CATERINA NOTARGIOVANNI
Son miles las historias humanas con las que se cruza un periodista a lo largo de su carrera. Algunas resultan útiles como disparadores de temas a investigar y otras se procuran para ilustrar un informe con nombre y apellido. Pero hay historias que merecen ser desplegadas por sí mismas, ya sea por su características inspiradoras, diferentes, curiosas, pioneras o hasta crueles.
De entre cientos de rostros entrevistados, Domingo seleccionó cinco: Victoria Julien (quien a los 9 años se enteró que era hija de desaparecidos), Silvia Bustelo (primera madre parapléjica del país), Alberto Restuccia (actor, director, poeta, dramaturgo, víctima de abuso sexual y amante de hombres y mujeres), Juan (un joven a quien el consumo de drogas lo alejó de su condición humana) y Doris y Eduardo (dos padres que vivieron 15 años en un infierno hogareño a causa de un hijo adicto). Porque son ejemplos de la capacidad de resiliencia, de permanecer fiel a sí mismos le guste a quien le guste, de perseguir los sueños aunque ello implique poner en riesgo la propia vida y de lo devastador que puede ser el consumo abusivo de sustancia, tanto para el adicto como para su familia.
identidad rota. Dos niños de cuatro y año y medio son abandonados en una plaza de Valparaíso, Chile. Se llaman Anatole y Victoria, y son hijos de Roger Julien y Victoria Grisonas, un matrimonio uruguayo refugiado en Argentina. El padre fue asesinado durante el operativo de captura de septiembre de 1976 (otra versión dice que habría tomado cianuro) y la madre enviada junto a sus hijos al centro de reclusión y tortura conocido como Orletti. Nada se sabe sobre el destino posterior de la señora Grisonas ni sobre cómo los niños terminaron en una plaza. "Creo que nos iban a entregar a alguna familia. Pero algo salió mal", contó Victoria Julien en marzo de 2009.
"No hay comprobación de nada de lo que sucedió con mis padres, por eso quiero que se investigue. Quiero saber de mi madre... Me causa mucho dolor y conflicto pensar en lo que le pudo pasar en los centros de tortura. Por mí que hubiese muerto en el operativo. Pero fantaseo con esas ideas horrorosas. Hay cosas peores que la muerte, y la tortura es una de ellas", dijo Victoria.
Recogidos en aquella plaza por autoridades chilenas, Victoria y Anatole fueron dados en adopción a distintas familias. Tres años más tarde los niños fueron reconocidos como hijos de desaparecidos, pero Victoria no lo supo hasta cumplidos los 9. "De niña sentía una tristeza que no sabía de dónde venía", relató. "Pasé muchos años de mi vida en depresiones, en excesos, en problemas internos. Pensaba que no iba a pasar de los 40 años, que moriría antes. No pensaba en el futuro, no, porque no iba a vivir lo suficiente. No estaba bien, estaba enferma del corazón, de la mente. Hasta que hice lo necesario para recuperarme. Recién hace un par de años pude empezar a respirar más en paz", agregó en otro momento de la charla. Victoria, de 34 años entonces, dijo haber asumido la muerte de su padre, no así la de su madre. "Siempre sueño que pueda estar viva, que un día toque la puerta", admitió.
Fuentes cercanas a Victoria aseguraron que este 2010 la encuentra cada vez más convencida de venir a vivir a Uruguay y que a pesar de la desilusión con el resultado del plebiscito por la anulación de la Ley de Caducidad, mantiene las ganas y el compromiso de encontrar la verdad.
Sueño cumplido. Cuando Silvia Bustelo tenía once años fue sometida a una operación cardíaca sencilla llamada ductus arterioso. Pero un error del cirujano (desgarro aórtico) le provocó la muerte de parte de la médula espinal, lo que la dejó 43 días en el CTI y el resto de la vida en silla de ruedas. Aunque allí confinada, Silvia siempre supo que quería ser madre. Pero debido a su condición -sufre repetidas infecciones urinarias, fractura de pelvis, osteoporosis, artrosis y trombofilia; patología de la sangre causante de entre el 50% y 60% de la pérdidas de embarazos-muchos médicos le dijeron que era una locura. No obstante, lo intentó, y luego de dos matrimonios y de cuatro embarazo perdidos, nació Belén, un 25 de julio de 2005. Ese día se convirtió en la primera mujer parapléjica que logra ser madre. Silvia vive sola con su hija, con una magra pensión por invalidez y apoyo materno. "Lo que quiero es conseguir un mayor ingreso", señalaba en agosto de 2008, cuando fue entrevistada por Domingo.
Silvia dijo no sentirse limitada como madre. "Pero el otro día, en una de las consultas con la psicóloga, apareció que uno de los problemitas de ella, ciertos enojos, podrían deberse a que tiene una mamá que no camina. Y no puede participar de juegos como correr o jugar a la pelota. Eso no me angustia porque trato de compensar y de repente estoy horas jugando a la comidita, a las madres o en la cama jugamos a las luchas; eso me tiene un poco mal de la espalda, por cierto. Pero a ella lo que más le gusta es la pelota y lo hacemos, sí. Me pongo de costado y le tiro la pelota con las manos", relató entonces. También admitió sentirse desbordada "todo el tiempo", lo que no quiere decir que esté arrepentida: "Ella era el techo de mis sueños".
Febrero de 2010 encuentra a Belén en perfecto estado y a Silvia internada debido a una úlcera de apoyo. Eso parece no incidir en su semblante: "Estamos lo mejor que podemos". Conmovidos por la historia, algunas personas se acercaron a ayudarla. Belén empezó a recibir una asignación del Mides y Silvia cuenta con locomoción gratuita para trasladarse adonde lo necesite. Vivir por lo menos hasta que su hija cumpla 15 años y tener un taller de ropa son los próximos sueños a cumplir.
Uno diferente. Únicamente una persona que se ubica "más allá del bien y del mal" se anima a contar en una entrevista que fue severamente castigado físicamente por su madre, violado por un sacerdote del colegio, se refiere a sí mismo como "el" o "ella" al mismo tiempo y acepta ser catalogado como "pansexual"; ni hetero, ni homo, ni bi.
Así lo hizo el actor, director, poeta y dramaturgo Alberto Restuccia, de 67 años. Primero ante los periodistas Gustavo Rey y Nelson Barcelos para el libro biográfico Uno diferente. La vida de Alberto Restuccia (Estuario, 2009) y luego para Domingo, en diciembre pasado.
Pero más allá de estas vivencias, y también debido a ellas, Restuccia es una figura imprescindible del escenario uruguayo: fundador del mítico grupo Teatro Uno ("uno de los fundadores del Frente Amplio en el ´71"), creador del unipersonal más visto de la historia del teatro nacional (Esto es cultura, animal) y protagonista del primer desnudo sobre las tablas que se recuerde.
Casado tres veces, con cuatro hijos y cuatro nietos, confiesa que el amor de su vida fue el Bebe Cerminara, fallecido en 1999, con quien mantuvo una historia de 40 años. A la vez, las mujeres le provocan admiración: "Creo que la mujer es superior al hombre. En primer lugar, porque tiene útero, que es un puente hacia el futuro... A mí me gustaría ser mujer. Reconozco que puedo ser una mujer virtual, pero me gustaría ser una real. Yo, que engendré hijos con otras mujeres, me gustaría llevar uno dentro de mi cuerpo", admitió.
Desplegar esa identidad a piacere no debe haber sido sencillo, mucho menos 50 años atrás. Sin embargo, Restuccia escribe una línea sobre el final del libro que puede resumir lo aprendido luego de tantos años de transgresión: "No le des importancia a los pequeños asuntos, y casi todos son pequeños asuntos". O como explicaría luego en la entrevista: "No te tomes tan en serio el mundo... hay tres o cuatro cosas que realmente importan en la vida y a esas cosas hay que darles bolilla. Pero tampoco que te obsesionen y que termines enfermo por eso. Nada es tan importante, si igual nos vamos a morir todos".
"No podía poner un límite, me sentía un títere de la droga"
Juan empezó a consumir alcohol como una "gracia", actitud típica de un púber de 12 años. Luego probó la marihuana, que le gustó, aunque al poco tiempo ya no lo satisfacía. Hasta entonces, era buen estudiante, jugador de fútbol y recorría las noches como vocalista de una orquesta. En una de esas salidas probó la cocaína. Entonces todo dejó de ser "gracioso". Suspendió la entrada a clase, repitió el año, dejó el liceo. "Era incapaz de poner un freno. Me sentía un títere de la droga", contó en noviembre de 2009. Si una sustancia le faltaba a su "carrera de consumo" era la pasta base. Ahí comenzó la caída libre sin escalas hasta el fondo. "Estuve tres años y pico desconectado de todo", relató. La realidad era su pareja, sus dos hijos (hoy tiene 4) y sus padres. "No sé qué es lo peor. He mentido, manipulado, robado. Pero lo que a uno más le duele es perder la capacidad de ser humano, de ser gente, con los tuyos, con tus chicos. No cumplir el rol de padre, de hijo, de esposo. Cualquiera te pisotea", ilustró. Un día dijo basta. "¿Qué sos? ¿Un ser humano?", llegó a preguntarse. Acudió al Portal Amarillo y logró mantenerse limpio por 2 años. Recayó, se recuperó, y hoy lleva siete meses sin resbalones. "Tengo 23 años y perdí mucho tiempo... ahora empecé a sentirme vivo de vuelta", confesó.
Doris y Eduardo llevan 43 años casados. También ellos sufrieron los efectos de la adicción, pero del otro lado del mostrador: con el tercero de sus cuatro hijos. A los 13 años lo encontraron fumando porro y no dejó de consumir esa y otras sustancias hasta los 28 (hoy tiene 38). Pero eso los padres no lo supieron entonces. Creyendo que sus problemas de conducta se debían a una patología, lo hicieron tratar por especialistas. "Nos dijeron que era bipolar, neurótico, suicida en potencia, que tenía todo lo habido y por haber... llegó a tomar nueve pastillas diferentes al mismo tiempo. Pero nunca un psicólogo o psiquiatra me dijo: `El problema de su hijo es la droga`", contó Eduardo. Tras una sobredosis de cocaína la verdad quedó al descubierto. "Tuve muchos errores, pero fue por desconocimiento... Sufrí todas las consecuencias de la adicción. Mi hijo consumía drogas y yo sus conductas", reconoció el padre. Aunque con recaídas, el hijo lleva ocho años limpio. A sus padres les llevó 15 años aprender y reconocer la enfermedad. Hoy son representantes de la Regional Uruguay de la Federación Brasileña de Amor Exigente, grupos de apoyo ocupados en la acción, prevención e inserción del adicto en el entorno familiar.
La lección aprendida es que todos buscan responsables pero nadie se hace cargo del problema: "Que la policía es muy dura o muy blanda, que el gobierno hace o no hace, que los médicos tal o cual cosa, que los educadores también, cuando se pasan cuatro horas con el chico y el resto está en su casa. Yo, como integrante del tejido social, no hago nada por mí y todo lo pongo en manos ajenas", concluyó Eduardo.