En Uruguay, pocas conversaciones despiertan tantas emociones como la política y el fútbol. Parecen mundos distintos: uno se juega en los poderes, los comités y las urnas; el otro, en las canchas, las tribunas y los barrios. Sin embargo, durante buena parte de la historia nacional caminaron de la mano. Compartieron dirigentes, escenarios, símbolos y hasta una misma expansión popular.
Esa es una de las principales conclusiones de la conferencia “Política y fútbol en Uruguay; historias en común”, dictada por el ministro de la Corte Electoral y escritor José Garchitorena, una actividad organizada por la Academia Uruguaya Rotaria de Artes y Letras (AURAL).
La historia comienza mucho antes de que Uruguay ganara campeonatos mundiales o consolidara su democracia. A fines del siglo XIX, el país experimentaba profundas transformaciones. Llegaban inmigrantes europeos, crecían las ciudades y los capitales británicos expandían su influencia a través del ferrocarril, los servicios públicos y el comercio. Con ellos llegó también un deporte que había nacido en Inglaterra apenas unas décadas antes: el fútbol.
Lo que inicialmente fue una actividad practicada por los británicos pronto se convirtió en un fenómeno social. La explicación era sencilla. A diferencia de otros deportes importados por los ingleses, como el cricket o el rugby, el fútbol requería muy poco: una pelota y un espacio libre. Esa facilidad permitió que el juego se extendiera rápidamente entre trabajadores, estudiantes e inmigrantes de múltiples orígenes.
Mientras el fútbol se popularizaba, también lo hacía la política. Tras la Guerra Civil de 1904, Uruguay comenzó un proceso de institucionalización que culminaría en la consolidación de una democracia moderna. La ampliación del electorado, la adopción del voto secreto y la representación proporcional modificaron profundamente la relación entre los ciudadanos y el poder.
Para Garchitorena, el crecimiento del fútbol y la expansión de la participación política respondían a una misma realidad: la incorporación de cada vez más gente a espacios de integración y pertenencia.
Fútbol y militancia
A comienzos del siglo XX, los clubes de fútbol eran mucho más que instituciones deportivas. Funcionaban como centros sociales donde se reunían jóvenes trabajadores, comerciantes, estudiantes y vecinos. Para los dirigentes políticos, aquellos ámbitos representaban una oportunidad extraordinaria para acercarse a una ciudadanía que comenzaba a tener un peso creciente en las elecciones.
Así se explica que numerosos líderes políticos ocuparan simultáneamente cargos relevantes en el fútbol. En una época en la que los clubes necesitaban terrenos, infraestructura y apoyo institucional, la presencia de figuras con influencia pública resultaba especialmente valiosa.
Uno de los casos más emblemáticos fue el de Héctor Rivadavia Gómez. Diputado, periodista y dirigente colorado, desempeñó un papel decisivo en la organización del fútbol sudamericano. Vinculado a Montevideo Wanderers y posteriormente a la Asociación Uruguaya de Fútbol, impulsó en 1916 la creación de la Confederación Sudamericana de Fútbol, la actual Conmebol.
Otro protagonista fue Juan Blengio Rocca, ministro, legislador y presidente de la Liga Uruguaya de Fútbol. Durante su gestión logró el respaldo del gobierno para construir el estadio Parque Pereira, escenario clave del Sudamericano de 1917. La intervención estatal mostraba que el deporte comenzaba a ser considerado una herramienta de integración social y prestigio nacional.
El vínculo entre ambas esferas se fortaleció aún más con la creación, en 1911, de la Comisión Nacional de Educación Física y con la aprobación de la ley de ocho horas de trabajo en 1915. La reducción de la jornada laboral permitió a miles de trabajadores disponer de tiempo libre para practicar deportes, contribuyendo al crecimiento de los clubes y de la actividad física organizada.
Expresión de identidad
A medida que Uruguay avanzaba hacia una democracia más participativa, el fútbol también se convertía en una expresión de identidad colectiva.
Los primeros clubes reflejaban incluso los cambios demográficos del país. Albion, fundado en 1891, reivindicaba sus raíces británicas. El CURCC surgía de la empresa ferroviaria inglesa. Nacional, creado en 1899, expresaba en su propio nombre la voluntad de representar a los nacidos en estas tierras. La década de 1920 mostró hasta qué punto política y fútbol podían entrelazarse. El llamado “cisma” del fútbol uruguayo dividió a las instituciones entre la Asociación Uruguaya de Fútbol y la Federación Uruguaya de Fútbol, surgida tras la expulsión de Peñarol y Central por conflictos vinculados a competencias internacionales. El presidente de la República, José Serrato, aceptó actuar como árbitro entre las partes.
Pocos años después, esa convergencia produciría uno de los mayores éxitos de la historia nacional. En 1924, Uruguay conquistó el torneo olímpico de fútbol en París. Detrás de aquella hazaña deportiva hubo también una intensa labor diplomática y política.
Atilio Narancio, dirigente de Nacional y presidente de la AUF, fue una figura decisiva para financiar la participación uruguaya. Paralelamente, el diplomático Enrique Buero logró que la Asociación Uruguaya de Fútbol fuera reconocida por la FIFA y desempeñó un papel fundamental para que Montevideo fuera elegida sede del primer Campeonato Mundial de Fútbol en 1930.
Aquella conquista internacional no fue únicamente una victoria deportiva. También consolidó la imagen de Uruguay como una nación moderna, organizada y capaz de proyectarse al mundo.
Un vínculo que sigue
Durante gran parte del siglo XX, la presencia de dirigentes políticos en los clubes continuó siendo habitual. Presidentes, ministros, legisladores e intendentes ocuparon cargos relevantes en Peñarol, Nacional, Liverpool, Cerro, Danubio y otras instituciones. Nombres como Julio María Sosa, Daniel Fernández Crespo, Luis Tróccoli, Wilson Ferreira Aldunate, Washington Cataldi y, más tarde, Tabaré Vázquez, forman parte de esa extensa nómina.
Con el paso del tiempo, la profesionalización del fútbol y la creciente complejidad de la actividad política redujeron la frecuencia de esas trayectorias compartidas. Sin embargo, los vínculos nunca desaparecieron del todo.
Hoy, el fútbol es una industria global y la política enfrenta desafíos muy diferentes a los de comienzos del siglo XX. Aun así, siguen conservando una característica esencial: continúan siendo espacios donde los uruguayos proyectan identidades, pertenencias y emociones colectivas.
Quizás por eso, como sostiene Garchitorena, política y fútbol siguen siendo las dos grandes pasiones nacionales. No porque representen lo mismo, sino porque ambas ayudaron a construir una idea compartida de país. Una en las urnas y la otra en las canchas. Dos historias distintas, pero profundamente entrelazadas.