La primera vez que Marcelo D2 tocó en Uruguay terminó el show llorando. Venía de recorrer el mundo con A procura da batida perfeita, el disco de 2003 que empezaba a consolidar una carrera solista construida en ese lugar improbable —y después tan reconocible— donde el rap podía encontrarse con el samba.
El álbum fue también un punto de inflexión fuera de los escenarios: superó las 150 mil copias vendidas y obtuvo el Disco de Oro en Brasil. “Qual É”, una de sus canciones más populares, se llevó tres premios nacionales, y en 2004 la Academia Brasileira de Letras distinguió a D2 como Mejor Letrista Popular por el conjunto del trabajo.
Pero todo ese reconocimiento no alcanzaba para anticipar lo que ocurriría en Montevideo. Antes de subirse al escenario, no sabía demasiado bien qué iba a encontrarse del otro lado. Preguntaba cómo iban las ventas. Quería saber si habría gente, si aquellas canciones hechas en Río de Janeiro habían logrado atravesar la frontera y, sobre todo, la barrera del idioma, que entonces pesaba bastante más que ahora.
La respuesta llegó apenas empezó el concierto.
“Durante todo el show, todo el mundo cantaba”, recuerda casi dos décadas después. Cuando terminó, bajó todavía incrédulo, encontró el entonces bajista de su banda, y los dos se abrazaron. “Empezamos a llorar”, rescata en charla con Domingo.
D2 volvió muchas veces desde entonces. Tocó en el Teatro de Verano, hizo amigos y fue construyendo con Montevideo una relación que él mismo no sabe explicar del todo.
Entre esos recuerdos hay uno que, por su propia historia, resulta especialmente simbólico: estuvo en Uruguay cuando se puso en marcha la regulación del cannabis y acompañó desde el escenario la noticia de la aprobación.
No era un acontecimiento cualquiera para alguien cuya vida artística había quedado atravesada desde el comienzo por esa discusión. Mucho antes de que la legalización del cannabis ingresara con naturalidad en los debates públicos de varios países, Planet Hemp —la banda brasileña que D2 fundó a comienzos de los años 90 y que mezcló rap, rock y hardcore con un fuerte discurso contestatario— había hecho de la despenalización una bandera en Brasil.
En los años 90, hablar de marihuana desde una banda de rock no significaba apenas provocar: podía implicar censura, detenciones, shows suspendidos y enfrentamientos con la Policía. Por eso, para D2, estar sobre un escenario en Montevideo mientras Uruguay avanzaba en un camino que su banda había reclamado décadas antes tenía algo de revancha histórica.
Ahora regresa. El próximo 29 de agosto se presentará en Sala del Museo después de varios años sin tocar acá. Promete aprovechar el reencuentro para recorrer distintas capas de su trayectoria. Habrá canciones de su trabajo más reciente, Manual Prático do Novo Samba Tradicional, pero también de su carrera solista y, claro, de Planet Hemp. “Como hace mucho tiempo que no voy, estoy preparando algo especial”, adelanta.
Montevideo, insiste, nunca fue para él una escala más de una gira. “Tengo el privilegio de viajar muchísimo durante todo el año, por varios lugares del mundo, pero Montevideo es una de esas ciudades con las que tengo una conexión muy grande. Me emociono cada vez que voy a Uruguay, siempre es muy especial”, dice.
El fin de un ciclo
Para entender quién es hoy Marcelo D2 hay que volver a Planet Hemp. Hay que imaginar también al joven carioca de fines de los años 80, fascinado por el punk y convencido de que una canción podía servir para patear el tablero.
El choque no era solamente estético. La banda fue censurada, sus integrantes detenidos y algunos conciertos prohibidos. Pero también construyó un público enorme, dejó una marca en el rock y el rap brasileños y convirtió a D2 en uno de los nombres centrales de una generación que empezaba a contar otro Brasil.
Más de 30 años después, él no necesita buscar demasiadas palabras para dimensionar aquella experiencia. “Planet Hemp representa todo lo que soy. Crecí como artista ahí adentro”, afirma.
Quizás por eso tampoco imaginó cuánto iba a dolerle ponerle un punto final. En 2025 la banda emprendió su gira de despedida y, aunque terminar había sido en buena medida una decisión del propio D2, el cuerpo pareció comprenderlo antes que la cabeza. “Casi me muero. Fue impresionante cómo mi cuerpo sintió ese final”, cuenta.
Había además algo paradójico. Algunas escenas parecían no haber envejecido. “Pensábamos que íbamos a hacer una gira tranquila. Al fin y al cabo estamos en 2026, ¿no? Pero la gira estuvo llena de persecuciones y prohibiciones. Parecía que todavía estábamos en los años 90”.
Esa sensación lo lleva hacia otra constatación menos amable: muchas de aquellas letras que en su juventud imaginaba coyunturales siguen teniendo vigencia.
“A fines de los años 80, cuando me hice punk, grité muchísimo ‘no habrá futuro’, ‘el mundo se está terminando’. Pero en el fondo creo que pensaba que era apenas un grito desesperado para decir: ‘El mundo va a mejorar’”.
Ahora observa algoritmos, desinformación, nuevas formas de conservadurismo y una sociedad demasiado pendiente de la mirada ajena. Hace un tiempo incluso borró las redes sociales de su teléfono porque sentía que le estaban quitando el foco. Y encuentra, ahí, una ironía. “Casi 40 años después, miro hacia atrás y pienso: ‘Ese pibe punk tenía mucha razón’”, dice riéndose.
Hay, sin embargo, un lugar donde todavía se permite conservar algo de aquella fe juvenil. “Para mí, la música y el arte siguen siendo un lugar de utopía. Un lugar desde el que creer. Si no fuera así, realmente no haría lo que hago”.
Volver a las raíces
El samba nunca había sido una novedad en su obra. Estaba allí desde que comenzó a desarrollar su camino solista y encontró en la mezcla con el hip hop una identidad propia. Pero en los últimos años decidió ir bastante más lejos.
Primero llegó Iboru. Después, los distintos volúmenes de Manual Prático do Novo Samba Tradicional. El título tiene algo de tratado, algo de provocación y también algo de manifiesto personal. Su reacción artística fue mirar hacia adentro. “Busqué en mis raíces, en mi tierra, en mi pueblo, en todo lo que soy”.
En esa búsqueda conviven el samba, el rap, la electrónica, los graves de las baterías, las religiones afrobrasileñas, la cultura popular y las memorias familiares. En los últimos años llegó a definirse como una especie de “soldado del samba”.
Pero si ese movimiento empezó como una investigación musical, terminó mezclándose con algo mucho más íntimo. Su madre murió hace cinco años. La pérdida coincidió con el período en el que comenzó a trabajar en Iboru y lo empujó hacia una búsqueda espiritual.
D2, que dice llevarse mal con los dogmas y con las religiones demasiado normativas, encontró en Ifá —tradición espiritual de origen yoruba, vinculada al culto a los orixás— una forma de aproximarse a sus antepasados.
Su familia, cuenta, nunca había seguido un único camino religioso. Había integrantes vinculados a cultos afrobrasileños, otros católicos, evangélicos y hasta un abuelo ateo al que le gustaba responder, cuando le preguntaban por su falta de fe: “Gracias a Dios, soy ateo”.
Con los años terminó elaborando su propia manera de creer y ese camino personal coincidió con uno de los períodos de mayor actividad de toda su carrera. En apenas tres años lanzó ocho discos, hizo dos películas y una serie, creó un centro cultural y recorrió alrededor de 22 países.
Ahora el cuerpo vuelve a pasarle una cuenta. “Estoy agotado, pero me siento lleno, muy privilegiado. La vida fue y sigue siendo generosa conmigo. Estoy preparado para una nueva etapa”, dice.
Puede que esta próxima etapa esté otra vez en la música. Puede que sea el cine. O quizás, bromea, abra una florería y termine vendiendo flores. Pero antes del próximo paso, hay un regreso. El 29 de agosto vuelve a la ciudad donde, más de 20 años atrás, subió al escenario preguntándose si habría logrado atravesar la frontera. El tiempo terminó por darle la respuesta: algunas canciones saben cruzar distancias, idiomas y el propio tiempo.
A continuación, una versión extendida de la entrevista con Marcelo D2, con algunas preguntas y respuestas que no integraron la versión impresa por razones de espacio.
—Hoy, con las redes sociales, es mucho más fácil romper la barrera del idioma, pero cuando tu música llegó acá, hace dos décadas, no era así. No todos los artistas brasileños conseguían hacerlo. ¿Por qué creés que se produjo esa conexión y logró mantenerse hasta hoy?
—La primera vez que fui a Uruguay salí del escenario asustado y llorando. Me acuerdo de que un amigo mío que tocaba el bajo conmigo, Mauro Bermudo, y yo nos abrazamos y empezamos a llorar. Estábamos recorriendo el mundo con la gira de A procura da batida perfeita y llegamos ahí, a un lugar grande. Yo preguntaba: “¿Cómo van las ventas?”. Y después, durante todo el show, todo el mundo cantaba.
No sé cómo se produjo esa conexión, pero sí sé que me siento muchísimo en casa en Montevideo. Todas las veces que fui me recibieron muy bien. Tengo grandes amigos, grandes conexiones con la gente de ahí. Me emociono cada vez que voy a Uruguay, cada vez que voy a Montevideo, porque siempre es muy especial. Hice varios shows. Estuvo aquel primero, después otro en el Teatro de Verano. También toqué en una plaza el día en que se legalizó el cannabis. Hicimos la cuenta regresiva: diez, nueve… dos, uno, ¡está liberado! Fue histórico. Tengo una historia muy linda con esa ciudad. Tengo el privilegio de viajar muchísimo durante todo el año, por varios lugares del mundo, pero Montevideo es una de esas ciudades con las que tengo una conexión muy grande.
Antes de las redes sociales, los artistas tenían también esa cosa del imaginario que se formaba alrededor de ellos. Creo que mi música tenía algo contemporáneo y vanguardista. Y eso es algo que intento mantener hasta hoy, intento dar un paso adelante de lo que las personas están escuchando, de la moda del momento.
—Planet Hemp llegó a su fin después de más de tres décadas de historia. El año pasado se despidieron con la gira A Última Ponta. ¿Cómo fue vivir esos últimos shows sabiendo que realmente eran una despedida? Y, mirando hacia atrás, ¿cuál creés que fue la principal contribución de Planet Hemp a la música brasileña?
—Casi me muero. Fue impresionante cómo mi cuerpo sintió ese final de la banda. Creo que fue una decisión muy acertada terminarla, pero no entendí por qué quería hacerlo hasta que terminó la gira. Después del último show me senté en el backstage, miré a todo el mundo y entendí que, en realidad, quería eternizar ese trabajo, ese proyecto, que es lo más importante que hice en mi vida. Planet Hemp representa todo lo que soy. Crecí como artista ahí adentro. Tuve el honor de compartir la banda con decenas de personas, porque tuvimos distintas formaciones y pasó mucha gente. Pero lo sentí muchísimo. Me puse muy triste. Aunque había sido una decisión mía, estaba muy triste porque aquello estuviera terminando.
En mi religión, Ifá, cuando hay una muerte, una transición, celebramos la vida. Entonces intenté celebrar también lo que estaba haciendo y eso me dio cierto alivio. Pero fue extraño porque pensábamos que íbamos a hacer una gira tranquila. Al fin y al cabo estamos en 2026, ¿no? Y la gira estuvo llena de persecuciones de la Policía, de jueces, prohibiciones. Parecía que todavía estábamos en los años 90. Fue bastante loco todo eso, pero para mí era importante terminar Planet Hemp así. Y fue bueno terminar la banda con todos siendo amigos. Seguimos siendo una crew, un equipo. Eso para mí era esencial. Tal vez terminamos la banda justamente por eso. Dentro de Planet Hemp ya no nos aguantábamos más, pero después íbamos a la casa del otro para hablar fuera de la banda. Mantener eso era muy importante. Pero fue difícil.
—Ahora que hablás de las persecuciones, es muy fuerte pensar que las letras que hicieron en los años 90 trataban tantos temas tabú que, varias décadas después, siguen siendo bastante vigentes. ¿Imaginabas que esas canciones continuarían siendo tan actuales?
—No. En realidad tenía ese sueño de pibe joven de que íbamos a cambiar el mundo y solucionar todos esos problemas. Pero hoy, creo que esas cosas tienden a empeorar. Parece que vivimos dentro de un gran Big Brother, dentro de 1984, de George Orwell. Estamos observados, somos seguidos y los algoritmos nos llevan hacia donde quieren. Hablamos de una marca, abrimos el celular y aparece un anuncio de esa marca. Las cosas están bastante extrañas en ese sentido.
Saqué todas las redes sociales de mi celular porque sentía que ya era demasiado para mí. Me estaban sacando el foco de lo que realmente quiero hacer en la vida y no me aportaba nada quedarme mirando la vida de los demás. Creo que estamos viviendo un momento muy difícil. Hay una ola de extrema derecha, de un conservadurismo que roza, o que directamente ya es, fascismo. Esa cosa de separar.
Es bastante loco porque, a fines de los años 80, cuando me hice punk, grité muchísimo “no habrá futuro”, “el mundo se está terminando”. Pero en el fondo creo que pensaba que era apenas un grito desesperado para decir: “El mundo va a mejorar”. Y ahora, casi 40 años después, miro hacia atrás y pienso: “Ese pibe punk tenía mucha razón”. Vivimos en una distopía increíble, con tal vez el mayor nivel de desinformación, a pesar de que tenemos muchísimo acceso a la información en nuestras manos.
Pero para mí, la música y el arte siguen siendo un lugar de utopía. Un lugar desde el que creer. Si no fuera así, realmente no haría lo que hago. Hacer música y hacer cine —que es algo que vengo haciendo bastante— tiene que tener un propósito. Y ese propósito es esa utopía: creer que las cosas pueden cambiar, creer que existen alternativas.
Creo que yo mismo soy una prueba de que existe una alternativa. Soy padre, tengo cinco hijos, y busqué una manera alternativa de ser padre, distinta de la que me dijeron que tenía que seguir. Tengo una relación muy saludable con mis hijos. Soy un marido diferente del que me dijeron que tenía que ser. Está bien, es mi cuarto matrimonio (se ríe) y me di muchos golpes contra la pared hasta llegar a una relación saludable como la que tengo ahora, pero busqué esas alternativas. Escapé de lo que parecía obvio y de mucho de lo que es conservador.
—Quiero aprovechar algo que dijiste sobre las redes. Algunos discos fundamentales de tu carrera fueron subidos a las plataformas hace poco. ¿Qué te genera saber que una música hecha hace tantos años ahora puede llegar a otras generaciones a través de Spotify? Y, al mismo tiempo, ¿cómo ves esta nueva forma de consumir música? Antes un disco estaba pensado como una historia; hoy muchas veces llegamos a una canción a través del algoritmo. ¿Qué ganamos y qué perdimos?
—Hay algo muy fuerte ahí: naturalmente cambiamos “escuchar música” por “consumir música”. Estoy leyendo un libro sobre The Jesus and Mary Chain, una banda que amo, de los años 80, que fue muy influyente para mí. Y ellos hablan todo el tiempo de escuchar música: “Escuché esto, escuché aquello”. Y pensé: “Ya no hablamos de escuchar música. Decimos que consumimos música”. En los últimos meses, tal vez en el último año, con Manual Prático, empecé a mirar eso de otra manera. Empecé a pensar en cuánto la cantidad no significa calidad. La música pop demuestra eso hace bastante tiempo: los más vendidos, los más escuchados, no necesariamente son los mejores. Al menos desde mi punto de vista. Para mí hay una gran farsa en este universo digital. Y no solamente en el streaming, también en las redes sociales. Te dicen: “Ahora vas a tener acceso directo al público”. ¡Una mierda! Tengo 1,8 millones de seguidores y llego al 1% de ellos. Porque, si no pagás, no llegás. Entonces esa supuesta libertad no es tan clara.
Y tampoco sé cuánto me atrae saber que un algoritmo llevó mi música hasta una persona, en vez de que esa persona buscara mi música, incluso sin saber quién soy. Que su propia curiosidad la llevara a decir: “Me gustaría escuchar una música que venga de este lugar, que tenga estas características”. Todavía estoy procesando eso porque, de cierta manera, las big techs terminaron con la música. Ahora la voz tiene que entrar antes de los diez segundos porque, si no, aumenta el skip rate. Tiene que haber un estribillo en determinado momento. Se transformó en una matemática muy inhumana. Parece que cada vez más la música tiende hacia el mercado. Para mí, los artistas eran quienes marcaban el camino, no quienes seguían el camino. Y ahora la mayoría de los artistas siguen el camino.
Ayer fui al show de Rosalía y quedé impactado: todo estaba en su lugar, hecho con muchísimo cuidado, y entregándole al público algo que fuera ella, no lo que esperan de ella. Estamos viviendo un momento muy delicado del ser humano, en el que las personas viven mucho bajo la mirada de los otros. Las personas parecen mucho más interesantes en las redes sociales de lo que realmente son. Y debería ser al revés: tendrían que ser más interesantes en vivo que en las redes. Digo esto también por el arte. Creo que el arte tiene que ser más interesante de lo que las personas esperan de él. En mi carrera siempre intento sorprender al público. Que mire y diga: “Guau, no esperaba esto”. No soy el tipo de artista que está acá para hacer la voluntad del público. Me gusta mucho desafiarlo y sacarlo del lugar común. Creo que el arte sirve para eso.
—Y aprovechando eso de sorprender al público, quiero entrar en tu trabajo más reciente. El samba siempre apareció en tu obra, pero ahora hay una búsqueda mucho más contundente. Cuando hablás del “nuevo samba tradicional”, ¿sentís que existe realmente una nueva escena o es más bien un movimiento artístico que estás proponiendo vos?
—La escena del nuevo samba tradicional existe en mi cabeza (risas). No, existe. Creo que todavía no está nombrada o formada, pero existe. Seguí mucho una idea que escuché hace años —no recuerdo exactamente quién dijo la frase— de que el artista no crea nada: simplemente observa lo que está sucediendo en la sociedad y lo retrata. Creo que el movimiento del nuevo samba tradicional es un retrato que intento hacer de Brasil y, principalmente, de una fotografía muy específica de Río de Janeiro, de la Zona Norte. Aunque creo que eso termina cabiendo en Brasil entero.
Es retratar un Brasil que fue masacrado durante los cuatro años del gobierno de Bolsonaro y por la pandemia. Fuimos muy atacados por ser quienes somos. Y percibí que tenía que hacer una exaltación de nuestro propio “yo”, de lo que somos. Que salga la camiseta de la CBF y entre la camiseta de Mangueira. Creo que la propuesta del nuevo samba tradicional es esa: mirarnos a nosotros mismos.
Luiz Antonio Simas definió Iboru —y creo que este nuevo samba tradicional comienza en Iboru— con la metáfora del arco y la flecha: cuanto más tiraba hacia atrás, más lejos podía llegar hacia adelante. Creo que toda mi carrera tiene esa búsqueda. El artista tiene el privilegio y también el deber de cantar su contemporaneidad. Y creo que estoy haciendo eso. Busqué en mis raíces, en mi tierra, en mi pueblo, en todo lo que soy. En estos tres volúmenes que lancé —y ahora voy a lanzar un cuarto de Manual Prático— intenté homenajear a las mujeres de mi familia, porque creo que mi legado es un legado compartido con las personas que hicieron que yo llegara hasta acá. Entonces, como respuesta a esa ola de fascismo tropical que azotó Brasil —y que todavía sigue siendo una posibilidad—, quise responder con ese tipo de mirada. Mientras ellos consideran que negros, gays, mujeres y pobres son despreciables, yo canto exactamente lo contrario. Digo que esas minorías son lo que somos. La belleza de nuestro país y de nuestro pueblo está justamente en esa mezcla y en la aceptación de todo lo que somos.
Manual Prático es también un laboratorio que hice para experimentar. Puedo volver a citar a Rosalía: cuando escuché “Malamente” y después Motomami, entendí mucho sobre el camino que podía tomar la música pop con raíces. Siempre escapé bastante de ser un artista pop, aunque sea un artista de la música pop. BNegão dice algo que me gusta: “Somos underground, pero artistas underground que habitan el mainstream”. Para mí fue muy interesante hacer un trabajo más pop y que, al mismo tiempo, fuera un trabajo de investigación y de búsqueda en las raíces.
Manual Prático fue un descubrimiento para mí. Algo parecido a lo que me pasó con A procura da batida perfeita: de repente se encendió algo y se abrieron un montón de posibilidades artísticas. Para mí es muy importante tener un propósito. Todos los días tenemos pequeños propósitos: llevar a tu hija a la escuela, amar, ser amado… La vida nos pone miles de esos pequeños propósitos por día. Pero encontrar un gran propósito, como mover una escena, es otra cosa. Tal vez el nuevo samba tradicional sea una escena de un solo hombre. Tal vez sea solamente mi escena. Hay muchos artistas que colaboraron, otros músicos, pero creo que el tiempo va a decir qué fue todo esto. Intento mirar el momento y escribir la historia de ese momento, hacer que sea único y especial. Y así ha sido este camino del nuevo samba tradicional, desde Iboru hasta ahora. En estos últimos tres años recorrí decenas de países con estos shows, experimenté, canté en grandes festivales. Hice que sucediera. Puse al samba ahí porque para mí era muy importante, como artista, ser una especie de soldado del samba. Llevé el samba a gente más joven. Y, modestia aparte, tengo conciencia de mi contribución al lugar que ocupa el samba en este momento, de ver personas que no eran del samba yendo a rodas de samba y disfrutándolo. Para mí ha sido un trabajo hermoso.
—Es un trabajo con muchas capas y también hiciste cuestión de ir comunicando lo que estabas haciendo. Hay además una dimensión espiritual y afrobrasileña muy fuerte: ¿esa investigación partió de un proceso espiritual tuyo o fue al revés, y el acercamiento a esas músicas fue profundizando tu espiritualidad?
—Guau. Es difícil esa pregunta. Creo que no sé responderla porque esos caminos avanzaron muy juntos. Perdí a mi madre hace cinco años y, cuando empecé a hacer Iboru, naturalmente fui a buscar algún consuelo por ya no tener a mi madre y a mi padre acá conmigo. Mi madre era una persona muy espiritualizada. Yo tengo un problema con las religiones, con los dogmas, con seguir reglas. Me cuesta mucho. Entonces Ifá fue el lugar donde me sentí más cómodo para establecer esa conexión con mis antepasados. Ese era mi principal objetivo dentro de la espiritualidad: conectarme con mis antepasados, sentir mi ancestralidad. Creo que una puerta fue abriendo la otra. Cada vela que encendía era un tambor que sonaba. Cada rezo era una música diferente que salía. Cada conexión con un juego de Ifá, cada vez que estaba frente al tablero hablando con Orunmilá, levantaba la cabeza y estaba delante de un gran sambista, de un gran productor. Vengo de una familia muy loca en ese sentido: cada uno tenía una religión. Uno era de religiones afro, otro católico, otro evangélico. Mi abuelo era ateo. Pero era de esos ateos que bromeaban. Le preguntabas: “¿Sos ateo de verdad?”, y respondía: “Gracias a Dios, soy ateo”. Entonces la religión en mi familia siempre fue un camino muy único, muy personal. Y después de que murió mi abuelo entendí eso. La religión me llevó a un lugar muy profundo. Y la música que hice durante estos últimos años me abrió una puerta. Cuando imaginé que el grave de una 808, de una batería electrónica, podía tocar para un orixá, no era necesariamente algo que nunca hubiera hecho antes, pero apareció desde otro lugar. En otro momento. Era tocar el tambor no solamente para el público o para una platea que escucha en Spotify, sino tocar el tambor también para mis antepasados. Eso vino muchísimo de la religión. Iboru habla justamente de eso. Iboru, Iboya, Ibosheshe es nuestro saludo en Ifá. Fue algo muy importante para mí. Mi voluntad de escribir para Ogum, por ejemplo. Fue muy gracioso porque le pregunté a mi padrino, mi pai de santo, si podía escribir un punto para Ogum. Y me respondió: “Solamente los bendecidos pueden”. Yo le dije: “Ah, entonces soy yo mismo”. Y empezó a reírse. Ese tipo de comportamiento es también lo que nos lleva hasta acá. Estos últimos años fueron un camino espiritual, pero decir solamente eso es poco. Es algo que no entra del todo en palabras. Como el amor, a veces. A veces el amor no cabe en esa palabra. Estos últimos años fueron así. No caben en una palabra. Estoy exhausto porque en los últimos tres años lancé ocho discos, dos películas, una serie en Prime, hice un centro cultural, viajé por unos 22 países. Estoy agotado, pero me siento pleno, muy lleno, preparado para una nueva etapa. Estoy casi cerrando estos círculos.
—Después de más de 30 años de carrera, tantos discos y toda esta producción de los últimos años, ¿sentís que todavía te queda algo pendiente? ¿Hay algo que todavía quieras concretar?
—En 2013 lancé Nada Pode Me Parar y pensé que había terminado. Pensé: “Listo, ya no tengo nada más que decir”. Pero siempre aparece algo. La muerte de mi madre me hizo navegar por estas aguas en las que estoy ahora y de las que estamos hablando. Siempre sucede algo que inspira, que te da ganas de escribir. Después de Nada Pode Me Parar estuve varios años sin lanzar un disco, porque escribí un guion, dirigí y produje una película, que después se convirtió en una serie. Ahora ya no subestimo esa cosa del universo. Me siento muy privilegiado por haber tenido la vida que tuve. La vida fue y sigue siendo muy generosa conmigo. Soy un tipo inquieto. No acepto simplemente cualquier cosa que la vida me da.
Una amiga mía tiene una frase que amo: “Las personas interesadas son personas interesantes”. Yo quiero ser una persona interesante, entonces soy un tipo interesado. Quiero saber de todo, participar, hacer. Creo que todavía hay un camino por recorrer. Voy a buscarlo. Tal vez esté fuera de la música. Llevo 30, 35 años haciendo música. Puede ser fuera de la música, puede ser en el cine. Tal vez abra una florería y me ponga a vender flores. No sé. Alguna cosa va a darme ese propósito, ese camino.
—No quiero terminar sin preguntarte por tu participación en el disco póstumo de Erasmo Carlos. Me encantó “Maria Joana”. ¿Cómo surgió la invitación y cuál era tu relación con la obra de Erasmo?
—Trabajé durante más de 20 años con un sobrino de Erasmo, así que tenía mucha proximidad con él. Era casi como una familia. Quiero mucho a su familia, a su hijo. Todavía me siento parte de esa familia. Erasmo formó muchísimo parte de mi música. Era un ídolo que después se convirtió en amigo y ahora queda la saudade. Aprendí muchísimo con él, canté mucho con él, hicimos varias cosas juntos. Era un tipo increíble.
La invitación llegó a través de Nave, que es un productor que trabaja conmigo hace casi 20 años. Empezamos a trabajar juntos en 2006. Es un productor increíble y produce casi todo lo que hago. Me dijo: “Me llamaron para producir una canción para Erasmo y pensé en esta”. Yo amo esa canción. Tiene ese doble sentido. Ya había intentado samplearla en los años 90. Quería usar “Maria Joana” en “Queimando Tudo”, pero no conseguí la autorización. En aquella época nadie entendía demasiado lo del sample: “¿Cómo que vas a poner un pedazo de una canción dentro de otra? No puede ser”. No conseguí la autorización y mirá las vueltas que da el mundo: terminé llegando hasta acá.
—Para terminar: ¿qué estás preparando para el show del día 29 y para este reencuentro con el público uruguayo?
—Como hace mucho tiempo que no voy, estoy preparando algo especial. Tengo una banda increíble que mezcla el jazz de Santa Teresa, la batería brasileña, las rodas de samba, el rap y la música electrónica. Y como hace mucho que no voy a Uruguay, voy a tocar un poco de todo: bastante de Manual Prático, pero también de Planet Hemp. Siempre me reciben muy bien en Montevideo, así que estoy seguro de que va a ser increíble.