“Escribir es la mejor arma que tiene un preso”: cómo la palabra se vuelve refugio y defensa dentro de la cárcel

Entre cartas, poemas y fanzines, la palabra se convierte en herramienta de supervivencia y, a veces, en impulso para reconstruirse.

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Escritura y lectura en cárceles

“Escribir es la mejor arma que tiene un preso”, asegura una persona que está privada de libertad y que no quiere ser identificada. Un compañero suyo asiente. En el espacio carcelario, donde la violencia y la precariedad parecen dominarlo todo, cualquier elemento punzante u objeto de valor que se pueda intercambiar, parecería ser mejor defensa que un papel escrito. Sin embargo, escribir puede ser la verdadera herramienta para hacerse paso ante el sistema.

“Se escriben cartas con peticiones y solicitudes al juez, al abogado o a las autoridades. Una, otra y otra. Se las entrega al llavero y con eso uno a veces consigue cosas”, explica la misma persona.

El llavero es el guardia que suele estar a cargo de trancar las celdas o los sectores de los módulos. Es uno de los pocos intermediarios que en la vida cotidiana pueden tener con el mundo exterior. Para redactar esas cartas de la manera más clara posible, cada preso se vale de sus capacidades de lectoescritura o, con algo de suerte, puede contar con la solidaridad de otro que se maneje mejor en ese medio y que lo asista.

Más allá de ese uso práctico, la expresión escrita está presente en las cárceles a través de talleres y sus producciones, cuyos resultados se reflejan, a veces, en publicaciones de circulación gratuita. También aparece en libros de distribución comercial, aunque se trate de casos excepcionales.

Dos ejemplos recientes llevaron el tema a los medios de comunicación. Uno es el del uruguayo Gonzalo Leston, quien se autoeditó sus memorias Cárcel de adentro, que ya va por su segunda edición. Otro caso es el del argentino César González, cineasta y poeta, quien vino a Uruguay en la última Feria del Libro para presentar la segunda parte de sus memorias Rengo yeta.

En ambos casos, sus experiencias carcelarias sucedieron hace muchos años, aunque es notorio que sus orígenes y derroteros en la vida han sido muy distintos. Villero, el argentino; de clase trabajadora, el uruguayo. Ambos reflexivos y autorreferenciales, cuentan sus vivencias cada uno a su manera.

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Escritura y lectura en cárceles

Tiempos pasados, recuerdos vívidos.

“Fue hace mucho, pero yo no lo tenía claro. Como está mencionada la muerte de Darnauchans (en el libro) eso me pone una fecha de referencia y casi seguro que fue en 2006”, cuenta Gonzalo Leston sobre la fecha de lo que narra en el libro. Se trata de seis meses en la cárcel junto a su hermano, a raíz de una pelea callejera.

Gonzalo vive y trabaja en Lavalleja. Ha escrito y publicado cuentos, es enfermero y profesor de guitarra y, si bien la experiencia carcelaria quedó muy atrás en el tiempo, continúa viva para él. Aunque su libro tiene el formato de un diario casi cotidiano, demoró más de 15 años en resolverse a publicarlo.

Inevitablemente, su texto habla de experiencias crudas y duras. Describe cómo se vive en el hacinamiento de las celdas, cómo se lidia con la violencia, de qué manera se desarrollan los vínculos, y por ejemplo, cuáles son las formas más dignas o indignas de sobrellevar la higiene personal en esos espacios. Habla de personas y personajes que encuentra allí, algunos peligrosos, otros pintorescos y varios amigables.

La que él vivió era una cárcel sobrepoblada, pero no tanto como la actual. Era violenta y peligrosa, en la que los presos circulaban entre celdas a través de boquetes, tal como hoy, aunque aún no había entrado a circular la pasta base como gran droga destructora de lazos, dignidades y constructora de jerarquías.

Sin embargo, el relato de Gonzalo evita el morbo y la denuncia como principal objetivo. Esto se refleja en la forma en que habla de ello.

“Una vez que estuve adentro, me di cuenta de que eso era tan particular, por decirlo de alguna manera, tenía características tan únicas y de que me estaba llevando por una recapitulación que me llevó al proceso de escribir”.

Su libro se llama Cárcel de adentro por un motivo menos evidente del que parecería. Tiene que ver con el proceso de transformación que atravesó en ese semestre, durante el que la crudeza que sobrevivió y las personas que conoció le sirvieron para superar una fuerte depresión que, en sus palabras, había sido una prisión interior de la que también pudo salir.

“Hay varios de los relatos del libro que surgieron de una manera muy natural. Porque creo que la lectura y la escritura tienen una potencia muy fuerte adentro. Mientras estuve en la cárcel hice algunos cuentos, pero fue cuando salí que empecé a escribir compulsivamente, el día posterior a la salida, la semana siguiente. Escribía todo lo que me acordaba, nombres, hechos. Después cambié los apellidos y algunos nombres. Me llevó mucho tiempo procesarlo y animarme a publicarlo. Aunque parezca algo simple, fue muy difícil para mí poder decir que estuve preso”.

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Escritura y lectura en cárceles

Excepciones a la regla.

Aunque su libro es un reflejo de la realidad infrahumana de las cárceles, la figura de Gonzalo Leston no es necesariamente representativa de los presos. Su léxico, su historia previa y la posterior lo separan de la vivencia de miles de otros privados de libertad. En ese sentido, como autor de escritura nacida en la cárcel, es una excepción.

Del mismo modo, es excepcional el caso del argentino César González. Cuando presentó en Montevideo a sala llena su libro Rengo yeta, segunda parte de su autobiografía, se mostró como una persona de origen villero y crianza muy dura, con un vocabulario que delataba lecturas académicas y una amplia cultura letrada y cinematográfica.

Su historia de fondo no difiere de la de miles de niños y jóvenes nacidos en asentamientos y villas. Familias numerosas, convivencia con violencia, drogas y sexo desde muy temprano, vidas aceleradas, dinero rápido y la muerte como compañera de camino en todo momento. Tras un secuestro, fue detenido en un reformatorio de máxima seguridad donde conoció a un mago que daba talleres de su especialidad. Ese mago tallerista, sin embargo, era una persona muy reflexiva que conversaba mucho con los presos y les transmitía sus conocimientos de filosofía y cine. Gracias a él, César se acercó a Gilles Deleuze y a directores como Roberto Rosselini.

“Fue un renacimiento. Busqué todo lo que me explicara un poco cómo funciona este sistema”, explicó César en una entrevista con Página 12.

Tras ese taller y gracias al impulso de su tallerista, empezó a escribir poesía e incluso desarrolló una revista cultural. Su tallerista fue quien se ocupó de hacer circular sus escritos y revistas fuera de la cárcel. Con los años, el resto lo hizo la propia personalidad de César y su inquietud para seguir creciendo como artista sin alejarse de las villas ni de la realidad que lo había forjado.

Tal como en el caso de Gonzalo Leston, su experiencia carcelaria, que duró cinco años, sucedió hace mucho. La cárcel que conoció era dura, un infierno, pero un poco menos que la de la actualidad en lo que tiene que ver con el hacinamiento y la presencia de las peores drogas y su tráfico. Sin embargo, la gran mayoría de quienes están privados de libertad carecen de herramientas materiales, emocionales o educativas que les permitan dar pasos similares a los de ellos.

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Escritura y lectura en cárceles

Las bibliotecas y sus favoritos.

Leston no recuerda haber sabido de la presencia de talleres en la cárcel durante su tiempo allí. En la actualidad, el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) sostiene 24 talleres de educación no formal en cárceles como parte del Programa Nacional de Educación en Cárceles. Este programa nació en 2022 como parte del llamado PAS, o Programa Aprender Siempre, gracias a un impulso del Proyecto Corea, financiado por Unesco Corea.

Dentro de él se han implementado bibliotecas multimodales, es decir con varios propósitos (hay cinco en cárceles de varios departamentos), y también detección de analfabetismo y planes para la mediación en lectoescritura y gestión de bibliotecas. Como resultado de alguno de estos talleres se han producido, entre otras cosas, publicaciones que van desde fanzines hasta revistas, libros, guiones y experiencias epistolares mediante el arte correo, una forma que implica intercambio de cartas y obras artísticas con personas del exterior.

Un ejemplo reciente es el libro Vivirlo en carne propia, con textos e ilustraciones elaborados por presos, publicado por el MEC, aunque sin circulación comercial. Coordinado por la antropóloga y gestora Itzel Ibargoyen, contiene textos generados en el taller poético y editorial que llevan adelante el poeta Agustín Lucas y la ilustradora Andrea Risso.

El libro está dividido en varias secciones, según el tipo de ejercicio que se les planteaba a los participantes. En algunos se refieren a la biblioteca en la que se desarrolla el taller dentro del Comcar. En otros hay textos que resultan de entrevistas entre los participantes, o biografías lectoras e incluso una encuesta sobre nivel educativo y hábitos lectores que los mismos presos ayudaron a completar con sus compañeros dentro de las celdas.

La realidad, aunque mala, sorprende, ya que en la cárcel hay más lectura de la que se cree. Un ex preso, consumidor de pasta base, habla sobre cómo se devoró dos novelas de James Ellroy. Otros mencionan como una lectura impactante y compartida a Mi habitación, mi celda, de Lilian Celiberti.

Los libros circulan en abundancia desde la biblioteca multimodal que también coordina Itzel en Comcar. Libros de historia (en particular sobre la Segunda Guerra) y enciclopedias son de los más pedidos, como si allí esa vieja forma de conocer el mundo siguiera vigente. También se lee literatura en general y algunos libros testimoniales, como el de Gonzalo Leston.

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Gonzalo Leston
Darwin Borrelli

Los talleres y sus límites.

La presencia de las bibliotecas multimodales, que desde su concepción están pensadas como pequeños centros culturales, no garantiza su accesibilidad universal. En términos estadísticos, son pocos los privados de libertad que se enteran de su existencia y de los talleres. Por encima de las intenciones personales, hay dificultades de comunicación y también de circulación desde los módulos hacia esos espacios. La población de la cárcel es inestable y está constantemente fluctuando. Un preso puede asistir durante algunas semanas al taller poético y editorial y luego desaparecer, ya sea porque fue trasladado, herido, sancionado o por otros motivos.

En esas circunstancias, los libros que se prestan suelen volver, explica Itzel, porque los mismos presos los cuidan. Y cuando no vuelven porque, por ejemplo, se usaron para hacer un fuego (en pleno invierno muchos no tienen más que una remera de abrigo), los mismos usuarios de la biblioteca lo reconocen y ofrecen reponerlo de algún modo. Se entiende que la biblioteca es un espacio a cuidar, un pequeño oasis en el pozo oscuro y húmedo con el que se podría representar a la cárcel.

“Desde mi punto de vista, lo importante es transmitirles a ellos que el taller es educación no formal, no van a terminar el liceo, pero lo que se ofrece es, de cierta manera, un enriquecimiento cultural”, explica Andrea Risso, ilustradora y tallerista.

“El taller no te va a salvar la cabeza”, apunta Agustín Lucas, su cotallerista. “Lo que entiendo es que acercamos la cultura a una población que está muy lejos de la lectura, la música y la pintura. También están lejísimos de muchos de los barrios de los que vienen”.

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César González

Yo, presente en la escritura.

En estos espacios también se dan intercambios. Una de las publicaciones surgidas de allí se llama La vero similitud y consiste en 15 poemas del argentino Leandro Gabilondo, reescritos a modo de espejo por privados de libertad del Comcar. En Pamba!, publicación nacida en la cárcel de Paysandú, los presos incluyen entrevistas a autores externos. Lo mismo en el boletín Libres de mentes, del Comcar y en la revista Integramentes, de la cárcel de Campanero, Minas.

Más allá de los ejercicios de entrevistas o redacciones de diarios cotidianos, la escritura en la cárcel tiende a la primera persona y a la autorreferencia. Puede verse incluso en un libro del MEC, de 2011, llamado Leerlo no es vivirlo, hecho en tiempos en que no había talleres, en base a textos redactados de forma espontánea y recogidos por Carlos Rehermann.

El ocio carcelario lleva a procesos reflexivos, coinciden varios, a introspecciones y revisiones de vidas complejas y castigadas. “La vida se te va acá adentro”, me dijo un preso joven con un delito primario, replicando sin darse cuenta parte de un consejo que solía dar José Mujica, probablemente surgido también de su tiempo en la cárcel. Por eso la llamada escritura del yo tiende a ser el denominador común y lo primero que aparece en los ejercicios, cuentan los talleristas.

Leston, que usó esa escritura del yo para encontrar un sentido en su experiencia, visitó el taller poético y editorial de Risso y Lucas. Su libro se convirtió en un fenómeno de lectura interno y su presencia atrajo también mucho interés. Era su primer regreso a la cárcel desde que se había ido.

“Compartimos nuestros textos, leímos en voz alta. Me encontré con un grupo de gente que compartía su poesía desde un lugar menos duro, más vulnerable y sensible”, cuenta. Y coincide con los talleristas en que, a veces, de los talleres de escritura se espera demasiado o se los romantiza. “Creo que hay gente que está pudiendo reconstruir su vida. Y otra que capaz que no va a poder hacerlo. No necesariamente les va a cambiar la vida, sobre todo porque hay una realidad exterior a la que vuelven y contra la que es difícil luchar. Pero en espacios como este, por lo menos, tratan de tender una caña para comunicarse desde un lado más sensible”.

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