La mayor parte son estudiantes universitarios, otros lo tienen como trabajo fulltime. Cobran a destajo, entre $25 y $70, según el largo del formulario.
GABRIELA VAZ
Ramiro se ríe. La ley de Murphy se cumple, y eso que raramente sucede se da justo el día que los periodistas de Domingo están presentes. La primera puerta que el trabajador de Equipos Mori toca en una residencia de Punta Carretas resulta en una respuesta positiva; el dueño de casa accede a contestar. Minutos antes, el experiente encuestador había explicado que los barrios de mayor poder adquisitivo son los que muestran más nivel de rechazo. Es decir, es más frecuente que sus habitantes se rehusen a participar en una encuesta, en comparación con los de zonas carenciadas.
Una vez que termina de completar el largo formulario y da las gracias al primer encuestado, Ramiro mira el mapa que le dieron en la "base de operaciones" de la empresa Relevamientos & Procesos -encargada de realizar el trabajo de campo para Equipos Consultores- para seguir con su ruteo. Allí se especifica en qué orientación debe continuar. Como lo indica el protocolo, se saltea tres puertas y toca el timbre de la cuarta. Un hombre de unos cuarenta años que disfruta del día en el frente de su hogar declina la invitación. El fracaso se repite en los tres siguientes; en dos nadie sale a abrir, en otra una voz en el portero eléctrico se excusa alegando falta de tiempo. Cada intento queda registrado en una planilla, donde se adjunta dirección y motivo del rechazo, si lo hubo.
El próximo da sus frutos. Otro hombre, esta vez bastante mayor, se muestra complacido de poder responder. La encuesta es de Opinión Pública -una "OP", como le llaman los trabajadores- donde, además de las esperadas preguntas sobre a quién votará en el balotaje del 29 de noviembre, se indaga acerca de la percepción del encuestado en otros y variados temas de Estado. Por ejemplo, se le solicita una evaluación del funcionamiento de los entes públicos, con cinco opciones de respuesta: muy bien, bien, regular, mal, muy mal. Cuando le tocó contestar sobre OSE, el hombre comenzó a contar una anécdota de la vez que debió realizar un reclamo... El encuestador escucha pacientemente, pero luego intenta encauzar la respuesta de acuerdo a las necesidades del formulario. Por más largo que sea el cuento, al final deberá resumir: muy bien, bien, regular, mal o muy mal.
Igual está acostumbrado. No es raro que deba oír largas peroratas, aunque tampoco es lo más común. Eso sí, jamás puede concluir una respuesta, ni mucho menos sugerirla. Ni siquiera está autorizado a "explicar" una pregunta. Como mucho, la puede repetir más lentamente.
Con dos encuestas listas en la carpeta, Ramiro continúa la ronda. Tiene que conseguir dos respuestas más en esa manzana, lo que se traduce en dos horas más de trabajo en la mejor de las hipótesis. Cada formulario tiene una duración estimada de 45 minutos, pero siempre dependerá del encuestado. Y a eso, debe sumarle el tiempo de búsqueda, entre puertas que se cierran, casas vacías, o personas no aptas para contestar (menores de edad, o gente que no reside en el hogar seleccionado). Y después, pasar al siguiente mapa: otro barrio, otra manzana, otras puertas. Es mediodía y el sol pega fuerte, pero la jornada acaba de comenzar.
PROHIBIDO REFORMULAR. Este año las empresas consultoras se volvieron las vedettes de la información nacional. Sus productos estrella, las encuestas, son el dato más ansiado y tal vez el más temido. Es que los uruguayos eligen presidente y esos porcentajes pueden dirigir el rumbo de las campañas y los discursos, aunque los agentes políticos varíen su opinión sobre la credibilidad de los números en función del lugar que les den.
Algo similar ocurre con la opinión pública. Los propios estudios indagan sobre esa percepción. A la pregunta "¿Usted tiene confianza en el resultado de las encuestas?", y frente a las opciones mucha/alguna/poca/ninguna, lo más frecuentes es que se conteste "alguna", según cuenta Ramiro Lorenzo, quien con 31 años lleva 10 trabajando como encuestador.
En un sondeo realizado entre los lectores de El País Digital, un 39% aseguró que no cree en ellas, un 36% dijo que sí, y el 25% confió que cree "en algunas". El 93%, en tanto, afirmó que no inciden en su voto.
Son los gajes de un oficio que por estos días se encuentra bajo la lupa. Pero nadie dentro de las consultoras habla de "zafra". "Trabajamos igual todo el año, todos los años. Ahora (con las elecciones) se incrementa la muestra. Pero para nosotros es exactamente lo mismo", explica Jennifer Cubas, de Relevamientos & Procesos, una empresa que trabaja para varias consultoras, pero cuyo principal cliente es Equipos Mori, para quien realiza encuestas de Opinión Pública desde hace 15 años.
La plantilla de la compañía cuenta con 40 encuestadores en todo el país (ver recuadro), la gran mayoría son estudiantes de Sociología, Ciencias Políticas, Psicología y Comunicación. Entre ellos deben conseguir los 1.200 casos a nivel nacional que se requieren en las OP en período de elecciones. Para ello, se sortean 300 manzanas; de cada una deben sacarse cuatro encuestas. Si no se consiguen, ya está estipulado a qué manzana vecina deben pasar para lograr los casos faltantes. Es imprescindible que todo sea aleatorio, en ninguna situación el encuestador puede elegir una casa. Por eso es vital que se atenga al protocolo.
También es por eso que jamás pueden re-formular una pregunta. "Cada uno usaría sus propias palabras y se corre el riesgo de sesgar", dice Estela Núñez, de 29 años y cinco como encuestadora. La premisa se cumple a rajatabla, y ella pone un ejemplo. Una de las preguntas de la OP de Equipos indaga sobre el conocimiento que tiene el encuestado de los ministros. Se les pregunta si saben quién está al frente de equis cartera. "Pero te tienen que decir el nombre. A veces te dicen `ahh... sí, este.. ¿cómo es que se llama?` O es muy común que con (el ministro de Vivienda, Carlos) Colacce te digan `el de la mancha en el ojo`, pero si no te dicen el nombre, no lo puedo poner, y tampoco les puedo decir cómo se llama, aunque me pregunten".
La posibilidad de sesgar se intenta evitar hasta en los mínimos detalles. Cuando se trata de sondeos de OP, los encuestadores no pueden vestir con ningún color que tenga identificación partidaria.
Tampoco vale arrepentirse. Puede pasar que el encuestado opinó primero que UTE funciona "regular" y minutos después, mientras contesta otra pregunta, recuerde algo y quiera cambiar la respuesta. "`Ah, poné que funciona mal, porque a mí me pasó tal cosa`, te dicen, y en realidad lo podés anotar como una observación, pero la respuesta que vale es la primera. Pero pasa poco, porque en general la gente se engancha y se olvida de lo que le preguntaste antes", cuenta Ramiro. "A veces pasa que la persona te contesta lo que quiere. Le preguntás `Del 0 al 10, ¿qué puntaje le daría a tal candidato?` y te dicen `¿No tenés menos 20?` o, al contrario, `¡Ponele 50!`. Y ahí le repetís `No, señora, del 0 al 10`", relata como de memoria. Tampoco en ese caso se puede deducir que el encuestado quiso decir 0, o 10; tiene que decirlo él mismo.
¿Inseguros? Es media tarde cuando Estela llega a la Curva de Maroñas para hacer su segunda manzana del día. Mira el mapa y cuenta puertas. "Una, dos, tres... es esta". Se para frente a un portón de madera, y acomoda los formularios bajo el brazo para poder aplaudir, a falta de timbre. De la humilde casa ubicada varios metros al fondo, sale una chica de apariencia adolescente. La encuestadora se presenta, y le pregunta la edad. Dieciséis años. ¿Hay alguien más de la casa? Sí. Aparece otra muchacha, de 20 años, que accede a contestar la encuesta, mientras una niña la reclama tironeando de su pollera - "dale, mamá, vení"- y dos perros retozan a su alrededor. Pero el formulario se completa.
El escenario es diferente al que se vive en Punta Carretas, pero ninguno de esos dos barrios se compara con los extremos que deben recorrer los encuestadores, desde Carrasco y las mansiones a las que cuesta más acceder, hasta los asentamientos y las zonas rojas que, sin embargo, algunos trabajadores prefieren. ¿Por qué? Porque es más fácil encontrar gente en casa, y dispuesta a responder, si bien para las encuestas deben cubrirse todas las cuotas poblacionales en proporción (ver recuadro).
¿Cómo se maneja el tema de la inseguridad en las zonas más complicadas? Para empezar, ningún encuestador está obligado a hacer manzanas que no quiera. "Están los que te dicen `yo ahí no entro`, y bueno, no los mandás. Esos lugares los cubren otros trabajadores. Incluso están los que prefieren hacer Cerro Norte que Pocitos", explica Cubas. Es que este último es uno de los barrios con más rechazo, dado que los porteros no colaboran con la tarea de los investigadores.
"En cualquier trabajo estás expuesto (a la inseguridad). De todas formas, los encuestadores saben que si se mueven en un barrio complicado no van ir vestidos de traje, o con algo que indique que los pueden robar. El encuestador debe camuflarse con la situación donde está", dice la coordinadora de Relevamientos & Procesos.
Ni Estela ni Ramiro tienen problema alguno en ingresar a un asentamiento y aseguran que jamás tuvieron un incidente. "Yo entro a todos lados, hasta torta fritas he comido", sonríe Ramiro. "Una vez entré a una casa de lata con piso de barro y una pieza donde había dos camas. En la de dos plazas dormía una pareja, y en la otra, de una plaza, había ocho gurises acostados así (en forma perpendicular a la cama). Eso me quedó grabado".
Aún así, Cubas admite que varios encuestadores han sufrido hurtos. Uno que ya no trabaja vivió el colmo de la inseguridad: lo robó el propio encuestado. Pero es anecdótico, aclara la coordinadora.
Estela y Ramiro sostienen que, después de tantos años realizando la misma tarea semana tras semana, nada los sorprende. Aunque para todos las encuestas estén de zafra, para ellos es sólo rutina.
"Hace 30 años que espero que me encuesten"
La mayor ventaja de la época electoral, para los encuestadores, es que la gente se muestra más entusiasta de participar en una consulta. "La política es un tema que a la gente le gusta mucho. Diría que más del 90% contesta", opina Ramiro Lorenzo, encuestador de Equipos Mori. Él mismo confiesa que, después de 10 años de labor, las únicas encuestas que lo estimulan son las de Opinión Pública. De lo contrario, prefiere trabajar como supervisor. Es decir, es quien corrobora que los datos recogidos son correctos y que el encuestador realizó bien su trabajo. Para eso, vuelve al lugar de la encuesta y habla con quien contestó. Eso suele hacerse con el 30% de los casos.
La accesibilidad está pautada en buena forma por los barrios y la edad de los consultados. En las zonas más pudientes el rechazo es mayor, y viceversa. También en el interior hay más receptividad. "Ahí es otro mundo, la gente contesta encantada, hasta te invitan a almorzar", cuenta la encuestadora Estela Núñez. El gesto se agradece, pero los trabajadores no pueden aceptar; demasiada intimidad es contraproducente. De ambas partes depende, a su vez, si ingresan a la casa o se quedan realizando el formulario en la puerta. "A veces no entrás para no darle la idea a la persona de que la encuesta va a ser muy larga".
La gente de edad media, de entre 30 y 40 años, es la que más responde, evalúa Ramiro, aunque asegura que mucho depende del encuestador. "Cómo te presentás, los gestos, el léxico, hay mucho en esos primeros segundos para que accedan o no". De todas formas, esa primera línea es parte del protocolo que los trabajadores aprenden en la empresa. Desde el "buenos días", todo está estipulado.
Pero más allá las condicionantes, en la generalidad, los uruguayos contestan de buena gana, aseguran Ramiro y Estela. "A la mayoría le gusta, y la gente te trata bien. El otro día, en La Teja, una señora me decía: `Con este frío y vos tan desabrigado. Llevate la campera m`hijo y después me la traés que te vas a enfermar`", relata Ramiro entre risas.
Para otros, se trata de una sorpresa ansiada. Cuentan que no son pocos los que abren las puertas con la frase: "¡Al fin! ¡Hace 30 años que espero que me hagan una encuesta!"
Es difícil manejar el rechazo
De los 40 encuestadores que trabajan en Relevamientos & Procesos, más de la mitad vive en Montevideo, explica la coordinadora de la empresa Jennifer Cubas. Los del interior están ubicados en Salto, Rivera, Artigas, Tacuarembó, Cerro Largo, Maldonado y Durazno, y son los que se ocupan de relevar departamentos aledaños. De lo contrario, viajan los de la capital.
El requisito que les exige la empresa es tener 6to año de liceo aprobado. La mayoría son estudiantes universitarios, pero también hay personas mayores, de 60 años o más. Para varios, se trata de un trabajo fulltime.
Desde 2005, la paga de los encuestadores está laudada por Consejo de Salarios. Es a destajo (por encuesta realizada), y depende del tiempo de aplicación del formulario. Las franjas aplicables son: encuestas de hasta 15 minutos, de 16 a 30, de 31 a 45, y de 46 a 60. A enero de 2009, corresponde: $25, $42, $55 y $69 respectivamente. Pero a su vez eso puede aumentar según otras variables, como la penetración del producto que se busque, explica Cubas. "Si es de marketing de consumo, tiene un 5% más; si es (público) ABC1, se suma un 8,5%. Nuestras encuestas generalmente están en los últimos rangos".
La empresa siempre está abierta al ingreso de nuevos trabajadores, pero Cubas dice que muchos lo subestiman como labor. "Tenés que aprender el funcionamiento del formulario, pero también tenés que saber manejar el rechazo. Eso es difícil: estar trabajando todo el día en la calle y que te rechacen una y otra vez. Después te vas acostumbrando pero al principio es más complicado. Los más experientes son los que menos se bajonean frente al rechazo, y que al otro día salen igual".
Cuando las muestras son de 1.200 casos, 490 se hacen en Montevideo y el resto en el interior, distribuidos según la población. A su vez, hay que cubrir las cuotas de franja etaria y de nivel socioeconómico para que sean representativas del país. A cada encuestador se le asignan cuatro manzanas, por las que debe conseguir 16 respuestas (cuatro en cada una) y ya tiene marcado, por ejemplo, cuántos hombres de entre 18 y 29 años necesita. Las franjas de edad más activas se buscan los fines de semana.