiches, pelotas, peluches… te mostraba uno con una mano y con la otra te sacaba la foto y te hacía reír; vos podías elegir el chiche que querías. En todos los cumpleaños le sacaba fotos a los nietos y siempre hacía payasadas detrás de cámara”.

Krikor, Ohannés y Hagop
Krikor, Ohannés y Hagop Terzian

El recuerdo

Hagop y Ofelia se pusieron de novios a los 27 años. Dio la casualidad que Krikor se enamoró de Isabel, la hermana de Ofelia. El pastor de la Iglesia Metodista Central celebró una boda doble. Hagop y Ofelia tuvieron cinco hijos: Juan Alberto, Miguel, Anahid, Ruben y Verónica y luego llegaron nada menos que siete nietos y más tarde dos bisnietos. Ofelia murió dos años antes que Hagop. Había sido su compañera durante toda la vida. Hagop, entonces, “aprendió a cocinar” y resultó ser “un chef impresionante” que no solo sorprendía con las galletitas con copitos sino con típicos postres armenios. A pesar de haber perdido a su esposa, nunca perdió la sonrisa. Su despedida fue el 19 de enero luego de una operación de cáncer en el colon de la que no pudo recuperarse. Y lo hizo rodeado de una familia que, en su mayoría, había nacido en Uruguay, en ese país que se le había prometido a su padre que era donde iban a poder vivir sin miedo.

Una carta para el futuro

Hagop Terzian un escribió en una hoja Tabaré un mensaje para las futuras generaciones de su familia que se incluirá en el libro. Allí, de su puño y letra, dice lo siguiente: “Para triunfar en la vida se necesita mucha sabiduría. Tenemos que buscarla al comienzo de nuestra carrera terrenal. Ser humildes y aceptar el consejo de personas que nos pueden ayudar. La fuente de la sabiduría está en el Dios creador. Lo primero es confiar en él, permitir que entre en nuestro corazón, creer que él nos ama y nos quiere salvar (...) Somos una familia muy bendecida por Dios. El hombre es el jefe del hogar, debe amar a su esposa como a sí mismo, ser trabajador, sabio, humilde, con voluntad de progresar, responsable con los hijos, orientarlos en sus estudios, profesión, amistades, cerrar las puertas a los vicios, tabaco, drogas, alcohol, juegos de azar. Concurrir todos juntos todos los domingos a las reuniones de la Iglesia y ser activos”.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar