EL PERSONAJE I ALEJANDRO SPUNTONE

"El éxito pasa por cómo uno perdura en la vida"

Perfil bajo y amante de los números, empezó en la música casi sin querer. Vestido de negro, hizo carrera con La Trampa. Y ahora prepara su regreso al show.

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"En Uruguay vivir de la música es una utopía", dice Alejandro Spuntone.

Alejandro Spuntone es un tipo común y corriente. Y le gusta serlo. Va a la feria a hacer las compras, tiende la cama antes de salir de su casa, es fanático de los partidos de fútbol de la B y tiene un trabajo de ocho horas que le permite dedicar el resto de su tiempo a lo que más le gusta: la música. Nunca se sintió estrella del rock o ídolo de multitudes. Ni siquiera cuando La Trampa se presentaba con localidades agotadas la fama alteró su deliberado bajo perfil. Como empleado de un estudio contable, salía a hacer trámites de camisa, lentes y pelo atado en una colita mientras los jóvenes como él hacían filas interminables para comprar las entradas a sus shows. En la oficina, la radio estaba siempre prendida y El poeta dice la verdad sonaba cada diez minutos. "Algunos me reconocían en la calle, pero la mayoría no. Y en el estudio todos sabían, pero yo estaba ahí pasando contabilidad como uno más", dice hoy, 44 años y peinando canas. "Era una cuestión más de mi vida privada. Si yo fuera carpintero capaz que hacía buenos muebles y me iba bien con eso. Pero tengo una banda, hemos hecho un montón de cosas y a la gente le gusta, pero no va más allá, no me como esa pastilla. Por eso voy a la feria a comer una hamburguesa de un carrito que me encanta. Y ojalá no lo deje de hacer nunca".

Sin embargo, cada tanto, aparece alguna novedad de su faceta como músico que altera esa rutina de hombre anónimo que él tanto cuida. La más reciente fue que el regreso de La Trampa, previsto para marzo, agotó primero dos Teatro de Verano... y luego tres. En una semana ya no quedaban más entradas. "Este año la banda cumplía 25 años y surgió la idea de hacer algo. Nuestro último show grande había sido en el Teatro en 2008 y queríamos volver ahí, un lugar donde tenés a la gente más cerca y se escucha mejor. Y ahora que tenemos tres teatros llenos te genera esa cosa linda de decir, ¿y ahora qué hago?". Por lo pronto, ya grabaron dos temas nuevos y ensayan dos noches a la semana.

El resto del tiempo, Spuntone lo dedica a Guzmán Mendaro, con quien desde 2011 comparte un proyecto que ya lleva dos discos editados y un DVD que saldrá a la venta en los próximos días. Además, los miércoles 7 y 14 se presentarán en Bluzz Live. Fuera de la música, trabaja en la oficina de Producción Nacional de Canal 10, donde se encarga de los presupuestos y despunta el vicio del orden y los números, su otra pasión. "Soy ordenado y meticuloso, por eso me gustan los números. Cuando algo me da bien es una sensación de placer increíble, es raro pero es así", dice y ríe, consciente de sus propias obsesiones.

De hecho, Spuntone creció más rodeado de boletas y sellos que de instrumentos musicales. Estudió auxiliar contable en la UTU y empezó haciendo tareas como cadete en el estudio donde trabajaba su madre. Su primer acercamiento a la música fue en el coro del liceo Zorrilla, donde cursó los últimos años de liceo. El resto lo hicieron la adolescencia y los amigos. "Empecé a los 16 años cuando un compañero se compró una guitarra eléctrica y nos juntábamos a sacar temas de los Ramones y tocar". Primero fue la batería; después empezó a cantar. "Nunca me formé y siempre digo que es un debe que tengo".

Formó parte de bandas como En blanco, Perro ciego, Blue jeans y Zener, la primera con temas propios. A La Trampa, integrada por estudiantes de Arquitectura, se sumó en 1993, producto de las ganas y la casualidad. "Ensayábamos en el mismo estudio y me propusieron hacer una prueba para cantar. En la primera no tuve mucho suceso, pero al tiempo hice otra y quedé". Más allá de estilos, le gustaba "el intento que tenían por generar un sonido montevideano" vinculado al tango y la milonga, reflexiona hoy. "Tenía un cóctel interesante".

—¿Te habías imaginado hacer carrera como músico?

—Yo nunca dije que quería ser músico. Para mí la música siempre fue un acompañante casi terapéutico, me gustaba hacerlo, salir de noche a tomar unos whiskys con amigos y tocar canciones. No tenía muchas expectativas... aunque creo que en el fondo uno siempre sueña que va a tener una banda con cierto éxito. Acá vivir de la música es como una utopía. Si la perseguís y en el camino se suma el talento, buenos compañeros... ahí capaz que se da. Pero si empezás desde ahí vas muerto, vas muerto porque te vas a frustrar antes.

Placer y necesidad.

En su recorrido, la dedicación full-time a la música no fue casual. Pero tampoco fue producto de una meta artística. En realidad, la vida casi que decidió por él. En 2006 La Trampa acababa de editar Laberinto, había llenado tres Teatro de Verano, tocado en dos Pilsen Rock para 150 mil personas y girado por todo el país. Spuntone seguía trabajando en el estudio contable, su hija mayor, Sol, todavía era una niña chica y su hijo menor, Nicolás, tenía parálisis cerebral. "Mi vida era un caos. Con mi mujer decidimos que dejara el estudio y me dedicara a cuidar a mi hijo. Durante cuatro años viví exclusivamente de la música". Para despuntar su otro vicio, la administración, se puso a trabajar en el Centro Ibiray, que atiende a niños con parálisis cerebral. Y llegó a presidente.

En 2010 sufrió un nuevo sacudón. El calendario de La Trampa marcaba un show de despedida para abril, pero unos meses antes la muerte de Nicolás obligó a Spuntone a parar. "Era una decisión que ya estaba tomada, pero ese fue el desencadenante. Vino un parate casi natural".

—¿Cómo recordás ese año?

—¡Fue un año de mierda! O sea, yo no tenía laburo, banda, hijo... Tampoco le encontraba más sentido a seguir en el Centro Ibiray y renuncié. Y ahí me quedé parado mirando el horizonte, ¿qué hago ahora? Además me tocó un año rarísimo porque todo el mundo estaba con una euforia desmedida, había bonanza económica y Uruguay salió cuarto en el Mundial. Había una efervescencia por todo y yo no sentía mucho, más bien nada... estaba anestesiado.

Sin dudarlo, Spuntone dice que la música fue su salvavidas y su terapia. Ese mismo año conoció al guitarrista Guzmán Mendaro, se sintió "cómodo" y le propuso tocar algunos temas juntos. Eran todas canciones que hablaban de la pérdida y el dolor. Casualidad o no, su primer show fue el 2 de noviembre. Después, "de yapa", llegaron los discos de Oro y Platino para Estado Natural y El Refugio "y estuvo buenísimo". El éxito del dúo, que el último abril llenó dos Solís, Spuntone se lo atribuye sobre todo a las canciones. "Pero después está la gente y las cosas que le llegan al corazón. Uruguay es un país muy nostálgico y nosotros trajimos canciones de los 80 que ahora disfrutan hasta los niños".

Mucho más intérprete que compositor, hubo solo un momento en su vida que sintió la necesidad de escribir. Y justamente fue en 2011, de la mano de sus colegas y amigos de El Resto de Nosotros, la banda que integra hasta hoy. Soy mejor y En blanco —presentes en el primer disco de la banda— nacieron mezcla de angustia y ganas. "Fue algo que tenía acá (y señala la garganta), capaz que no están bien escritas, pero para mí fueron un alivio. Me costó pila componer, armar y vencer esos filtros de mostrarle a alguien algo que tiene que ver mucho contigo".

—¿Cómo es apostar al rock y las melodías en la era de la cumbia cheta?

A mí no me gusta, pero las cosas pasan por algo. Este fenómeno también tiene un gran aparato publicitario detrás y eso es parte del negocio. No es la primera vez que pasa, ya sucedió en la época del pop latino. Creo que el éxito, más allá de todo, está en cómo uno perdura en la vida. Hay cosas que hoy están y en un tiempo no van a estar más, y otras que van a seguir de largo. Los fundamentalismos son malos en todos los ámbitos, pero en la música… Y también hay música que es para divertirse y otra para reflexionar, no toda es para movilizarse. Desde tiempos inmemoriales pasa eso, en mis fiestas de 15 se pasaba Katunga y salías a hacer el trencito. Pero hay gente que no puede entender que eso se escuche en su casa, les duele…

En la suya, donde convive con una adolescente de 15 años ahora fanática de No Te Va Gustar, la cumbia no suena ni duele.

Larga vida al disco.

Aunque aún hoy mucha gente no lo reconoce por la calle, la era de los celulares y las selfies hizo que los pedidos para sacarse fotos sean cada vez más habituales. "Están a cada rato, pero generalmente pasa más después de un show, cuando bajás del escenario pasás media hora sacándote fotos y firmando discos". A Alejandro Spuntone esos minutos de fama no le disgustan. Al contrario, los disfruta. "Muchos artistas se enojan o no les gusta, a mí me parece que está bien. Hay pila de esa gente que de repente hace terrible esfuerzo para comprarte una entrada o un disco. Yo valoro mucho esas cosas: que un tipo se mueva de su casa, vaya a una disquería, busque en una batea y encima lo pague. Capaz que igual lo tiene en el MP3, pero hay una cuestión de afecto hacia el artista en la compra de un disco. En Uruguay parece que el artista es el único que no tiene derecho a vivir de lo que hace. Se confunde el tema... tocás la guitarrita, no es un laburo". Una de sus últimas adquisiciones fue el CD de Stone Sour, la banda del cantante de Slipknot, que compró en Nueva York. De su entorno cercano, hay un tema que le eriza la piel. Es Sol, escrita por Alejandro Ferradás para su hija y editada en El Refugio.

SUS COSAS.

Los Ramones.

En su historia no hay otra banda como Ramones. Fue la primera que escuchó y también la que lo hizo "pensar en armar algo". "Me movilizaron siempre y me siguen emocionando". Si antes estaba pendiente de las novedades, hoy prefiere concentrarse en los grupos que le gustan.

El fútbol.

Alejandro Spuntone puede pasar horas frente a una pantalla verde. Hincha desencantado de Peñarol, mira fútbol internacional o partidos de la B, tanto le da. Como su mujer y su hija son hinchas de Defensor, es más probable verlo en el Luis Franzini que en el Campeón del Siglo. "Sé que voy a ver el partido, compro unos churros y me voy para mi casa".

La Paloma.

Desde hace tres años sus vacaciones de verano son en La Paloma. "Somos de no innovar. Si nos sentimos bien en un lugar, ¿para qué cambiar?". De todos modos, no abandona su sueño de comprar una casa en Fortín de Santa Rosa, y así tener un lugar de descanso bien a mano de Montevideo.

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