El primer uruguayo en subir el volcán activo más alto del mundo: una aventura de 4 días y 24 grados bajo cero

El pasado 15 de enero Diego González llegó a la cima de Ojos del Salado, en Chile. Hace años que organiza trekkings por distintas montañas del mundo. Ahora quiere subir el Kilimanjaro y el Mont Blanc.

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Diego González en la cima del volcán Ojos del Salado, en Chile.

"Es el momento de subir el volcán más alto del mundo”, dijo Diego González (41 años). La preparación la tenía y el entusiasmo estaba, así que a principios de este año partió a Chile y en cuatro días llegó a la cima de Ojos del Salado. El último día fueron 16 horas de expedición con temperaturas de 24 grados bajo cero. “Pero pude llevar la bandera de Uruguay a lo más alto”, señala orgulloso quien fue el primero de nuestro país en lograrlo.

Hace más de ocho años que Diego se mueve en las montañas. Comenzó en Chile, trasladando chilenos, y en 2019 incorporó a los uruguayos. Para eso creó su propia agencia de trekking, DG Expediciones (ver recuadro), y la demanda fue creciendo. La pandemia le puso un freno y lo obligó a hacer trekking solo en Uruguay, en las sierras de Minas. “Increíblemente me resirvió para agrandar mi cartera de clientes”, comenta a Domingo.

A nivel personal, comenzó a fijarse metas de montañas cada vez más altas. “Empecé a subir montañas de 4.000 metros, de 5.000, de 6.000…”, recuerda. Era hora entonces de atacar el primer gran objetivo: Ojos del Salado, el volcán en actividad más alto del mundo (6.893 metros).

“Estaba entre ese y el Aconcagua, que es la montaña más alta de América y tiene 70 metros más que Ojos del Salado”, dice y da las razones que lo llevaron a optar por el volcán: “No había registros de uruguayos que lo hubieran subido, era mucho más económico y podía hacerlo por mi cuenta”.

Para subir al Aconcagua hay que recurrir a un guía y eso cuesta US$ 6.000.

Hay que tener presente que Ojos del Salado es un volcán activo, lo cual le agregaba dificultad al asunto porque en cualquier momento podía empezar a “fumar”.

“Es un volcán que todos los años se lleva gente. Tres semanas antes de que yo subiera, había muerto un rumano, y el día que hice la cumbre algo había pasado porque había un grupo de rescatistas buscando dos cuerpos”, señala.

Diego decidió emprender la aventura en solitario. En realidad, esperó que algunos de los amigos que, de tanto en tanto, lo acompañan fueran de la partida, pero ninguno estaba disponible y él ya no quería dilatar más el asunto.

Fue así que el domingo 11 de enero se embarcó en un avión con destino a Chile. El desafío estaba en marcha.

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Ojos del Salado.

Día por día

Diego pasó la noche de ese domingo en Copiapó, una ciudad a 250 kilómetros del volcán y de la frontera con Argentina. Al Ojos del Salado se puede ir también por Argentina, pero él prefirió hacerlo por Chile.

El lunes de mañana fue a buscar la camioneta 4x4 que ya tenía reservada para la expedición, ya que es el único vehículo con el que se puede ingresar a la montaña y acceder a los refugios. Los primeros tramos del ascenso se hacen en camioneta.

Compró alimentos y agua, y después del mediodía arrancó rumbo al primer refugio: Murray, a 4.500 metros sobre el nivel del mar.

Allí conoció a unos suecos, un norteamericano y tres chilenos. Estos últimos terminaron convirtiéndose en sus compañeros de ruta.

“Encontré un rinconcito y me pude quedar sin tener que armarme una carpa. Ahí pasé la noche del lunes al martes”, cuenta.

A las 9 de la mañana del martes partió junto con los chilenos al segundo refugio, el Atacama, a 5.200 metros de altura. Era mucho más chico que el anterior, pero por suerte se estaba yendo gente y consiguieron lugar para pernoctar.

Almorzaron y decidieron destinar la tarde a aclimatarse a la altura, haciendo una caminata hasta el siguiente refugio, Tejos, a 5.837 metros sobre el nivel del mar.

“Yo caminé un poquito más, hasta 5.850 metros. Luego volvimos para pasar la noche en el Atacama. El miércoles fuimos en camioneta a Tejos, el último refugio antes de atacar la cumbre”, relata.

Se acostaron a las 8 de la noche y a las 2 de la mañana ya estaban en pie para hacer el último tramo. Le quedaban 1.000 metros de desnivel para llegar, que en distancia eran unos 6.000 metros.

Esa última parte es la que se hace a pie, caminando muy despacio porque es un terreno empinado y arenoso (le llevó 12 horas). “Imaginate caminar por esas playas que tienen la arena pesada, que te enterrás. Eso a 6.000 metros de altura y 20 grados bajo cero que en la cumbre fueron 24. Un disparate. Además el viento te congela”, describe Diego y agrega que ese día tuvo vientos de 55 kilómetros por hora, lo cual no es lo mejor, pero ya no le quedaba tiempo para completar la experiencia. “El sábado me tenía que volver a Uruguay”, apunta.

Soportó el viento, que le cortaba la cara. No sentía los dedos de los pies. Pero no claudicó.

La última parte se escala con cuerdas y así lo hizo junto a uno de los tres chilenos que lo acompañaban.

“Hubo uno que directamente no llegó a subir desde el refugio porque se apunó y el otro no se animó a subir por las cuerdas”, cuenta.

A las 3 y media de la tarde del jueves 15 de enero, Diego alcanzó la cima. Emoción. Misión cumplida.

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Diego González.
Foto: Darwin Borrelli

Preparado

Diego aclara que lo que hizo no es para cualquiera, que si él lo logró fue porque contaba con una buena preparación y chequeos médicos que le habían dado que estaba apto para la aventura.

“La indumentaria es fundamental”, explica. Hay que usar lana merino y botas especiales de montaña. Él llevó tres capas de pantalones de montaña y cinco capas por encima de la cintura, incluyendo una campera de pluma 800. Se protegió la cara con un buff, lentes de sol y mucho protector solar. Y tomó mucha agua para evitar apunarse o sufrir un infarto.

“Por suerte en esta expedición nunca me sentí mal, como sí me pasó en otras más bajas en las que me llegué a apunar, pasar mal una noche o tener dolor de cabeza”, rememora.

Reconoce que se cansó mucho, pero que lo pudo superar gracias a la aclimatación que había realizado unas semanas antes en unas montañas chilenas. “En Uruguay no se puede hacer porque no hay altura, estamos en el cero”, apunta.

Agradece que cuenta con una esposa que lo “banca a muerte”. Pero admite que desde hace tres años ya no es lo mismo porque es padre y eso cambia la perspectiva. La que no la pasa nada bien es su madre, que siempre espera que cada cima que alcanza sea la última.

Y está claro que eso no va a pasar. Diego ya se fijó dos próximas metas: el monte Kilimanjaro, la cumbre más alta de África, y el Mont Blanc, “el techo de los Alpes”, entre Francia e Italia. Para eso necesita conseguir sponsors que lo apoyen. El Kilimanjaro, por ejemplo, demanda una inversión de entre US$ 6.000 y US$ 7.000.

“Quiero seguir haciendo montañas, en lo posible las más emblemáticas de cada continente. La idea es hacer una especie de película con todas las expediciones”, revela. El Everest le encantaría, pero es un sueño inalcanzable pensando que cuesta un mínimo de US$ 60.000. “Me conformo con que me ayuden para ir a África”, sentencia.

Tiene su propia agencia

Trekking por Argentina, Chile y los Alpes

Diego González está al frente de DG Expediciones, agencia de trekking en la que dispone de recorridos por Ushuaia, Mendoza y el norte argentino. En Chile ofrece la región metropolitana y la cordillera. Y en Europa lleva grupos a los Alpes franceses y suizos.

“Generalmente va gente de todo tipo, desde el que le gusta la aventura y ya tuvo contacto con algún trekking en Uruguay, hasta el que no tiene ninguna experiencia en montaña, que es la mayoría”, detalla. Aclara que en general se trata de trekkings diseñados para principiantes, que no sobrepasan los 3.000 metros de altura y que son por el día, no para quedarse. “Si te vas a quedar, tenés que tener conocimientos”, advierte.

Diego les pide que sean honestos con ellos mismos y con él a la hora de informar sobre sus patologías o el grado de preparación que poseen. “Yo los llevo con vida y los quiero traer con vida”, subraya.

Aclara que se puede hacer todo el viaje y el día del trekking ir a la montaña sin necesidad de caminarla. “Hay gente que va porque le gusta todo el viaje, le gusta ir a las montañas, pero no hace el trekking. Me dicen ‘Diego, yo los espero en la camioneta, sacamos fotos y nos juntamos con el grupo cuando terminen’ y está perfecto”, señala.

Tiene Instagram, Facebook y canal de YouTube.

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