Este viaje empieza cruzando la puerta del Centro Cultural Recoleta y lleva directamente a la infancia. Primero aparece Mafalda. Después, la sopa. Y casi sin darse cuenta, uno vuelve a tener 10 años. Puede sentarse en la mesa con la niña de melena alboratada que sostiene un plato del brebaje que más detesta, acodarse en el mostrador donde Manolito parece estar a punto de cobrarle a un cliente, y soñar junto a Susanita rodeada de caramelos y corazones. También hay un barrio entero, proyecciones, sonidos, juegos y hasta aromas.
Lo que durante décadas estuvo encerrado en cuadros de papel ahora tiene volumen, sonidos, aromas y espacio para caminar. Mafalda Inmersiva propone entrar en las viñetas de Quino que durante generaciones se leyeron en diarios y libros y descubrir qué ocurre a lo largo de 13 salas con escenografías, animaciones 2D, video mapping, proyecciones 360°, pantallas interactivas y realidad virtual.
Convertir las tiras en un espacio que se pueda recorrer no fue simplemente cuestión de agrandar dibujos. Durante tres años, un equipo de escenógrafos, diseñadores, especialistas en experiencia de usuario y artistas tuvo que resolver un problema bastante complejo: ¿cómo se construye una casa que, en realidad, nunca tuvo una forma definitiva? “Quino era un dibujante que hacía todo distinto. La casa de Mafalda tiene mil encuadres. Él la iba cambiando, se entendía que era el espacio”, explica Damián Kirzner, director de la muestra. El desafío, cuenta a Domingo, fue estudiar esas distintas versiones y construir una síntesis que fuera reconocible sin agregar elementos que el autor nunca hubiera dibujado.
Por eso, los objetos que aparecen en las salas no fueron elegidos al azar: cada uno tiene su origen en las tiras. En la habitación de Mafalda están su globo terráqueo y sus discos de los Beatles; también aparece la nave de cartón que construyó con Felipe para intentar llegar al espacio utilizando el chorro de soda de un sifón. En la farmacia se puede encontrar el Nervo-calm que tomaba el padre de Mafalda, mientras que en el almacén de Manolito aparece el famoso membrillo psicodélico.
“Tratamos de no agregar nada, de ser muy fieles a lo que Quino creó”, explica Kirzner.
Quino dibujó alrededor de 2.000 tiras y para la muestra se seleccionaron unas 100. El trabajo estuvo guiado por Judith Gociol, especialista en la obra de Quino y responsable del espacio de humor de la Biblioteca Nacional, autora además de Universo Mafalda. La selección buscó que estuvieran representados los grandes temas de la historieta: el rol de la mujer, el dinero, la amistad, el cuidado del planeta, además de garantizar que cada uno de los personajes tuviera su propio momento.
“Fue muy difícil dejar afuera tiras, muy difícil”, reconoce Kirzner.
Algunas quedaron fuera no porque hubieran perdido calidad, sino porque determinadas situaciones dejaron de ser comprensibles del mismo modo para el público actual. Kirzner pone como ejemplo las viñetas en las que el padre de Manolito le daba un alpargatazo. En el contexto de la historieta, Quino estaba retratando y criticando una forma de crianza y una realidad familiar de aquella época; hoy, una escena semejante puede leerse directamente como violencia hacia un niño. “Probablemente sí lo volviera a hacer, Quino creo lo trabajaría de otra manera”, dice.
Hay otras tiras que no quedaron fuera pero que requieren distintas capas de lectura. Un niño que visita la muestra puede jugar con el universo de Mafalda, reconocer a sus personajes y divertirse con sus ocurrencias, pero no necesariamente pueda captar de entrada la referencia política de aquel célebre “palito para abollar ideologías” o algunas de las preocupaciones que atravesaban las tiras en los años 60 y 70. No obstante, Kirzner asegura que la enorme mayoría de la obra conserva su vigencia: “Por eso nos parecía muy importante que conecte con los chicos de hoy”.
La respuesta de la muestra para tender ese puente entre generaciones está pensada desde el comienzo. “Tenemos dos lecturas permanentes”, explica el director. Una es más lúdica y está dirigida a los más chicos; la otra propone a los adultos un reencuentro con los personajes que conocieron décadas atrás.
Un niño puede no captar todavía las referencias políticas o el contexto detrás de una determinada preocupación de Mafalda y de sus amigos, pero sí puede entrar en su casa, jugar, tocar, mirar, reconocer a los personajes y salir con curiosidad por saber quién es esa niña que hace tantas preguntas. “Van a poder disfrutar de otra manera y salir con ganas de llevarse el libro a la casa, de dibujar a Mafalda, para que, en la medida que van creciendo y que su capacidad analítica y crítica va siendo mayor, puedan leer las otras capas”.
Para quienes crecieron con la historieta, en cambio, el recorrido tiene otra carga. Están los personajes, pero también los objetos, las frases, los escenarios y hasta los olores capaces de activar recuerdos. “Es una melancolía con un sabor dulce, agradable, de reencontrarte con un mundo que en algunos casos ya no existe y en otros casos exactamente igual”, dice Kirzner.
Por eso la tecnología es apenas una parte de la experiencia. La muestra no busca solamente que el visitante mire: quiere que huela, toque, juegue, escuche y, en algunos espacios, hasta saboree. La casa de Mafalda huele a sopa; la sala de Susanita, a caramelos Sugus; el almacén de Manolito, a salamín. Conseguir esos aromas fue, en sí mismo, otro pequeño trabajo de investigación que se realizó con ingenieros en alimentos.
“Los detalles hacen la diferencia”, dice Kirzner. Y eso es una de las claves de Mafalda Inmersiva: no intenta reemplazar la historieta por tecnología, sino que la utiliza para volver a mirar -y esta vez también tocar, oler y recorrer- un universo que ya estaba completo en tinta y papel.
Por ahora, Mafalda Inmersiva se podrá visitar en Buenos Aires hasta el verano. Después, la muestra tiene previsto continuar su recorrido por otros destinos de América Latina y, aunque todavía no hay una fecha definida, Montevideo y Punta del Este están entre las ciudades previstas para recibirla.
Si hay un lugar para empezar a seguir las huellas de Mafalda en Buenos Aires es San Telmo, el barrio que Quino convirtió en escenario de buena parte de las aventuras de la niña más lúcida de la historieta argentina. En la esquina de Chile y Defensa está la famosa estatua, inaugurada en 2009, que se convirtió en una parada casi obligada para los fanáticos de todo el mundo. Sentada en un banco, comparte la escena con Susanita y Manolito, sus inseparables amigos. A pocos metros se encuentra Chile 371, la casa en la que vivió el dibujante.
El recorrido puede continuar por Balcarce 722, donde funcionó originalmente una panadería que inspiró el almacén de Don Manolo, el padre de Manolito. El comercio que aparece en las tiras fue uno de los escenarios recurrentes y está ligado al personaje que, con su obsesión por el dinero y los negocios, encarnaba una particular mirada sobre el capitalismo.
La huella de Mafalda también sale de San Telmo. En Conde 145, Colegiales, está la Plaza Mafalda. Allí, carteles ilustrados presentan a los principales personajes de la tira junto con sus características y rasgos distintivos.
Para completar el recorrido, hay que bajar al subte. En el pasillo que conecta la estación Perú de la Línea A con Catedral de la Línea D se encuentra El mundo según Mafalda, un mural inaugurado en 2008 que reproduce viñetas de la historieta. El tema elegido no es casual: Mafalda aparece allí preocupada por la ecología y la protección del planeta.